Sin mi consentimiento el viejo de mi vecino me hace lo que quiere

Los días siguientes me los pasé confusa, tenía momentos de calentón por lo sucedido y momentos en los que pensaba “ay Dios mío, pero qué he hecho”. Pero, en el fondo, lo que quería es que sonase de nuevo el timbre y apareciesen por la puerta Marcos y Antonio para follarme en el salón, o en la cocina, o en el suelo mismamente. Fantaseaba que me ataban y me obligaban a chupársela de nuevo, que me comían el coño y que me follaban brutalmente. Pensé en si los vecinos habían oído algo de lo sucedido, ya que el apartamento era viejo y las paredes muy finas, pero al ser una pareja de avanzada edad pensé que estarían medio sordos y no le di mucha importancia.

Hasta que un día me crucé con mi vecino, un viejo bastante grosero que nunca me saludaba, y me miró de arriba abajo y me dio los buenos días. Yo contesté con una sonrisa agradable, me considero muy educada con la gente y siempre quiero causar una buena impresión. Quién sabría que detrás de mi carita de niña había escondida una auténtica guarra, ¿verdad? Esa noche me masturbé pensando en el vecino, que llegaba a mi habitación y me pillaba con los dedos entrando y saliendo de mi coño lleno de flujos, y que me ayudaba en la tarea enterrando su cara en mi coño. Me imaginaba que su barba mal afeitada me arañaba los muslos, que sus manos grandes y peludas me agarraban mis tetas y apretaban con fuerza mis pequeños y rozados pezones hasta que me revolviese del dolor. Me imaginaba que tenía una buena polla, que me ponía a cuatro patas y me agarraba del culo para después darme unos buenos azotes hasta dejarme la piel enrojecida y yo gimiendo del dolor. Después, me metería su polla por el coño para follarme con fuerza. Al imaginarme que un viejo me usaba así, tenía deliciosos orgasmos, llenando todo de mi flujo y olor.

Una tarde coincidí con él en el ascensor y le dediqué como siempre un educado saludo y una sonrisa. Él se me quedó mirando unos instantes y me dejó pasar primero al ascensor, sujetando él la puerta. Pensé si al pasar por delante me había mirado el culo, y sonreí al imaginármelo, pero cuando se puso demasiado cerca de mí ya dentro del ascensor me puse nerviosa. Olía mucho a tabaco y a aftershave, llevaba la “típica ropa de viejo”: camisa de cuadros, tirantes, zapatos… incluso una gorra que tapaba su cabeza medio calva. Tenía las manos enormes, pero era bajito y gordito. En todo el recorrido me estuvo mirando fijamente, y al salir, me dejó pasar a mí primero y noté algo rozándome el culo, pero al girarme no pude decir si había sido él o no. Cuando estaba buscando las llaves de casa, me dirigió la palabra:

– Qué finas son las paredes de estas casas, eh. Se oye todo lo que pasa al lado.

Me quedé helada por el comentario, pero me hice la loca.

– Sí, la verdad es que son muy finas, espero que no les moleste con la tele.

– No, no, tú no te cortes con los… ruidos de la tele, hermosa.

Y dicho eso, entró en su casa. Cerré la puerta y me tiré en mi cama, muerta de vergüenza: claramente se refería a que había escuchado lo que pasó el otro día. Di un grito ahogado, presa de la desesperación, y me empecé a reír. Ya me veían por la cam, me follaban desconocidos, ¿qué mas me daba que mi vecino me oyese? Así que decidí darle un regalito: por la noche hice un show por la cam, largo y lleno de gemidos de placer, me masturbaba y me azotaba el culo sin importarme el ruido que hiciese. De hecho, lo exageré bastante, cosa que les encantó a los seguidores, y estaba seguro que a mi vecino también. Me imaginaba a su mujer escandalizada y él con una erección tremenda y me sentía como una zorra provocadora.

Al cabo de unos días, a eso de las nueve de la noche, alguien llamó a la puerta. Yo todavía no había empezado el show, así que iba con unos pantalones cortos y un top por el calor que hacía en la casa. Al abrir, me encontré con mi vecino.

– A ver, mi mujer y yo nos queremos quejar del ruido que haces en el piso, que vivimos justo al lado y lo escuchamos todo.

– ¿Perdón?

– Que haces mucho ruido y nos molestas, cojones.

– De acuerdo, de acuerdo. Lo siento, intentaré bajar el volumen de la tele.

– No, no, ahora me enseñas la casa que con el ruido que haces seguro que tienes una fiesta montada o algo.

Me quedé alucinada. No sabía a qué venían esos comentarios, si precisamente ese día no había hecho nada de ruido.

– No, es mi piso, no le permito entrar. Le doy mi palabra, pero ahora por favor déjeme en paz.

– De eso nada, monada.

Me apartó de un empujón y se fue hacia la primera puerta del piso, que era mi cuarto. Yo cerré la puerta y le seguí, diciendo que no podía hacer eso, que iba a tener que llamar al presidente de la comunidad de vecinos, que no eran formas de tratar a los vecinos… pero me ignoró y se puso a mirar las cosas que tenía en mi habitación. Cogió un par de libros de la estantería y revolvió entre la ropa que tenía en el armario. Acto seguido, se fue a la cocina, conmigo detrás gritándole. Me siguió ignorando y se fue al salón, donde se quedó en medio mirando hacia mi portátil.

– Así que aquí es donde haces esos numeritos, ¿eh?

– No sé a qué se refiere, pero le digo de nuevo que tiene que irse.

– No te hagas la digna conmigo, o me quejo a los de tu inmobiliaria sobre el ruido que haces todas las noches y lo que nos molesta a mi mujer y a mí.

Me quedé callada. Bastante chantaje me había hecho Marcos y su jefe, como para que tuviesen más material para controlarme. El viejo sonrió satisfecho.

– ¿y qué es eso con lo que haces tanto ruido? Has dicho que la tele, verdad, ¿pero qué programa?

– Las… noticias.

– Mucho porno hoy en día en las noticias, no crees.

– No sé de qué me habla. Yo veo la tele, nada más.

De su bolsillo sacó el móvil y después de trastear con él, puso un audio. Era mi voz o, mejor dicho, mis gemidos. Pues sí que eran finas las paredes, se escuchaba todo, todo. Me puse roja e intenté dar una explicación absurda de que no era yo, que debía de ser otra vecina…

– Cállate un poco, anda. Lo que quiero saber es qué haces para soltar estos gemidos. ¿Eres puta, traes clientes a tu piso?

– Cómo se le ocurre llamarme eso. Lo que me faltaba, además a usted no le tengo que dar explicaciones.

– ¿Cuánto cobras por una mamada?

Sacó de otro bolsillo una cartera.

– No soy una puta, maleducado, salga de mi casa ahora mismo.

Dejó en la mesa del salón un billete de 20.

– Por 20 duros me haces una mamada, verdad, guapa.

– Está loco de remate, le he dicho que no soy una prostituta.

Suspiró y dejó otro billete en la mesa.

– ¿Así estamos bien? Eres de las caras, no serás una de esas escort.

– No soy una escort, ni una puta.

– Mentirosa, eres una guarra, traes a tu casa a hombres todas las noches.

Estaba desesperada y me sentía humillada cada vez que veía esos billetes en la mesa. Así que al final confesé, pensando que así se iría a su casa:

– Hago shows por la cam.

– ¿Haces qué por dónde?

– Espectáculos por el ordenador. Pero no traigo a nadie a casa, ni soy una escort. Así que coja su dinero y váyase.

– ¿Qué clase de espectáculos?

– Nada, bailes, poco más.

Me miró con una ceja levantada, no se lo estaba creyendo.

– Pues me quedo a ver cómo lo haces.

Pensé en que así podía engañarle y hacerle irse de mi casa, así que acepté. Fui a mi habitación y me puse un vestido normalito, me arreglé y encendí el ordenador. Él mientras se quedó en el salón fumando un cigarro, mirándome fijamente. Cuando me conecté a la cam se lo mostré y le expliqué que estaba online, y empecé a bailar de manera muy sosa, sin esforzarme. Así se aburriría y se largaría de mi piso.

– Venga mujer, ¿para esto te miran? Creo que me estás mintiendo, listilla.

– No, esto es lo que hago. El audio es de otra vecina.

Se levantó de la silla donde estaba y se sentó en el sofá detrás de mí, de manera que se le veía por la cámara. El público empezó a pedir que me tocase el culo, y recé por que fuese miope y no pudiese leer el chat.

– Hay que bailar así – me cogió de la cintura y me movió de un lado a otro, antes de acercarse a la pantalla- ¿qué ese número de allí?

– Cuántas personas están ahora viendo esto.

– Ajá, pues qué pocas. Eso es que eres muy sosa, así nadie te quiere ver. Ponle más ganas.

Me moví con un poco más de energía, cosa que le encantó y se puso a dar palmadas como si llevase el ritmo. Se volvió a acercar a la pantalla.

– Y esto, qué pone aquí… parece que es gente hablando.

Intenté quitarle del medio pero fue rápido y se colocó delante para leer el chat mejor.

– Jajajajaja, aquí te piden cosas muy picantes como para ser solo un baile… también preguntan quién soy yo, me debería de presentar.

– No, deje eso en paz. Ya he tenido suficiente, váyase de casa.

Pero seguía pegado a la pantalla. La gente empezó a animarse y a decirle que me quitase la ropa y que sobase mis tetas. Se empezó a reír y me cogió de la falda haciendo como que la subía. Eso provocó a los seguidores, y le animaron a seguir. Yo intentaba quitarle de encima pero logró que se me viesen las bragas y dio una carcajada.

– Esto es más divertido. La gente quiere ver más de esto, no un baile aburrido. Démosles lo que quieren, por algo son tus fans.

– Déjeme en paz.

Pero logró subirme el vestido hasta la cintura, dejándome a la vista mi ropa interior. Estaba muerto de la risa, empezó a darme palmadas en un cachete. De repente, alguien ofreció dinero si me daba una azotaina, y se quedó sorprendido.

– ¿La gente paga por estas cosas?

– Son monedas virtuales, luego se pueden canjear, pero no lo hago por el dinero.

– O sea, que sí que eres una puta: te pagan por enseñar, que es lo mismo que pagar por follar, si estuviesen aquí presentes.

Me quedé callada ya que técnicamente tenía razón. Al verme muda, aprovechó y me dio un azote en el culo. El usuario dio sus monedas.

– Te estoy ayudando a prosperar en el negocio, señorita. De nada.

– No me está ayudando en nada. Pare de una vez.

Pero me dio otro azote, más fuerte esta vez, y vio que cada vez había más gente conectada a la sala donde estábamos. Eso le motivó a seguir dándome azotes, pero no eran muy fuertes, así que me dejé, en el fondo complacida por toda la audiencia que estaba obteniendo. La gente daba más monedas que otros días.

– Mírate, ya sabía yo que eras una puta. A ver qué piden ahora.

Un usuario le dijo que me sentase encima de él, así que me cogió y me obligó a sentarme encima de su regazo. Olía mucho a tabaco e intenté alejarme de él. El chat estaba proponiendo cosas cada vez más eróticas, y ofrecían mucho dinero, así que me daba miedo de que siguiese con el juego y que la situación se fuese de mis manos. El vecino se acercó a la pantalla de nuevo y leyó una propuesta de “sóbale las tetas por encima del vestido”. Me miró, se encogió de hombros y sin previo aviso me agarró de las tetas por detrás. Intenté escapar pero me tenía bien cogida en su regazo. No llevaba sujetador y me hacía daño por la fuerza con la que me agarraba, pero el sonido de la gente ofreciendo monedas en realidad me ponía bastante.

– Esto es lo que haces por las noches, por eso te escuchamos gemir como una gatita. Mira que eres guarrilla, niña.

Me apretó los pechos con las dos manos, pellizcándome los pezones a través de la tela. Empecé a mover mis caderas de forma automática, sin darme cuenta de lo que estaba haciendo. La gente del chat estaba que se salía, y pronto nos llegó otra petición. El viejo me obligó a acercarme a leer lo que ponía y se lo dije: quítate las bragas. Me hizo levantarme, agarró mi ropa interior y muy despacio fue bajando, mientras que yo sostenía la falda por encima de la cintura para que se viese. Tenía el coño depilado y notablemente húmedo, el culo deliciosamente redondeado y unas piernas de escándalo. Mi vecino empezó a aplaudir y a reírse encantado, y yo di una vuelta entera para que se viese bien en la web. No sabía si sentarme de nuevo así que me quedé quita de pie delante de él, que siguió sentado, y empezó a acariciarme las piernas de arriba abajo.

– Qué culito tienes, y pensar que todos estos pervertidos quieren estar aquí ahora para poder follarte… te debería de dar vergüenza, las niñas buenas no hacen estas marranadas.

Mi única respuesta fue un suspiro de placer por las caricias y abrí más las piernas para que pudiese subir y acariciarme por dentro de los muslos. Sonrió encantado y rozó suavemente mi coño con una mano, para luego hacerme cosquillas por el culo. Se lo puse en pompa y él siguió acariciándolo sutilmente, me estaba volviendo loca con esas manos duras y olor a tabaco. Moví insinuantemente las caderas y me dio unas palmaditas en el culo como recompensa. Me giré y le sonreí con picardía: estaba cansada de disimular que era una niña buena, no me pensaba cortar más. Miré a la pantalla y vi la siguiente propuesta: quítate el vestido entero. Se lo comenté y de forma provocativa me quité los tirantes del vestido y lo dejé caer al suelo. El vecino empezó a silbar:

– Vaya cuerpo de escándalo, quién tuviese unos años menos para poder follarte toda la noche. Tienes unas tetas que son un pecado.

Me volverme hasta que mis pechos quedaron a la altura de su cara y les dio un besito, como con cariño, para luego obligarme a sentarme de nuevo en su regazo. Allí puesta me acarició las piernas un rato para subir luego por mi vientre y acariciarme los pechos en círculos hasta rozar los pezones, que ya los tenía duros.

– No me puedo resistir a estas tetas que tienes, niña. Me vas a volver loco.

Sacó la lengua y me dio un lametazo en un pezón, dejando un reguero de saliva. Miré a la pantalla, nunca había tenido tantos seguidores, además verme reflejada por la cam con aquel viejo desconocido me puso a mil. Gemí, invitando a que siguiese haciendo eso, y él con una sonrisa empezó a darme lametones por el vientre, el escote, los pechos… se metió en la boca un pezón y movió frenéticamente su lengua, succionó hasta hacerme gritar del dolor. Pero en vez de apartarle, le agarré de la cabeza y le atraje más hacia mí. Me giré para leer la siguiente propuesta: hacerle una mamada.

Me arrodillé delante de él pero girándome para que se viese todo por la cam y acaricié el enorme bulto que tenía entre las piernas. El viejo suspiró y me acarició el pelo casi con dulzura, para luego agarrarme fuerte y obligarme a bajar hasta que mi cara se quedó justo encima de su bulto. Se quitó los pantalones hasta los tobillos, dejando a la vista sus ajados calzoncillos.

– Chúpamela, puta.

Le bajé la ropa interior y me llegó su nauseabundo olor, como si no se hubiese lavado desde hacía días. Tenía el pene grande y robusto, y al darle un lametón noté un sabor amargo que me volvió loca. Le acaricié con una mano mientras lamía la punta de su pene, pero él no estaba por la labor de los preliminares: me volvió a agarrar de la cabeza y me obligó a tragarla hasta donde pude de un solo golpe. Intenté soltarme y le di unos golpes en las piernas, pero me tenía bien agarrada y solo me soltó cuando pensaba que me iba a ahogar por no respirar. Cogí aire y escupí restos de su semen y mi saliva. Mientras tanto, oía todas las monedas que los usuarios nos iban dando. Esta vez por iniciativa propia me la metí entera en la boca y bajé y subí la cabeza con energía, succionando y moviendo mi lengua con ganas. Él empezó a suspirar de placer y me llamaba “su putita”, diciéndome lo bien que se la chupaba y que estaba hecha para esto. Seguí haciéndole una mamada con todas mis ganas, cada vez que tenía que coger aire le hacía una paja con las dos manos. Así estuvimos un rato hasta que me cogió del pelo y me obligó a sentarme de nuevo en su regazo, con las piernas bien abiertas.

– Para, si sigues así me voy a correr ya, y el show no ha hecho más que empezar.

Metió un dedo en mi coño y lo fue subiendo hacia mi clítoris, moviendo en círculos el dedo. Me provocó una descarga de placer y mi espalda se arqueó sola, un gemino se escapó entre mis labios. Me dio una pequeña palmada en el coño y empezó a masturbarme con fuerza, sacando y metiendo los dedos. Mis flujos empezaron a caer de mis muslos llegando a mancharle a él y al sofá, estaba a punto de correrme y no podía dejar de mover las caderas. De repente, paró de masturbarme y me obligó levantar las caderas. Pensaba que quería que me sentase encima de su polla y empezar a follar, pero en vez de eso me dijo que escribiese en el chat que si querían vernos follar iban a tener que pagarme como buena puta que soy. Mis dedos temblaban al escribir y tenía el coño ardiendo. Nada más poner eso, todos los espectadores empezaron a mandar monedas. No puedo describir lo cachonda que me ponía el sonido de las monedas, y cuando el viejo me agarró y metiéndome su polla de golpe, estuve a punto de llegar al orgasmo. Empezó a moverse mientras me agarraba las caderas y me usaba como a un muñeco de trapo. Yo intentaba seguirle el ritmo, pero iba demasiado deprisa y con las embestidas que daba saldría volando de no ser porque me agarraba con fuerza de la cadera. Empecé a gritar de placer y me pellizqué los pezones para deleite de los mirones, que no dejaban de darme su dinero a cambio de verme follar con un viejo que podría ser mi abuelo. Noté una sacudida y justo entonces llegué al orgasmo, se me cayó la cabeza hacia atrás y todo mi cuerpo se arqueó del placer. De mi coño salieron chorros de flujo disparados que terminaron por empapar el sofá y al vecino, que él también llegó al orgasmo después de unas últimas empujadas. Noté su semen en mi interior y cómo bajaba por mis piernas. Me dejé caer hacia atrás, agotada, pero él me empujó para delante y sacó su polla de mi coño. Miró cómo caían los flujos desde mi coño, metió dos dedos y luego me obligó a limpiarlos mientras se reía complacido.

– Mi putita, qué bien lo has hecho… ha sido espectacular.

Me dio un último azote en el culo y empezó a vestirse. Yo me quedé sentada en el sofá intentando recuperar el aliento.

– Deberías de darme las gracias por el show que te he ayudado a dar. No hay de qué.

Cuando estuvo vestido, se despidió de los seguidores y se marchó hacia su piso silbando por el camino. Yo intenté arreglarme el pelo un poco, di las gracias a todo el chat por las monedas y me desconecté. Cerré los ojos, agotada, pero satisfecha del todo.