Una mujer de 30 años, termina demasiado borracha en una despedida de soltera y es follada por un stripper bastante dotado, fui testigo de esta excitante situación

Cuando me invitaron a la despedida de soltera de Paula no supe qué decir. Mis otras tres amigas habían planeado todo: ir a un show de strippers y pagar un extra para pasar a una sala VIP, donde tendríamos a un tipo para hacer con él lo que se nos antoje. Les pregunté si existía la posibilidad de que haya una escena de sexo con alguna de las involucradas, cosa que de sólo imaginarlo me incomodaba bastante. Me respondieron que no me hiciera problema, que sólo nos íbamos a divertir un rato y que en el peor de los casos el stripper “nos iba a hacer tocarle la verga un poco”. Me reí nerviosamente sabiendo que ese simple acto me disgustaba en demasía.

Finalmente llegó la noche del sábado. No le dijimos nada a Paula: era una sorpresa. La llevamos engañada a “Venus Horse”, un club nocturno que en Google estaba muy bien puntuado. Al principio ella empezó a decir que no, que estábamos locas, que quería hacer algo más tranquilo. Que si se enteraba el futuro marido se iba a enojar. Eso me hizo sentir más tranquila. Mis tres amigas la convencieron de tomar unos tragos. Si después de un rato no la estábamos pasando bien, nos iríamos.

Al principio estuvimos en una sala grande y oscura, con mesas redondas para 4 o 5 personas. Estaban ubicadas alrededor de un escenario pequeño, donde se proyectaban las luces. Nos sentamos bastante cerca del escenario para mi gusto. Se nos acercó una moza y nos preguntó qué íbamos a tomar. Yo pedí una Coca-Cola. Mis amigas y Paula pidieron un Vino Espumante Chandon y cuatro copas.

El show no había empezado. Paula ya llevaba bebidas cinco copas. Se las conté. Mis amigas tomaban más despacio. A todo esto la habían estado apalabrando para que se relaje, para que se deje llevar. Para que disfrute su última noche de libertad.

En un momento dado se apagaron todas las luces. Me aferré a mi botella de Coca-Cola. Debo decir que estaba aterrada. Mis amigas y Paula se reían de mí. Las expectativas de que Paula quisiera abandonar “Venus Horse” se habían ido a la basura. La luz regresó de forma tenue y un morocho de aproximadamente 25 años se subió al escenario vestido de traje. En cuestión de segundos se deshizo del saco y la camisa. Empezó a juguetear con su pantalón, mientras todas las mujeres que había en el lugar gritaban exaltadas. Después de unos bailecitos al ritmo de “I love rock and roll” de Joan Jett, el stripper se arrancó el pantalón a lo Full Monty y se quedó con unos calzoncillos minúsculos. Se le marcaban de sobremanera el pene y los testículos. Sus nalgas estaban totalmente al descubierto. La moza trajo otra botella de Chandon y Paula fue la primera en servirse. Estaba muy borracha. El stripper invitó a alguien del público a bailar con él. Mis amigas la arengaron a Paula para que suba. No tardaron demasiado en convencerla: las burbujas del vino espumante le habían copado el cerebro. Mientras Paula subía al escenario, vi que una de mis amigas hablaba con un tipo de la barra. Debe estar pagando el VIP, pensé horrorizada. Ya no tenía escapatoria posible. Respiré profundo y traté de convencerme de que todo estaría bien. Paula estaba aferrada a un palo que había en el medio del escenario mientras el stripper le bailaba alrededor. Todas las mujeres del lugar, incluidas mis amigas, gritaban cada vez que el tipo frotaba el bulto de su entrepierna sobre Paula. En un momento dado, el stripper la invitó a desatar un nudo que su diminuto calzoncillo tenía en la cadera. Paula se agachó, poniendo su cara enfrente del bulto y desató el nudo. El calzoncillo cayó al piso. Nunca en mi vida vi un pene tan grande. Tenía la longitud de una hoja A4. O más. Probablemente eran 25 centímetros. Se lo veía grueso. Sus testículos también tenían un tamaño llamativo.

–Beso, beso, beso –empezaron a corear todas las mujeres que había en Venus Horse.

Paula ponía cara de picardía y miraba al público. Ese pene enorme frente a sus ojos no parecía perturbarla en lo más mínimo. El stripper aplaudía al ritmo de lo que cantaba el público. Mis amigas empezaron a alentarla. Paula le dio un besito en el glande. El griterío fue mayor. Cuando pensé que lo peor había pasado, Paula tomó el pene entre sus manos. Ya había adquirido cierta erección. Lo engulló como un helado. Yo no podía creer lo que estaba viendo. En vano fue decirles a mis amigas que la situación se había ido de control. Me trataron de mojigata, de amargada. Nuevamente decidí quedarme por Paula. Yo era su ángel de la guarda en ese infierno de hembras excitadas. Miré nuevamente al escenario. El pene del stripper seguía en la boca de Paula. Entraba y salía. El glande se le marcaba desde adentro en una de las mejillas.

– ¡Garganta profunda! ¡Garganta profunda! –empezaron a corear las mujeres del lugar, incluidas mis amigas.

El stripper tomó a Paula del pelo y hundió su pene casi entero en su boca: más de 20 centímetros de carne atravesando la lengua, el paladar y la garganta. Paula lo mantuvo bastante tiempo. Se notaba que estaba haciendo esfuerzos para no ahogarse: tenía los músculos del cuello en tensión. Finalmente el stripper sacó el pene de adentro de la boca de Paula. Un hilo grueso de saliva mezclado con otro tipo de fluidos cayó al piso. La ovación fue increíble. Todas festejaban lo que acababa de hacer Paula.

Mi consternación por un momento fue tan grande que me olvidé completamente de la parte VIP. El stripper tomó de la mano a Paula y la llevó hacia la parte de atrás del escenario. Un tipo de seguridad se acercó a nuestra mesa y nos dijo que lo sigamos. Nos acompañó hasta una sala donde había unos sillones y una luz un poco más cálida. Paula ya estaba ahí con el stripper, sentada en otro sillón. El tipo le hablaba y ella se reía desencajada. Cuando nos vio entrar, el stripper se acercó a nosotras con el pene erecto. Dos de mis amigas lo masturbaron un poco y otra le dio un besito en el glande. Cuando llegó mi turno de hacer algo, me quedé estupefacta. Fue peor. El stripper empezó a puntearme con el pene en la panza. Mis amigas se reían. Junté fuerzas y se la acaricié un poquito como para que me deje tranquila. Se sentía muy firme y caliente. Al tenerla entre mis manos me pregunté como podía ser posible que semejante cosa entre en la vagina de una mujer. Ya iba a tener mi respuesta.

Paula estaba con un vestido rojo a lunares. Llevaba las piernas completamente al descubierto y unos zapatos de taco. El stripper tomó cartas en el asunto y agarrando el vestido desde la parte de la falda, tironeó hacia arriba como si le sacara la funda a un mueble. En un segundo, Paula quedó en bombacha y corpiño. Tenía una lencería negra de encaje muy sensual. Yo jamás me hubiese animado a ponerme algo así. Tal vez porque tampoco tenía el cuerpo de Paula: flaca de piel blanca pero saludable, senos medianos bien redondos y firmes, ni un rastro de celulitis ni estrías en las piernas, la dosis justa de nalgas para completar armónicamente su figura. Me resultó atractivo visualmente ver el contraste entre la piel morena del stripper y la piel blanca de Paula. Mis amigas a todo esto ya habían pedido dos botellas más de Chandon. Tomaban y se reían. Van a bailar un poco y se termina, pensé. El VIP no debe ser más que un show de unos minutos, pensé doblemente mal.

El stripper se sentó en el sillón y tomando bruscamente de la cintura a Paula, la colocó encima de sus muslos. Pude ver el cuerpo de Paula desde atrás y como el stripper le corría la bombacha con rudeza. Ni siquiera se tomó el trabajo de sacársela. Mucho menos tuvo el recaudo de ponerse un preservativo. Le metió el pene en la vagina sin demasiados preámbulos. Escuché el grito ahogado de Paula. Desde mi ángulo de visión, pude ver como los testículos lentamente se unían con las nalgas de Paula. Se lo había metido hasta el fondo. El stripper la sostenía firmemente de la cintura y la bombeaba con velocidad. Yo estaba sobria pero no podía comprender como semejante pedazo de carne podía haber entrado entero en la vagina de mi amiga. Seguramente haya tenido sexo muchas veces más que yo, pensé. Mientras le daba las violentas sacudidas, el stripper le desabrochó el corpiño y lo revoleó al suelo. Empezó a chuparle los pechos con salvajía. Incluso llegó a mordérselos. Paula de a poco parecía tomar protagonismo. Vi como empezaba a impulsar sus piernas con el sillón para cabalgarlo. Ahora la escena era mucho más impresionante porque se veía como el pene entraba y salía casi en su totalidad: sólo el glande quedaba adentro, el resto era idas y venidas furiosísimas, en donde por momentos sólo se veían los testículos del stripper. Paula echó un gemido entrecortado y bajaron la intensidad del bombeo, hasta quedarse quietos. Se ve que había acabado. Quedó rendida sobre el pecho del stripper. Pero el tipo continuó con su show: se levantó del sillón, dejando a Paula recostada sobre el mismo y empezó a masturbarse cerca de ella.

Otra vez vi algo inédito en mi vida: las gotas gruesas de semen no paraban de salir de ese glande inflamado y rojizo. Era una lluvia blanca salpicando los senos y la cara de Paula. Incluso algunos restos de semen fueron a parar a su pelo. A ella se la veía rendida. Deseé que eso haya sido todo. En dos días sería el casamiento y guardaríamos estas escenas sólo en nuestra memoria. Nadie se enteraría de nada. Lo pasado, pisado. Otra vez adelantándome a los desenlaces. Otra vez error.

El stripper les pidió a mis tres amigas que lo ayuden a que se le ponga dura de vuelta. Les dijo que la despedida de soltera todavía no había terminado. Que faltaba la mejor parte. Mis amigas se entusiasmaron: mientras dos de ellas se la chupaban, la otra le convidó una copa de Chandon. El stripper entró en confianza y empezó a tomar directo del pico de la botella. En cuestión de pocos minutos otra vez ese pene gigante estaba erguido como una baguette.

Con el pene tieso y firme, el stripper le arrancó la bombacha groseramente a Paula, que todavía la tenía puesta. Su último resquicio de dignidad. La acomodó en el sillón y la puso cola para arriba. Paula era como un títere: el stripper le movía las partes del cuerpo como quería. Una vez que la tuvo en cuatro patas como un gato, empezó a escupirse el pene. Usaba su saliva como lubricante. También escupió la zona lumbar de Paula y con un dedo hacía que la saliva se escurriera hasta la entrada de su ano. El esfínter anal de Paula se veía realmente muy pequeño. Era un minúsculo asterisco rosado. No había chances de que el pene enorme del stripper entre ahí.

Primero empezó a puntearla con el glande. Se impacientó y la agarró firmemente de las nalgas y se las separó con rudeza. Paula estaba con la cabeza gacha, perdida entre sus tetas. La noté entregada. El alcohol la había desinhibido de sobremanera. No podía permitir semejante escena: yo era su ángel de la guarda. Les dije a las chicas que teníamos que suspender esto. No me prestaron atención. Me acerqué al stripper para decirle que se detenga y me amenazó.

–Quedate ahí sentada. Sino te voy a hacer el culo a vos, gordita –dijo severamente.

El stripper siguió empujando. Ya había logrado que su glande ingrese. Noté que Paula se estremecía. Levantó su cabeza y empezó a gemir de nuevo. El tronco del pene del stripper ya había ingresado casi hasta la mitad. Los gemidos de Paula eran cada vez más desinhibidos. Eran gritos.

–Está gritando. Le duele –le dije a una de mis amigas.

–Está gritando de placer, tarada –me respondió y seguidamente me ofendió–. Algo que seguro vos nunca hiciste, boba.

Finalmente el tronco del pene entró completo. Una vez que estuvo todo adentro del ano de mi amiga, el stripper empezó a moverse como un orangután drogado. Yo veía que el pene entraba y salía con dificultad. Ese agujero estaba muy apretado. Paula empezó a recibir unas nalgadas que aumentaban de fuerza a medida que sus gritos también aumentaban de volumen. Algo no estaba bien. El stripper la bombeaba como si fuese la última mujer que iba a fornicar en su vida. De repente, Paula se derrumbó en el sillón, sin poder mantener firme la posición de gato en cuatro patas. Todavía tenía adentro el pene gigante del stripper.

–Me duele, me duele mucho –empezó a gritar.

El stripper sacó de golpe el pene de adentro del esfínter anal de Paula. Me acerqué y pude ver como le había quedado el agujero: parecía digno de una pelota de golf. Empezaron a brotarle unos chorros de sangre que se le arrastraban por las piernas. Saqué papel tissue de mi cartera y traté de hacerle una compresa. Pero el esfínter estaba muy dilatado. Con esos primeros auxilios no alcanzaba. Mis tres amigas se quedaron anonadadas. Se dieron cuenta de lo delicado de la situación. Paula trataba de incorporarse pero tenía las piernas acalambradas. El dolor en el interior de su ano no la dejaba movilizarse. El stripper hizo mea culpa y fue a llamar a alguien de seguridad. Vino un tipo y nos aseguró que en unos minutos iba a llegar un equipo de emergencias, que no nos preocupemos. Yo a todo esto seguía haciéndole compresas con papel tissue a Paula. La sangre no dejaba de brotar y el tamaño del esfínter anal de Paula no volvía a su normalidad: había pasado de ser un asterisco (*) delicado a ser una O grotesca.

Una vez que llegaron los de emergencias, les expliqué la situación. Claramente era la única que podía hablar sin dislexia y narrar lo sucedido. Un médico revisó el agujero anal de Paula con una linterna. Dijo que por el color oscuro de la sangre podía ser un sangrado profundo en la zona del colon. “Desgarro intestinal” diagnosticó tajante el médico. Cuando le dije que el stripper que la había penetrado portaba un miembro de más de 20 centímetros, el médico abrió los ojos grandes como dos huevos.

Mis tres amigas apenas se podían mantener en pie después del exceso de vino espumante. Dos de ellas lloraban, obviamente sintiéndose culpables. Yo me empoderé de la situación y les dije que vayan en un taxi al sanatorio a dónde nos dirigíamos. Me subí con Paula en la ambulancia. Como buena amiga, tuve que dar la cara.

–Hola Martín, disculpá que te moleste a esta hora –dije después de que el novio o futuro marido de Paula me atendiera el celular–. Hubo un pequeño inconveniente… Estamos yendo con Pau al sanatorio. Es muy probable que tengan que postergar la fiesta de casamiento, Martín –dije mientras la ambulancia empezaba a acelerar por la avenida.