Media docena de matrimonios intercambiándose sexualmente

Cuando a mi mujer y a mí nos apetece tener sexo con otras personas hacemos un intercambio de parejas, habitualmente en un discreto hotel de la sierra segoviano-madrileña —el último viernes de cada mes— en donde ya somos clientes conocidos las cinco o seis parejas de matrimonios que tenemos este gusto o esta afición —algo hay que llamarlo— sexual.

Normalmente, tras cenar y tomar una copa en animada y expectante charla, en una pecera de cristal en forma de globo se meten papeles con los nombres escritos de los hombres —maridos— que estemos, y es cada mujer quien mete la mano, elige, y saca un papel con el nombre de la pareja sexual para esa noche. Si toca tu propio marido, se siente, mala suerte. Bueno, siempre se puede negociar con los que más amistad se tiene.

El último viernes —de manera natural, sin apenas hablarlo o discutirlo— se decidió poner en la pecera todos los nombres, tanto de mujer como de hombre, dando lugar a la posibilidad de relaciones homosexuales, siempre y cuando se aceptara de manera explícita por parte de todos y todas en el momento del sorteo.

No es nada extraordinario. Pongo la mano en el fuego por que todos los presentes tenemos nuestra faceta bisexual y en más de una ocasión hemos tenido sexo swinger, en especial las veces que hemos quedado dos o más parejas para tener sexo en grupo, lo que mi mujer y yo practicamos de vez en cuando dentro de un conjunto de conocidos no demasiado amplio, entre los que se encuentran algunos de los que nos vemos los viernes en el hotel de la sierra.

Todos nos conocemos lo suficiente y tenemos mutua confianza como para que no haya sorpresas ni malos rollos —ni enfermedades de transmisión sexual, por supuesto— entre nosotros, lo que nos mueve es el sexo, así que todo se puede hablar, negociar, pactar. Además, somos ya maduritos —estamos todos entre cuarentaitrés y cuarentaiocho años— con bastante bagaje sexual a cuestas —en la mayoría de los casos nos conocimos hace tiempo en clubes liberales y asociaciones nudistas— y se trata de disfrutar, de pasarlo lo mejor posible. En realidad, aplicamos a rajatabla esa máxima que dice que en el sexo todo vale, siempre y cuando se pueda decir no en cualquier momento y nadie esté obligado a nada.

Mi mujer mete la mano en la pecera y saca el papel con el nombre de Carmelo. Bien, sé que mutuamente se gustan mucho. A mí me toca Cecilia, solo he estado con ella en una ocasión hace ya varios meses, me gustó, está buena y le tengo ganas. Me saluda de manera simpática desde el fondo del salón.

Ha terminado el sorteo y hay dos mujeres y dos hombres a los que les ha tocado relación homosexual. Uno es Carlos, marido de Cecilia, quien se acerca sonriente, me besa suavemente en los labios y me dice al oído: que te parece si tú y yo nos lo hacemos con Carlos en plan trío, no tiene ganas de estar solo con un hombre, y no te vas a arrepentir, nos gustas mucho a los dos.

Digo que sí, observo que también se van juntos las dos mujeres y el hombre que quedaba libre, y subimos a la habitación.

Nada más cerrar la puerta, Cecilia se desviste rápidamente, con gestos probablemente ensayados ante el espejo se quita la bonita mínima ropa interior de color rojo que lleva puesta, de manera que pone de manifiesto cada parte de su cuerpo según queda desnuda. Me gusta: alta, cuerpo grande, su pelo castaño claro lo lleva teñido de rubio trigueño, en media melena por debajo de los hombros, rizado, con mucho volumen. Bajo las marrones finas cejas, ojos grandes entre azules y grises, nariz ancha y boca recta de labios gruesos, pintados de rojo brillante. Guapetona, sí señor.

Los fuertes cuadrados hombros parecen estar sujetando un par de tetas grandes, altas, separadas, redondeadas, de pezones cortos y gruesos, que, sin apenas areolas, presentan un suave color amarronado. Ancha, pero sin gota de grasa, en su cintura destaca el achinado ombligo, con un pequeño piercing de acero mate. Totalmente rasurada, el pubis parece obsceno, de anchos y grandes labios del mismo color marrón que sus pezones, presentando ya evidencias de estar muy mojada.

Muslos anchos y fuertes que se continúan en piernas bonitas, musculadas levemente, con los pies calzados por zapatos de pulsera negros, de altos y finos tacones, que en ningún momento se quita.

Al darse la vuelta queda de manifiesto que su culo es cojonudo, grande, redondo como un durazno, separado por una raja marrón larga, ancha, profunda, que deja ver la apretada gran roseta del ano. Me he puesto palote, pero mucho. Le tengo ganas a esta rubia teñida que no deja de sonreír en ningún momento.

Carlos es un tipo guapo, la verdad sea dicha, jugador profesional de pádel con bastante éxito, además de tener una conocida tienda deportiva en la zona más pija del centro de Madrid. Cuerpo fino, miembros largos, muy rubio de pelo y piel, expresión agradable en su rostro de ojos verdes, tiene el musculado cuerpo completamente depilado, su oscura polla me parece muy larga y estrecha, y se la está tocando suavemente para mantener la ya evidente erección. Me sonríe cuando ve que me estoy fijando en él, se acerca, levanta la cabeza y me besa en los labios apretando de manera continuada hasta que me mete la lengua y ambos colaboramos en un beso largo, que hacia el final se ha convertido en ensalivado y guarro.

De mí no sé qué decir. Me llamo Braulio, bastante alto, ancho, fuerte, sin especial musculación —odio los gimnasios y el deporte obligado, pero me encanta el senderismo— de cabello negro, que llevo muy corto, al estilo militar, las mujeres siempre me han considerado atractivo, con mis ojos color gris acero, nariz romana y boca de labios anchos. Soy peludo —típico oso sexual— y mi piel siempre está suavemente morena tome o no el sol, aunque de mí lo que más llama la atención es la polla, recta, de color levemente tostado, larga y gruesa —veintitrés centímetros por cinco— con un evidente ensanchamiento a ambos lados de la tranca unos tres centímetros antes de llegar al glande puntiagudo, acampanado, muy ancho. Me han dicho muchas veces eso de que no importa lo grande ni lo grueso, sino lo travieso, pero, aunque sea cierto el dicho —yo no sé si me interesa compartir el intento de desmitificar la idea de que el tamaño del pene es lo importante— la inmensa mayoría de las mujeres con las que he follado se han vuelto locas de contentas al ver mi polla larga y gruesa. Será una reacción sicológica o el cumplimiento de una fantasía sexual o a saber qué, pero, desde luego, muy extendido y arraigado entre las mujeres, y también entre muchos hombres.

Todas y todos se sorprenden por mi polla, y Cecilia y Carlos no son la excepción. Mientras la mujer se ha acercado para abrazarme y darme un excitante beso al igual que ha hecho su marido hace un momento, éste se ha agachado en cuclillas para cogerme los huevos con una mano y la polla, que está bien tiesa y dura, con la otra. Miro hacia abajo y esa parece ser la señal que está esperando Carlos para empezar a mamarme la polla, sin besarla ni lamerla, metiéndosela directamente en la boca desde el primer momento, utilizando labios y lengua bien ensalivada para comérmela con un ritmo rápido y constante.

Tiene práctica, desde luego que sí, lo hace muy bien, y a pesar de que suelo tener un buen control, como siga así va a conseguir que me corra mucho antes de lo que sería aconsejable para una noche que puede ser larga. Su mujer se da cuenta y le aparta de mi polla, le besa en la boca y nos lleva cogidos de la mano hacia la cama.

Hace que me tumbe boca arriba, con un par de almohadas bajo la cabeza. Cecilia se pone encima, bien erguida, con una rodilla a cada lado de mis caderas, coge mi polla con sus manos, la acaricia durante unos segundos, la restriega por todo el exterior de su mojado coño y ayuda a que se la meta de manera rápida, lo más profundamente que puedo. Respira fuerte, incluso gimotea mostrando su excitación. Los dos nos quedamos quietos hasta que ella empieza a moverse lentamente, a derecha e izquierda, arriba y abajo casi a cámara lenta, apretándome la polla de manera suave, excitante, como si dentro del chocho tuviera una hábil mano capaz de meneármela al mismo tiempo que me folla.

Su marido está de pie, con las piernas abiertas a la altura de mi cabeza, recibiendo una mamada de su mujer, tan tranquila y suave como la follada que hasta el momento nos estamos dando. Tras unos pocos minutos, Carlos sujeta del pelo a Cecilia, le da un par de fuertes tirones — me parecen excesivos, innecesarios de todo punto— para separarla de su pene, se arrodilla y se las ingenia para meterme la larga polla en la boca. No es lo que más me gusta, pero reconozco que estoy muy excitado, y notar que me empieza a follar la boca al mismo ritmo, ya rápido, que su mujer sube y baja sobre mi rabo, me está poniendo cachondo a tope.

Al poco rato, de nuevo Carlos la saca de mi boca y se acerca a Cecilia para que sea ella quien reciba ahora la follada bucal. No le da ni tiempo ni para veinte pollazos, da un corto fuerte bufido y se corre lanzando multitud de chorros de semen en la boca de su mujer, quien no lo traga y deja que caiga sobre mi cara y mi pecho, mientras da un nuevo acelerón a su follada, se agarra ambas tetas con las manos, pellizca sus pezones y comienza a respirar de manera fuerte y sonora.

Cecilia se mueve de manera que parece una coctelera. Me está echando un polvo de puta madre, que acompaño intentando llegar con la polla lo más profundo que puedo dentro de su coño, al mismo tiempo que me sujeto en su cintura con fuerza para que no se escape con tanto ímpetu que le pone al sube y baja de la follada.

Carlos se limita a observarnos y a hacer comentarios a su mujer sobre lo guarra y zorra que es —lo que parece excitarla todavía más— y lo que piensa hacerle cuando nos corramos, momento que a mí me está llegando, más todavía cuando oigo a Cecilia soltar una serie de rápidos cortos roncos quejidos, que van aumentando en intensidad hasta convertirse en un grito largo, que dura tanto como las contracciones y espasmos de su vagina, que no solo indican que ha llegado su orgasmo, sino que me hacen correrme de manera profunda, sentida, gratificante. Bueno, muy bueno.

Quedo tumbado, adormilado, con la mujer junto a mí, también somnolienta, intentando ambos recuperar el resuello, normalizar la respiración. El marido de Cecilia se ha arrodillado ante ella, le separa las piernas con las manos y se pone a lamerle el coño, primero suavemente, y en apenas un minuto, de manera rápida, intensa, comiéndose con verdadera gula los lechazos de mi leche de hombre que han quedado en el interior del chocho. Se los saca con la lengua y los traga con gozo, con fruición, con expresión de placer en su cara. Veo que su oscura polla se le ha puesto dura de nuevo, con una completa erección.

Sin decir nada, le da a su mujer un par de sonoros golpes —parecen bastante fuertes— en los muslos, urgiéndola a que se levante y se ponga a cuatro patas sobre la cama, lo que hace rápidamente. Carlos acerca al culo de Cecilia su polla larga y estrecha sujeta con la mano derecha, sin utilizar lubricante alguno la coloca en la apretada marrón roseta del ano, empuja con fuerza e intensidad, fácilmente logra meter su estrecho capullo, se agarra con las dos manos a las caderas de Cecilia de manera que deja los dedos pulgar e índice en forma de pinza, pellizcando las nalgas con mucha fuerza —me parece que este tipo tiene la mano largayduratanto como su pene— y empuja con un poderoso golpe de riñones, metiendo la polla entera en el culo de su mujer, quién gime en voz baja, supongo que de excitación, y sin mayores preámbulos se pone a follar el culo de Cecilia con un metisaca rápido, constante, profundo, potente. No ha dicho ni una sola palabra, tiene los ojos entrecerrados y respira con fuerza, metiendo ruido, totalmente concentrado.

Me he puesto cachondo viendo como Carlos encula a su esposa, estoy empalmao, palote a tope, y me pone mucho el movimiento adelante-atrás del pequeño, redondo y musculoso culo de Carlos. Me acerco con la polla preparada, pero antes de intentar meterla la embadurno por completo del lubricante acuoso que hay siempre en todas las mesillas de noche de las habitaciones de este hotel. Hace años tuve una muy mala experiencia, con visita a las urgencias médicas incluida, follándome el culo de una amiga sin lubricante, así que nunca se me olvida ponerlo.

Quizás me engañe a mí mismo, pero los tíos no son lo mío, aunque gozo con ellos, claro. Me hago alguno de vez en cuando, prefiero tener un papel dominante y ser yo quién da por el culo o recibe una mamada, en vez de tomar por detrás o comer polla, pero tampoco soy un talibán del asunto. Depende del momento, y ahora mismo el culo que tengo a menos de medio metro me está llamando, parece tener imán.

Cuando Carlos nota la punta de mi polla tocando en la entrada de su ano, abre los ojos, sonríe y dice que ya estaba tardando demasiado. Meter el capullo apenas me cuesta un par de segundos, pero la parte más ancha de la tranca tarda algo más y provoca algún comentario quejoso acerca del grosor de mi polla, que termina entrando entera sin mayores problemas.

Buen culo, apretadito, acogedor, me lo estoy follando al mismo ritmo que Carlos encula a su mujer, quien se muestra callada, quizás sumisa, respirando con fuerza, como una máquina de vapor, al mismo tiempo que se toca el clítoris de manera tranquila, intentando seguir el mismo ritmo y velocidad de la enculada que está recibiendo.

Sin ninguna prisa, pero constante, adelante-atrás a una velocidad cómoda para mí, sin llegar a sacarla en ningún momento y empujando para llegar lo más dentro posible, sintiendo el roce en las paredes de la tranca, notando la leve presión en toda la polla, agarrado con las dos manos en la cintura del hombre e intentando aumentar el ritmo, buscando ya el necesario orgasmo liberador.

Cecilia rompe su silencio y comienza a dar repetidos cortos grititos, como suaves quejidos que poco a poco van subiendo de intensidad, cada vez un poco más largos, hasta que un grito alto, fuerte y largo acaba muchos segundos después con varios sollozos y la petición a Carlos de que le saque la polla del culo, a lo que éste no sólo no hace caso, sino que provoca una serie de insultos, tres o cuatro fuertes azotes en las nalgas y el aumento de la velocidad de la follada, lo que yo hago también en el culo del hombre.

Pasados un par de minutos, tras nuevas quejas de la mujer, Carlos me pide a gritos que le saque rápidamente la polla del culo, lo hago, él hace lo propio, y urge a Cecilia a que se dé la vuelta de manera que su cara quede cerca de nuestras dos erectas pollas. No paramos de menearnos las trancas, arriba y abajo, cubriendo y descapullando, deprisa, con necesidad de corrernos, con verdadera ansiedad.

Un par de golpes descontrolados en la cara con la polla, como si fueran dos bofetadas de desprecio, es la señal de partida del orgasmo de Carlos, quien da un corto ronco grito, como si roncara o respirara más fuerte todavía, se sujeta la vibrante polla y escupe media docena de largos densos chorros de blanca lefa que impactan en la cara de su mujer, que está con la boca abierta y los ojos cerrados.

Vaya pinta de guarra que tiene ahora mismo Cecilia con su cara manchada, con los ojos entrecerrados, impregnado el rostro por el semen de su marido, quien no se corta ni un pelo en decirle lo puta que es, y en ordenarle que abra la boca para que yo le eche dentro mi leche de hombre. Ahí va ¡Joder! qué bueno. Qué corrida más cojonuda. Me gusta el sexo, ¡me encanta!

Nos hemos quedado los tres dormidos en la cama durante algunas horas. Cecilia se levanta para ducharse y, a su vuelta, me despierta suavemente con un beso en los labios y una suave caricia en mis testículos. Me levanta y me lleva de la mano hasta el sofá, en donde me hace sentarme recostado en uno de los brazos, con las piernas abiertas, de manera que en seguida se arrodilla en el suelo y se pone a lamer suavemente mi dormida polla.

Cuando su lengua bien ensalivada lame mis testículos lentamente y un rato después sigue el camino hacia el agujero del culo, empieza a revivir mi pene. Tranquila, sin prisas, recorre muchas veces mi raja arriba y abajo, deteniéndose en el ano, empujando con la lengua, metiéndome apenas medio centímetro, hasta que empuja de manera decidida y mete lo más dentro posible su empapada lengua, moviéndola a derecha e izquierda, arriba y abajo, dentro y fuera, poniéndome muy cachondo, con ganas de mucho más, que se traducen en mi polla bien tiesa y dura de nuevo.

Hago que Cecilia se tumbe en el suelo, sobre la alfombra, lamo sus tetas varias veces —me pide que mordisquee sin miedo los pezones, lo que hago intentando no pasarme de fuerza en la mordida— mientras compruebo que su coño está muy mojado, abre las piernas y guiándome con la mano le meto la polla empujando con intensidad, de manera continuada, lo más dentro que puedo.

Me gustan los primeros momentos de metérsela a una mujer, notar su humedad, la suavidad algodonosa de una vagina levemente inflamada por la excitación, el calorcito que muchas de ellas desprenden, los movimientos de las caderas y el pubis para acomodarse bien la polla en su interior, el comienzo de la respiración alterada, los primeros gemidos… Follar es cojonudo.

En la posición del misionero le estoy pegando un polvazo de la hostia. Mis brazos abrazan su espalda y sujeto las manos en los hombros para agarrarme y hacer más fuerza adelante y atrás. Ya hace rato que ella me abraza con sus piernas cruzadas a la altura del culo, empujando hacia abajo cuando yo lo hago, acompasándose perfectamente a mi movimiento de follada.

Tenemos las cabezas juntas, así que mutuamente nos oímos las fuertes y rápidas respiraciones, sus breves quejidos de excitación y las frases en voz baja, entrecortadas, que dice en mi oído: soy muy puta, verdad, dímelo, llámame de todo, dime lo que quieras, me gusta.

A mi mujer, Ilaria, también le gusta, así que no tengo problema ni me desconcentra hablar durante el polvo. En ocasiones, insultar y decir guarradas también me sirve para excitarme.

Ya me va llegando, noto esa especie de comezón que rápidamente pasa a ser un incontenible tsunami que parece comenzar en la base de la columna vertebral, continúa desde el ano por el perineo, se detiene un ratito en los huevos, se pone en ebullición a lo largo de la uretra, dando la impresión de que las venas del tronco van a estallar y el capullo ya no puede ponerse más rojo, pero lo que de verdad explota es una fabulosa sensación de placer, en el bajo vientre, en el estómago, en los pulmones, en el cerebro…

Lo sé, sí, no hay que montar tanto follón por lo que en último término no deja de ser una serie de contracciones musculares y el fluir, más o menos tumultuoso y descontrolado de algunos líquidos, que en realidad todo ello no suele durar más allá de unos segundos. Pero el sexo se quedaría en simple gimnasia y producción de sudor si le quitamos la parte psicológica y lo más importante, la imaginación.

Ni me he dado cuenta de si se ha corrido Cecilia. Supongo que sí dado que se queda tumbada, tranquila y quieta sobre la alfombra, y se ha echado a dormir. Miro por el ventanal, está amaneciendo, orino —un amigo mío dice que la primera meada después de haber follado es la mejor, porque limpia las cañerías, recuerda por donde salió el semen e indica que en un rato estaremos listos para gozar de nuevo — me meto en la ducha, alargo el relajante placer que supone y cuando vuelvo al dormitorio veo que el matrimonio está profundamente dormido en la cama. Me visto y me marcho camino de la habitación que tenemos mí mujer y yo en el piso superior.

Casualidades de la vida, en el pasillo coincidimos Ilaria y yo, ambos recién duchados, sonrientes y con esa expresión zumbona que se suele poner en el rostro tras haber estado follando placenteramente.

Ilaria es italiana —nos conocimos en una playa nudista del levante almeriense hace quince años, los que llevamos juntos— guapa a rabiar, cuerpazo, maravillosa persona y mujer caliente, de la que estoy enamorado tanto como ella de mí. Me da un suave beso, me pregunta si he sido lo suficientemente maricón, yo le respondo interesándome por si ha sido una buena puta, sonreímos con ganas, y como casi siempre hacemos al final de la noche de intercambio de parejas, tras un beso largo y guarramente apasionado, nos disponemos a echar un tranquilo y relajante polvo.

Me gustan las noches de los últimos viernes de mes. Tenéis que probarlo, merece la pena.