Seduciendo a mi hermano con mi bikini amarillo

Era sábado por la mañana. Deliberadamente me dispuse a probarme el bikini amarillo brasileño de lacitos. Es el último que me he comprado y el más minúsculo que he tenido en mi vida. Mi chico, que casualmente se llama como mi hermano, Carlos, está obsesionado con los tamaños pequeños en cuanto a la ropa que me pongo. Es, o mejor dicho, le gusta que yo sea exhibicionista en cuanto a mi atuendo. Deliberadamente me lo probé frente al espejo de cuerpo entero del armario de nuestra habitación, la de Salomé y mía. Desde el pasillo se ve el espejo entero. Deliberadamente, a propósito, dejando la puerta de mi habitación de par en par, sabiendo que mi hermano Carlos iba a verme al pasar. Se acababa de levantar, le oí trasteando y sabía que en pocos segundos pasaría por el pasillo camino del baño. Como ya os conté  en mis anteriores relatos Carlos ya ha cumplido los 21 y yo tengo 24 años, Mientras que Salomé, la pequeña tiene dieciocho.

Estábamos los tres solos en casa. Nuestros padres habían  ido a pasar el fin de semana un chalet de la sierra, propiedad de unos amigos suyos, al que van con frecuencia. Dormían allí y no regresaban nunca antes del domingo por la tarde. Así que los tres hermanitos gozábamos de total libertad y de la vivienda unifamiliar enterita para nosotros solos.

Carlos tenía un trabajo eventual  de suplencia en la piscina como socorrista, pero libraba.  Yo había ido a verle en su puesto de trabajo antes de ayer. Allí estaba, sentado en su silla de escaleras, divisando a los bañistas, con sus bermudas color fluorescente amarillo y su increíble bronceado, mi hermanito estaba de toma pan y moja.

En los últimos años, Carlos se ha convertido en un hermoso animal. Bello, musculoso y con un toque de timidez que realmente me motiva horrores. Si fuese más lanzado, más descarado o menos reservado no tendría el atractivo que tiene para mí. Yo he pasado de verlo casi como a un hijo, por ser su hermana mayor, a estar erotizada en cuanto le veo aparecer.

La zorrita de Salomé, desde que me asaltó sin previo aviso y metió su cabeza entre mis piernas, aquella increíble noche, en el cuarto de Carlos, se ha cambiado de cama varias veces por la noche viniéndose a la mía. Ya comenté que dormimos en la misma habitación. Alguna noche sólo se viene para dormir conmigo, las dos acurrucadas, o para tener las típicas confidencias de hermanas, susurrando nuestras cosas hasta las tantas. Pero la mayoría de las veces en las que Salomé se viene a mi lecho hay más que un simple abrazo bajo las sábanas o unas charlas intrascendentes.

Ahora, mientras me probaba el bikini amarillo ella dormía como un lirón, podía escuchar su respiración profunda. Había estado de fiesta la noche anterior y hacía menos de una hora que había llegado.

El bikini lo había comprado por mi novio. Él es tan dulce conmigo que no puedo negarle nada, aunque como he dicho lo que más le gusta es exhibirme, que muestre mi cuerpo ante otros tíos.

En el sexo me gusta a veces que me traten duro, pero suelo funcionar mejor si me miman como a una princesita, como hace mi chico. Siempre que he disfrutado a solas de mi cuerpo, he soñado con hombres dulces aunque me gusta que durante el ratito que esté con un hombre, él vaya evolucionando y, en los momentos más álgidos se ponga burro, incluso algo violento. Eso es cierto.

El bikini me estaba tan pequeño que se me salía todo. Los pechos estaban prácticamente fuera y los pezones casi asomaban, mientras que las nalgas, al ser brasileño lucían desnudas totalmente orondas. Vamos, que estaba casi en pelotas y mostraba el 99 por ciento de las carnes acogedoramente cálidas de mi bronceado cuerpo.

Prácticamente lo único cubierto eran mis pezones y el montecito desde el que nace mi rajita. Creo que lo que más excita a los chicos es disfrutar del placer visual de una mujer bonita. En el fondo son todos unos mirones. Claro que también me parece que las chicas somos todas unas exhibicionistas reprimidas.

Desde nuestro baño en el jacuzzi había estado esperando el momento de tener algún tipo de encuentro con Carlos y esta mañana tenía la intención de perturbar su tranquilidad emocional.

Durante los últimos días había hecho gala de toda suerte de trucos para ponerle caliente. Por la noche, varias veces, mientras veíamos la televisión con mis padres, me tumbé en el sofá y le puse los pies en el regazo de mi hermano. Mi camisón se había encogido “accidentalmente” dejando ver mi tanga de encaje negro y le había pedido a Carlos que me diese un masaje en los pies. Yo miraba de reojo a los papis y cuando ellos estaban concentrados en la tele, deslizaba el otro pie hasta rozar la parte más sensible de Carlos.

Me incorporé para poner un cojín sobre su regazo. Dejé el pie que masajeaba mi hermano encima del cojín, pero el otro lo coloqué debajo.

Él miraba mi tanga y masajeaba mi pie mientras sentía el otro rozándose casualmente. Su erección llegó a ser brutal. Yo jugaba a que no me daba cuenta  de nada y él jugaba a que yo no hacía nada. El hacernos los tontos y la presencia de mis padres elevaba nuestro morbo por aquel juego inocentemente lascivo.

Los masajes de mis pies por la noche se repitieron. Mis padres los tomaban como algo habitual a partir de la primera noche. Incluso mi madre le había dicho a mi hermano que a ver cuando le daba un masaje a ella. A mi hermano se le bajó la erección automáticamente y yo me reí.

–No sé de qué te ríes. ¿O es que yo no tengo derecho a recibir uno de esos masajes en mis pies?

–Claro que sí mamá, no me rio de lo que has dicho. Es que Carlos me ha hecho cosquillas.

Al guarro de Carlos, tras algunos minutos de masajear mis deditos y la planta del pie y los tobillos le entraba ganas de mirarme más detenidamente y procuraba coger el pie de forma que se separasen mis muslos y así ver con más detalle la rajita bajo el encaje negro de mi tanga.

La erección le sacaba la herramienta por encima del pijama, bajo el cojín y mi pie escondido se mojaba con las babas que brotaban de la punta dura y enrojecida.

Me gusta observarle cuando él no se da cuenta de que le miro. Me vuelve loca el contorno de su instrumento y su culo prieto bajo los vaqueros me parece simplemente delicioso.

Lo que mi hermanito no sabía es que yo seguía leyendo en secreto su diario, cuando él no estaba en casa, en las páginas del final había escrito:

Estaba colado por Luisa, y sigo enamorado de ella. Sus generosas carnes me vuelven loco. La espió desde mi ventana. Y cuando ella sale a tomar el sol a su piscina, subo a la terraza para verla desde allí y tocarme mientras la imagino de rodillas comiéndomelo todo.

Pero ahora creo que estoy igualmente colado por mis dos hermanas. Teresa es más guarra, aunque menos directa. Me vuelvo loco cuando oigo ciertos ruidos en su cuarto. Las muy cochinas tienen la suerte de dormir en la misma  habitación y creo que muchas noches Salomé repite lo de aquella noche en mi cuarto y se zampa el gatito de Teresa. No puedo evitar practicar el onanismo al recordar aquello.

Pero lo que está ocurriendo por las noches en el salón, cuando vemos televisión con los papis me está haciendo perder el sentido.

Hace unos días teresa se tumbó en el sofá que ocupábamos ella y yo. Mis padres se sientan en los sillones, a ambos lados del sofá y algo adelantados, de forma que no pueden vernos si no tuercen la cabeza descaradamente. Puso un cojín sobre mi regazo y uno de sus pies encima.

–Haz el favor de darme un masajito. Me va a matar el dolor de pies.

Mi madre la miró.

– ¿Dolor de pies estando de vacaciones? ¡Qué cara tienes!

Todos reímos. Mis padres siguieron viendo la tele y Teresa me puso el otro pie en la ingle. ¡Joder! Se le veía todo el sexo con ese tanga negro de encaje y gasa. Se le notaba la rajita y la parte superior donde termina. Uffff y encima yo tocando su pie. No pude evitar ponerme burro allí mismo. Menos mal que el cojín me tapaba.

Pero la pobre Teresa sin darse cuenta dejó ir el otro pie que fue a parar encima de mi leño duro. Creo que al principio no caía, pero luego aquella noche y las demás su pie libre se fue haciendo más y más golfo.

He acabado bajando un poco el pantalón del pijama y Teresa me acaricia con la yema de los dedos del pie el extremo que sale. Tengo verdaderos goterones saliendo todo el rato.

¡Cómo me pones Teresa!

Recordé en la cama como había vuelto a coger el diario de mi hermanito y la calentura me subió de nuevo así que había decidido mostrarme a mi hermano Carlos con el bikini micro que me regaló mi novio.

Salomé me había despertado al llegar. No podía conciliar el sueño y se vino a mi cama.  Venia medio borracha y había estado jugueteando con mi gatito mojado. Pero ella estaba grogui, no se daba cuenta de lo que hacía, ni siquiera estaba excitada. Casi durmiendo a ratos y despertando nuevamente con su mano en mi rendija rosadita durante otros momentos. Mientras Salomé me acariciaba yo me evadía a mi mundo de fantasías imaginando lo que haría con el cuerpo de efebo de mi hermanito, una vez que lo metiera en mi cama. Salomé me tocó y tocó. Me hacía gracia como se quedaba dormida con uno de sus dedos entre los labios mojados de mi grieta, bajo mi braguita. La besé en la frente y ella me mordió un labio y exigió que la dejase dormir. Pero la muy zorra seguía con su dedo allí dentro, entre mis piernas. Yo me entretuve pensando en la forma en la que Carlos comenzaría a jugar conmigo. Entrando a palpar los lugares incorrectos, imaginando que su joven y agradable estaca me rozaba por las nalgas. Mis sueños y los tocamientos de Salomé prosiguieron durante una hora. ¡Y qué deliciosa hora!

Luego Salomé cayó por fin rendida y yo me levanté al oír a mi hermano ya despierto. Me giré para mirarlo justo cuando le oí pasar por la puerta de mi habitación.

–Hola, Carlos –dije con mi voz más delicada, pero a la vez con un tono alegre, juguetón y seductor. –Este bikini me lo he comprado para mi chico. ¿Te gusta?

Carlos se paró, miró y sonrió malévolamente al verme con el micro bikini casi totalmente desnuda. Luego miró a la cama. A Salomé no se la veía, estaba totalmente tapada con el edredón.

– ¿Cuándo ha llegado? –preguntó.

–Hará un par de horas.

Entonces Carlos volvió sus ojos de nuevo a mi cuerpo. Se mordió el labio inferior y me recorrió desde la punta de los pies a mi pelo sedoso y oscuro.

–Wow Teresa, ¿no te atreverás a ponerte eso en público? Ese bikini te sienta de infarto, pero vas en pelotas. Si no fueras mi hermanita….

Le devolví una sonrisa de satisfacción por su comentario tan cachondo.

– ¿En serio? Gracias. Eres un amor –dije sin dejar de sonreír. – ¿Puedo hacerte una pregunta? Entra y siéntate. –le dije, señalando la silla tapizada que estaba sentada frente al espejo.

Él entró y se sentó. Cuando estuvo sentado, la silla estaba a menos de un metro de mí, su rostro quedaba al mismo nivel que mi gatito. Yo ya estaba cachonda y me daba la impresión de que mi olor podía llegar hasta su pituitaria.

Por lo general, se nota lo cachondo que se pone un chico cuando llega a sus fosas nasales el aroma del gatito de una chica. A partir de ese momento, puedes hacer lo que quieras con él. Los machos son esclavos tan predecibles a sus necesidades erógenas y sus estacas siempre hambrientas e insaciables.

Carlos me estaba mirando descaradamente los oteros de carne bajo la parte superior de mi bikini.  Era algo que mi hermanito, como cualquier hombre, no podía evitar, aunque yo fuera su hermana. Mirar mis senos.

– ¿Qué haces hoy? –pregunté.

–Voy a trabajar esta tarde. Abajo en la piscina, ya sabes.

– ¿Y tienes alguna cita esta noche? Hoy no están los papis para ver la televisión.

Mi hermano se azoró, se puso algo rojo y desvió el tema.

–No, iba a pasar un rato con los muchachos. Tal vez nos pasemos por un garito nuevo. Dicen que tiene unas chicas espectaculares.

Ese era mi hermano, siempre pensando en los conejitos. Pero en ese momento me estaba mirando a mí, a su hermana mayor. Había escuchado que muchos hombres tienen fantasías sexuales secretas con sus hermanas mayores. De Carlos no me cabía la menor duda que sí. Y más después de los últimos hechos.

–Se sincero –le dije. – ¿Cómo es tu vida sexual… fuera de casa? –me atreví  a preguntarle.

–Bueno, uhmm, podría ser mejor, supongo…

–No me digas que con ese tipazo, ese bronceado y siendo socorrista en la pisci no ligas.

Él me miró con una sonrisa cómplice. Si que ligaba, y yo lo sabía por su diario. Los últimos días había ido con tres chicas distintas. El muy cerdo.

–Quiero tu opinión sincera de cómo me ves, Carlos. Eres mi hermano y puedes ser todo lo franco que quieras. Te prometo no enfadarme.

–Podría ir a por ti ahora mismo, Teresa –dijo con la voz modificada por la tensión, mirando mi culo en el espejo asomando bajo el bikini brasileño. –Especialmente… ahora, uffffff, como te ves con ese traje de baño…

Sus jóvenes hormonas le traicionaron y no fue consciente de lo que dijo sin querer.

–Teresa estás para meterla en tu culo ahora mismo.

–Te pedí sinceridad hijo. Pero no tanta –dije riéndome. Él me acompañó en las risas, pero su risa era muy nerviosa.

Extendí la mano y se la pasé por la mejilla. Mientras lo hacía, noté que su garrote había crecido más de lo normal y se abultaba más y más la entrepierna de sus pantalones cortos de pijama.

Me incliné y lo besé directamente en los labios. Por sorpresa.

–No debes decir esas cosas, Carlos. Somos hermanos –dije apoyándome en su muslo mientras le daba un segundo beso en los labios y mi dedo meñique rozaba el borde de aquel crecimiento repentino.

– ¡Teresa! ¿Qué estás haciendo? – exclamó. En su voz la confusión se mezclaba con la excitación.

Salomé se había despertado con la charla de sus dos hermanitos. Había ahuecado el edredón y desde la oscuridad contemplaba la escena. Le pareció tan erótica que se quitó las bragas procurando que no la oyéramos y deslizó su mano derecha hasta donde su gatito pedía atenciones.

–Si me juras no tomarte libertades, me gustaría probar algo contigo –dije a mi hermano.

–Te… te lo juro. Te lo juro Teresa. No haré nada que no me ordenes.

–Quiero ver los efectos que este bikini tiene en un chico. ¿Comprendes? Para calibrar lo que pasará cuando lo vea mí chico.

–Teresa, haz lo que quieras conmigo.

Pensé la forma en que Carlos reflejaría todo aquello en su diario. Lentamente lo levanté de la silla y lo conduje a la cama de Salomé, nuestra hermana. Ya que ella se había quedado frita en la mía. Lo empujé obligándole a tumbarse. Besé su cuello, su pecho y sus abdominales apretados y enganché mis dedos en la goma elástica de la cintura de su pijama. Con un movimiento rápido, los bajé hasta la mitad de sus muslos, exponiendo su tranca recta y su lindo par de esferas.

–Veo que mi bikinito pequeñito tiene grandes efectos.

–Por favor Teresa. No pares.

Me puse de pie junto a la cama y el puso su cabeza en la almohada y subió los pies, con su boa tiesa como las noches en las que fingió dormir.

– ¿Me queda bien por detrás? –pregunté girándome  y sacando el culo hacia la cama, tan cerca de su mano que apenas tuvo que moverla.

Sentí su dedo apartar el bikini y dejar libre para su observación el agujerito del ano y gran parte de mi rajita.

–Te queda tremendo, Tere. Tu chico va a disfrutar de lo lindo cuando te lo pongas. Seguramente te toque aquí – dijo apretando con un dedo en el agujerito redondo.

Se me escapó un gemido leve. Estaba loca de excitación.

–Y tal vez tu chico también te toque aquí.

Dos dedos de mi hermano recorrieron mi rajita y me penetraron como si fueran un cuchillo y mi sexo estuviese hecho de mantequilla.

Carlos comenzó a masturbarse mientras metia y sacaba, sacaba y metía sus dedos desesperantemente lentos.

– ¿Puedo? –me preguntó cuando le miré.

Asentí con la cabeza mientras mi mano entraba bajo la braguita del bikini por delante y comenzaba a sobar el botoncito gordo.

Me aflojé la parte superior del bikini y dejé que mis senos colgaran. Él extendió la mano para tocarlos y acariciarlos. Me giré para que él pudiera tenerlos en su cara. Levanté las cintas amarillas mostrándole los pezones y mi hermanito comenzó a chuparlos, primero uno y luego el otro. Me encantó la sensación de su lengua en mis aureolas, sus tiernos mordisquitos.

¿Crees que mi chico me hará algo así?

Él aceleró su paja y con uno de mi pezones dentro del a boca se corrió como un bendito.

–Carlos. Creo que mi novio va a disfrutar mucho más con este bikini de lo que tú lo has hecho.

Salomé había procurado pasar desapercibida bajo el edredón y Carlos ni había caído en la cuenta de que la pequeña dormía a pocos metros. Pero yo si noté el movimiento del brazo bajo la cubierta. Ella se había procurado alivio solita, contemplando la escena.

Yo estaba tan caliente que con tocarme un poco más hubiese tenido un gran orgasmo, pero preferí dejarlo para otra ocasión.

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