Putita es ignorada durante un trío y humillada como la perra que es

Desde que empezó su relación, Sara no ha dejado de preguntarse qué motivos puede tener Carlos para salir con alguien como ella. Mientras que él cuida su cuerpo,

mantiene un amplio círculo de amigos y destaca en su puesto de trabajo, ella es una chica común, de cabello castaño (corto), ojos marrones, ni delgada ni

especialmente obesa, de carácter dócil y sumiso, con un trabajo cualquiera (en el que tampoco se esfuerza demasiado) y pocas aficiones.

Sara es consciente de las diferencias entre ambos, no entiende por qué no eligió una chica más atractiva, o más culta, teniendo en cuenta que podría haberla

conseguido fácilmente. La respuesta era sencilla: quería alguien manjeable sobre quien ejercer su poder, alguien que aceptara cualquier condición sin rechistar. Y Sara,

que era una cualquiera, una chica común, casi vulgar, cumplía perfectamente con el perfil que necesitaba.

Sara descubrió esto la noche anterior, cuando Carlos, antes de dormir, le propuso hacer un trío con una chica que él se encagaría de traer.

Así es que Carlos y Sara se encuentran esta noche sentados en el sofá, esperando la llegada de una chica que solo él conoce. Sara, aunque está dispuesta a hacerlo (e

incluso siente algo de curiosidad), tiene miedo: miedo de que la otra chica sea mejor que ella en cualquier aspecto. Por supuesto, sabe perfectamente que Carlos habrá

elegido una chica espectacular. ¿Para qué hacer un trío, si la chica no es mejor que ella?

Llaman a la puerta, y Carlos deja su copa encima de la mesa. Cuando regresa, le acompaña una chica más joven que Sara, vestida con más elegancia (ahora se siente

ridícula por no haberse arreglado más), con un cuerpo bastante más deseable que el suyo y un rostro que despierta distintas cosas en cada uno: en Carlos, unas ganas

tremendas de follársela; en Sara, una rabia y una envidia incontenibles -que, no obstante, se ve obligada a contener. Sin embargo, Sara, además de pensar en cuánto

le gustaría tener su trasero, sus pechos, su planísimo vientre, sus caderas, se fuerza a encontrarle defectos, con el objetivo de apagar su propia ira. Alicia apenas

tiene defectos, pero los tiene: es demasiado blanca, casi pálida; sus ojos, verdes, son bonitos, pero su mirada no transmite nada; y su cabello, entre rubio y

pelirrojo, no es ni liso ni rizado. Claro que Carlos, que tampoco le quita el ojo de encima a la invitada, no le encuentra ningún defecto en absoluto, a diferencia de

los muchos que encuentra en su pareja.

Carlos las presenta : «Sara, esta es Alicia. ¿Te gusta?» Sara, para imitar el buen humor de Alicia, responde que sí, que a quién no le puede gustar semejante diosa.

Se sientan en el sofá, Carlos en medio de ambas, y se empiezan a conocer más.

Mientras hablan, Sara piensa acerca de la situación en la que se encuentra: ha dejado que Carlos metiera en su casa una intrusa, que probablemente está a punto de

romper su relación. También sabe que esta loba (perra, zorra, búsquese el animal que se prefiera) solo ha venido a pavonearse. Una vez haya demostrado que es mejor que

ella, se irá. No quiere robarle el novio, solo demostrarle que podría hacerlo… si quisiera.

Alicia ha desnudado a Carlos por completo, mientras que las chicas todavía conservan las braguitas. Los pechos de Alicia son normales en tamaño, pero tienen una forma

perfecta, son redondos y firmes. Los de Sara, por otra parte, son más bien tirando a pequeños. Carlos y Alicia se besan, él le toca el culo, que es el punto fuerte

de Alicia, mientras Sara, haciendo lo que puede por colaborar, masturba a Carlos. Sabe que está completamente concentrado en Alicia, pero no es momento de quejarse o

de llamar la atención.

Carlos empuja suavamente a Alicia hasta que queda tumbada en la cama, y le quita las braguitas; después, acaricia el cabello de Sara y le empuja la cabeza hasta el

coño de Alicia. Sara empieza lamerlo, cada vez más fuerte y rápido, hasta que termina aplastando su nariz (y su cara entera) en ella. Carlos se ocupa de la boca de

Alicia, besándola, o bien se aleja de su cara y la mira a los ojos mientras la tonta de su novia -porque solo una tonta habría aceptado un trío con una chica tan

espectacular como Alicia- le come el coño.

Cuando Alicia ya está preparada, Carlos las agarra por la cintura y las pone a cuatro patas, juntas, y le quita las bragas a su novia. Le da un azote. Le habría

gustado dárselo a Alicia, que tiene mejor trasero, pero no se atreve, así que se conforma con apretarlo. Sara piensa que ahora viene un humillante intercambio, en que

ambas se convertirán para él en dos coños, en dos culos solo distinguibles porque uno de ellos es más apetitoso que el otro, y se las irá follando por turnos, como si

no importara lo que ellas quisieran. Pero es todavía peor: se folla a Alicia, a cuatro patas, sin fijarse en Sara en ningún momento, excepto para meterle un dedo en el

culo, follárselo un poco de esta manera, y sacarlo al cabo de unos segundos.

No solo no tiene intención de follársela, sino que le ha metido el dedo en el culo para humillarla, para que sienta que puede degradarla como le apetezca delante de

Alicia, incluso follándose su culo (Alicia solo se deja por el coño), pero que ni siquiera así le interesa ni la mitad que Alicia.

A la vez que Carlos le da a Alicia el mayor placer que esta ha sentido en semanas, ellas dos comienzan a besarse con cariño. Sara tiene los ojos humedecidos, pero sabe

que tiene que joderse y seguir calentando a estos dos cabrones.

Pasará mucho tiempo hasta que Sara consiga olvidar la imagen de Alicia cabalgando encima de Carlos, de espaldas a él, mirándola con malicia. Sara estando de

rodillas, como una cualquiera, mientras Alicia, como una diosa griega, cabalga encima de un hombre que no es suyo, solo para demostrar su poder y sus encantos.

Lo cabalga con seguridad, sintiéndose atractiva, sabiendo que folla mejor que Sara, notándolo en cada sonido o movimiento que hace Carlos. No solo folla mejor de lo

que Sara follará jamás, sino que gime con dulzura y provocación. Dependiendo del momento, es capaz de gemir de una manera tierna, o bien de la manera más sexy que

Sara ha visto jamás. Se mueve como si su cuerpo estuviera diseñado específicamente para dar placer. Sus movimientos, más parecidos a una danza ancestral para seducir

que al sexo que conoce Sara (que consiste en dar cuatro saltos torpes, ahora lo ve claramente), parecían detener el tiempo, ir más allá de cualquier región, e incluso

quedar grabados en la memoria como un monumento que solo se ve una vez en la vida. Alicia, sin duda, podría tener a Carlos cuando quisiera, aun si, a cambio de follar,

le pidiese que dejara a Sara.

-No te la voy a comer, ni te vas a correr en mi boca. No, en mi cara mucho menos. Úsala a ella.

Alicia agarra el cabello de Sara, y le ordena que abra la boca. Ella, con lágrimas en los ojos, abre la boca y saca la lengua, para que Carlos pueda golpearle la

lengua con el glande, y después metérsela hasta la garganta. Arcadas y más lágrimas (estas, que las provoca la polla de Carlos, se disimulan con las que le caen por

celos). Sara está de rodillas, desnuda, sin que nadie la haya tocado hasta ahora, dejando que Alicia mueva su cabeza para marcar el ritmo de la mamada. Sara, en un

último intento de ser la favorita de Carlos, le mira a los ojos, pero sus ojos ya están ocupados: está observando a Alicia, que le devuelve la mirada. Solo está usando

su boca porque no le queda más remedio, pero, en su mente, es la boca de Alicia.

Sin dejar de mirar a la invitada a los ojos, Carlos deja de follarse la boca de Sara y se corre en su cara.

Ella, llena de lágrimas y semen, sabe que, a partir de ahora, siempre que se la folle, pensará en Alicia. La única duda que le queda es: ¿se limitará a follársela en

su imaginación?