Me chantajean y obligan a follar a mi hija sin que esta se dé cuenta

Me dispongo a contar este suceso impactante de mi vida simplemente como forma de liberación, ya que es algo que jamás podría contarle a nadie. Tanto mi nombre como los del resto de personajes que aparecen en esta historia son ficticios, sin embargo la historia es sorprendentemente real.

Soy Carlos, un empresario de hostelería en horas bajas que llegó a tener una empresa con más de cien personas a su cargo y que, en la actualidad, se hunde sin remedio por unas malas decisiones que abocaron al negocio a la más triste de las bancarrotas.

En el ámbito familiar las cosas no me iban demasiado mejor, mi mujer decidió marcharse a Italia con uno de mis antiguos socios y me dejó a mi hija Julia en plena etapa final de su adolescencia, con todas las dificultades que eso conlleva.

Cuando sucedió todo yo me encontraba en el salón del chalet donde vivíamos mi hija y yo, intentado cuadrar números para no tener que vender lo poco que me quedaba de mi patrimonio y poder saldar todas las deudas que tenía acumuladas. Julia, como cada tarde de verano, se había ido a una playa que teníamos relativamente próxima a nuestro hogar.

Aunque todo sucedió muy rápido y de improviso, lo recuerdo con absoluta claridad. Me encontraba ajeno a todo lo que no fueran mis papeles cuando, sentí a mi espalda, la presencia de dos desconocidos, que se abalanzaron sobre mí, pillándome completamente desprevenido.

Recibí un puñetazo en la cara que me dejó aturdido y enseguida vi como uno de ellos me apuntaba con una pistola.

– Pedazo de mierda, quietecito o te vuelo la cabeza – dijo el que me apuntaba con la pistola al tiempo que el otro me sentaba en una silla y me ataba con fuerza las manos al respaldo.

– Que…que queréis…. – dije con la voz entrecortada y claramente asustado.

– Has jodido a mucha gente y lo vas a tener que pagar – dijo el que me estaba atando a la silla. Estaba claro que con la empresa en quiebra me había ganado muchos enemigos, gente a la que le debía dinero, personas a las que había tenido que despedir…

– La caja fuerte está en el sótano pero… – comencé a decirles pero enseguida me volvieron a interrumpir poniéndome una mordaza que me impedía hablar.

– Tranquilo, no venimos a por dinero, venimos a joderte jajaja – se rieron al unísono, con un tono malicioso que me tenía realmente acojonado y volvieron a propinarme un fuerte puñetazo que me dejó unos minutos completamente aturdido.

Cuando desperté me encontré a mi hija con los ojos vendados y, aparentemente por sus sollozos, llenos de lágrimas. Estaba de rodillas a mi lado y únicamente con el bikini como prendas que cubrieran su morena piel. En ese instante intenté liberarme de mis ataduras, con toda mi furia interior, sin éxito.

– Ven aquí putilla, vas a obedecer en todo lo que te digamos o te pegamos un tiro, ¡entiendes! – dijo el asaltador más joven a mi hija mientras el que llevaba la pistola, bastante más mayor, se sentaba a mi lado en una butaca.

– S…í…. – dijo Julia asustada por la situación y confusa de no poder ver ni a sus captores ni donde se encontraba.

– mMmm mMmm – atiné a decir intentando sin éxito verbalizar un ‘hijos de puta’ al tiempo que recibí un fuerte golpe en la cabeza con la culata de la pistola.

– Tú a callar, y como vuelvas a abrir la boca os mato a los dos – me susurró al oído, de manera casi imperceptible, el desgraciado que acababa de golpearme.

El jovencito se mantuvo de pie en medio del salón y cogió a Julia de la mano para que se acercara a él. Mi hija se incorporó y se fue acercando lentamente al chico. Desde mi perspectiva podía ver como el bikini apenas le cubría las nalgas y un escalofrío me recorrió todo el cuerpo al pensar lo que podría llegar a pasarle.

El chico se quedó unos segundos inmóvil, observándola y, finalmente, la cogió con fuerza del pelo y la atrajo hacia él, propinándole un beso en la boca que ella intentó rechazar sin éxito. Su resistencia era baja sabiendo que una pistola la podría estar apuntando.

Tras unos segundos de morreo el chaval le desabrochó la parte superior del bikini, dejando sus bronceados pechos al aire. Interrumpió el beso, volvió a quedarse unos segundos mirando con deseo las tetas de mi hija y, acto seguido, estiró fuerte del pelo de Julia que la hizo inclinarse hasta quedarse arrodillada.

– Ahora chúpasela… y ya puedes hacerlo bien o te rompo el cuello – le dijo el hombre que llevaba la pistola, con autoridad y mostrándose muy serio, como si la amenaza fuera completamente en serio al tiempo que el chico se bajaba los pantalones y los calzoncillos dejando al aire su miembro a escasos centímetros de la cara de mi hija.

Julia también sintió que el hombre hablaba completamente en serio, se recogió el pelo con una coleta usando una goma que tenía en una de sus muñecas y, sin apenas titubear y sabiendo que, aunque no pudiera verla, su polla estaba muy próxima a ella, acercó la boca a la punta de su miembro y se la introdujo. El chico se había colocado de perfil y tanto el rufián que tenía a mi lado como yo podíamos presenciar la escena como si de una película erótica se tratara.

No podía dejar de mirar como mi hija se introducía la polla de ese desconocido con un ritmo de recreo, pausado, esforzándose por hacer la faena de la mejor de las maneras y sin apresurarse. Se ayudaba también de sus manos, agarraba la polla de su captor y le pajeaba al tiempo que se metía sus pelotas en la boca.

Julia se había entregado al chico e incluso soltaba gemiditos mientras hacía ademán de intentar introducirse la polla completamente en la boca sin éxito. La mamada era de una auténtica profesional, y durante unos instantes olvidé lo que estaba sucediendo y no pude evitar que mi polla comenzara a palpitar.

A modo de paréntesis, tengo que confesar que no era la primera vez que mi polla había reaccionado así por Julia. En el último verano me había masturbado un par de veces mientras ella tomaba el sol en topless en la piscina de nuestro chalet. No es algo de lo que me enorgulleciera pero Julia tenía un cuerpo muy bonito, realmente espectacular, con unas tetas firmes y morenas que podían ser la perdición de cualquier hombre.

Estaba claro que no iba a ser nominado a padre del año pero dudo que haya hombres que sean capaces de reprimirse a hacerse una buena paja viendo las preciosas tetas de una chica joven, aunque se trate de una hija….

Como decía, Julia lo estaba dando todo con la mamada y así me lo hizo saber, por lo bajini, el captor que tenía a mi lado.

– Joder con tu hijita… no había visto comer una polla así en mi vida – me dijo al tiempo que con una mano sostenía la pistola y con la otra se refregaba la entrepierna sobre el pantalón.

Yo no dije nada porque no podía pero, aunque me doliera, opinaba lo mismo. Me sentía un sucio bastardo de sentirme excitado, mi polla palpitaba y quería salirse del pantalón sin que pudiera controlarla.

Julia agarraba al chico de las nalgas y se dejaba follar la boca sin rechistar; los únicos sonidos que fluían de su boca eran ligeros gemiditos y el ruido perturbador que generaban la mezcla de fluidos cada vez que el chico golpeaba su polla contra la campanilla de mi hija… Solo cuando el chico vació el contenido de sus huevos en la boca de Julia, fue cuando despertó de su letargo, mostrando un rechazo inmediato, escupiendo su semen y poniendo una cara que mezclaba asco y odio a partes iguales.

El chico se quedó unos segundos inmóvil, recuperándose de la intensa mamada que acababa de recibir mientras mi hija se quedaba en el suelo tosiendo y escupiendo restos de semen y saliva.

– Chica, ¿Cómo te llamas? – dijo el desgraciado que tenía a mi lado al tiempo que sonreía con malicia.

– Ju…Julia… – contestó mi hija con tono avergonzado.

– No te avergüences por lo que has hecho, tú no tienes la culpa de nada…ahora Julia vas a comerte otra buena polla. – le dijo con cierto cinismo al poner un tono casi paternalista y fue en ese momento cuando me di cuenta que la polla que se iba a comer era la mía.

Julia no se atrevió a decir nada, cabizbaja y con lágrimas que se escurrían bajo el antifaz, se dispuso a cumplir la orden que le había impuesto nuestro captor.

Mi polla en ese momento estaba flácida aunque sabía perfectamente que no podría controlar eso en el momento que mi hija se pusiera a la faena.

– Ahora vas a chupar polla como si te fuera la vida en ello… – le dijo con autoridad

– Y quiero que cuando se corra no dejes ni una gota fuera, ¿me has entendido putilla? – añadió el degenerado al tiempo que me apuntaba con su pistola en la cabeza impidiendo que yo interviniera y convenciéndome definitivamente de lo que Julia iba a tener que hacerme sin que lo supiera y contra su voluntad.

– Va…vale. – dijo mi hija con un temblor en la voz que denotaba que estaba muy asustada.

Sin más preámbulos colocaron a Julia próxima a mí y ella se colocó de rodillas, acercó su mano derecha a mi pene, y comenzó una suave masturbación con la idea de que fuera adquiriendo un mayor tamaño. Y aunque yo intentaba por todos los medios evadirme y pensar en otra cosa me fue completamente imposible.

Su manita se movía con ritmo subiendo y bajando la piel de mi polla y consiguiendo que fuera creciendo sin remedio hasta quedar en un estado de semi erección. Siguió acariciándomela con dulzura y parsimonia hasta que pude ver como se humedecía los labios con la lengua y presentí que en cualquier momento acercaría sus labios a mi miembro.

El primer contacto fue sutil a la par que escandalosamente sexual, simplemente acercó sus labios a mi glande y besó la puntita. A día de hoy sigo sintiéndome un degenerado por los pensamientos que pasaron por mi cabeza en ese momento, pero ese simple acercamiento, ese ligero contacto, me provocó un deseo incontrolable de querer follarme salvajemente a mi hija.

Después de besarme la puntita abrió la boca y se la metió; la calidez que me proporcionó sentir mi polla ocupando su boca me nubló toda la cordura. Después de entrar la cabecita fue metiendo y sacando la polla de su boca a su voluntad, marcando ella en todo momento el ritmo y la cantidad de carne que se iba introduciendo. Mi deseo en ese instante era arrancarme las ataduras y apoyar mis manos sobre sus cabellos para marcar yo el ritmo, pero eso, lógicamente, no era posible.

Su habilidad chupándome la polla era tal que consiguió evadirme de la situación tan comprometida en la que nos encontrábamos y consiguió por momentos que solo me centrara en el placer que me estaba proporcionando. En esos momentos no sentía remordimientos, ni culpabilidad, eso ya vendría más tarde.

Cuando Julia me agarró con ambas manos la base de mi polla y comenzó frenéticamente a mover la lengua, al tiempo que me follaba con su boca, supe que no iba a aguantar mucho más tiempo. Fue en ese momento cuando el captor agarró a mi pequeña del pelo, cosa que la hizo pegar un chillido ahogado y dijo:

– Quiero que te llene la boca de leche zorrita – dijo con una sonrisa malévola mientras ejercía presión en su cabeza para que no pudiera sacarse mi polla de la boca, al tiempo que mi hija sollozaba y apenas podía respirar.

Yo permanecí callado, estaba asustado y contrariado. Las sensaciones que tenía en ese momento eran inclasificables pero no impidieron que, finalmente, un reguero abundante de semen paterno inundara la tráquea de mi hijita. Julia tragó cuanto pudo pero comenzó a toser y a recuperar el aire que, durante varios segundos, le habían privado.

Apenas unos segundos después, el chico joven levantó a Julia con cierta brusquedad y comenzó a besarla nuevamente. Ella continuó dejándose hacer a sabiendas del riesgo que conllevaba no obedecer. El beso era sucio y lascivo y el chico le magreaba el culo con total impunidad, consiguiendo poco a poco bajarle la braguita del bikini.

Mientras el chico besaba y sobaba a mi hija se acercó el mayor, el que realmente era más peligroso y atemorizante y me susurró al oído:

– Ahora te voy a soltar y te voy a dar libertad para que te folles a la perra de tu hija…y si abres la boca o intentas hacer algo que no me guste le pienso volar la tapa de los sesos a tu nenita, ¿entiendes? – yo asentí con la cabeza y me sentía aterrorizado a la par que excitado. Esta última era una sensación difícilmente entendible ni justificable pero así me sentía y no podía evitarlo.

Me liberó de mis ataduras y me quitó la mordaza al tiempo que me apuntaba con la pistola para recordarme que no debía intentar hacer ninguna tontería.

Julia y el chico seguían enzarzados en un morreo infinito mientras él toqueteaba el rasurado coñito de mi hija sin resistencia alguna. Con un chasquido de dedos fue suficiente para que el muchacho se detuviera de la labor que estaba realizando para obedecer sumiso al hombre mayor.

– Tráela aquí que primero se la va a follar él, luego ya podrás hacer con ella lo que quieras. – le dijo el viejo al muchacho que, con una sonrisa, obedeció la orden impuesta y me acercó a Julia hasta la silla donde yo me encontraba ya libre de ataduras.

La tenía a escasos centímetros, podía sentir su aroma juvenil, y no pude privarme de cogerla suavemente de las caderas. El cuerpo de Julia era para perder la cordura; su piel tostada, sus generosos pechos erguidos, con sus preciosas aureolas y sus pezones desafiantes, su vientre plano y con las abdominales ligeramente marcadas, ese ombliguito decorado con un piercing dorado, su monte de venus sin rastro de vello púbico alguno, su generoso culito y sus largas piernas… mi pequeña era una auténtica preciosidad, y, aunque obligado, me la iba a follar.

La atraje hacia mí, y enseguida noté como mi polla, dura como una roca, rozaba sus labios vaginales. Aproveché para amasar su precioso culito, al tiempo que mi lengua comenzaba a chupar esos preciosos pechos con los que tanto había fantaseado en las últimas semanas. Lamía la base de sus tetas que sabían saladitas y luego sorbía esos bonitos pezones que siempre le gustaba marcar a mi hija con cualquier prenda que llevara, ya fueran tops o vestidos.

Julia, poco a poco, se iba sentando sobre mi polla, y yo iba perforando esa cavidad divina, sintiendo como el calor de su cuevita me envolvía y me hacía enloquecer. Mis manos seguían acariciando su impresionante retaguardia y comenzando, sin remedio, a hurgar con un dedito en su pequeño ojete.

Mi pequeña iba gimiendo e iba mojándose ya que, al igual que yo, no podía evitar sentir placer por la penetración. Estaba con los ojos vendados, amenazada de muerte y siendo follada por un desconocido y, sin embargo, Julia estaba consiguiendo sentir placer o, al menos, aparentarlo muy bien.

Mientras mi gruesa polla iba entrando, centímetro a centímetro, en el coñito de Julia, una de mis manos le acariciaba la espalda con ternura y suavidad, mientras la otra continuaba invadiendo su tierno agujerito marrón. La sentía relajada, y la confirmación fue cuando sus manitas se posaron en mi cuello y acercó su rostro al mío para besarme.

Mi calentura llegaba a tal extremo que no dude ni un instante en invadir su boca. Nos besamos apasionadamente, sintiendo su lengua, húmeda y juguetona, invadiendo mi boca sin titubear. Al mismo tiempo mi polla ya había conseguido entrar completamente y Julia se quedó sentada sobre mí, sin moverse durante un par de minutos en los que continuaba besándome y acostumbraba su coñito a la abertura a la que le estaba sometiendo mi gruesa polla.

Julia comenzó entonces a cabalgarme, puso sus manos en mis hombros y comenzó a subir y bajar, a meter y sacar mi polla de su encharcado coñito, con un ritmo que me hacía enloquecer.

En un instante pude observar como el chico joven nos estaba grabando con el móvil, eso no detuvo mi deseo, estaba gozando del mayor placer que había tenido en mi vida y no quería pensar en las consecuencias. Que un padre someta a su hija no es algo normal ni habitual pero yo, en ese momento, me estaba follando a una diosa, disfrutando como jamás he gozado y me daba igual todo lo demás.

Cuando comencé a besar y morder su cuello el sonido a sexo era más que evidente. Un chapoteo de fluidos eclosionaba en cada penetración, demostrando la evidencia del disfrute mutuo al tiempo que podía observar como sus tetas se agitaban como una dulce gelatina.

Julia acariciaba mi pelo y me besaba una oreja, susurrándome en un tono casi imperceptible qué no me corriera dentro de ella. Me lo pidió con tal ternura que pensé que, en el fondo, quería lo contrario.

La follada había cogido ya un ritmo ascendente pero no quería terminar todavía, quería que ese momento durara para siempre o, al menos, un poco más. Interrumpí bruscamente la penetración y coloqué a Julia en el suelo a cuatro patas. No tardé ni diez segundos en volver a penetrarla mientras la agarraba fuertemente de las caderas.

Observé como el chico interrumpía la grabación y se colocaba próximo a la cara de mi hija, con unas intenciones claras y evidentes. Julia, aún con los ojos vendados, supo que una polla rondaba sus labios y no dudo en metérsela en la boca al tiempo que gemía con cada nueva embestida que yo le propinaba.

Mi dedo gordito taladraba su ano y, con mi mano libre, azotaba con dureza sus morenas nalgas.

– Joder que guarra eres nena – le dijo el chico a Julia con clara satisfacción por el placer que estaba recibiendo. Yo también hubiera querido decirle alguna guarrada pero decir una palabra me delataría al instante y no podía arriesgarme a ello.

El final estaba cerca, mi polla entraba con dureza, emitiendo el sonido del choque de mis huevos sobre ella en cada sacudida, estaba a punto de correrme y quería hacerlo dentro de ella. Abandoné el dedo que castigaba su culito y me incliné, agarrando sus tetas que colgaban, con ambas manos. Fue entonces cuando le di con más fuerza, como si se tratara de una vulgar puta a la que no me importaba hacerle daño.

Ella comenzó a gemir con violencia, a buen seguro se entremezclaba placer con dolor en esta fase final de la penetración. Todos los músculos de mi cuerpo estaban tensionados, gemí con furia y comencé a eyacular en lo más hondo de mi hija. Fueron varias sacudidas muy profundas y después de vaciarme me quedé quieto, con mi polla dentro, saboreando la follada mientras Julia conseguía que el chico explotara en su boca que, en esta ocasión, retenía el semen en su boca sin escupirlo para, acto seguido, tragárselo sin remilgos.

Pasaron unos minutos en los que el tiempo pareció detenerse, hasta que, el viejo, hizo un gesto a su joven compañero para que volviera a atarme y amordazarme en la silla. Su pistola bailaba temblorosa cerca del cuerpo de Julia y no ofrecí resistencia alguna.

Mi hija se había quedado rendida sobre el suelo, pensando ingenuamente que ya todo había terminado.

– Ahora me toca a mí disfrutar de esta pedazo de puta, ¿no creéis? – nos dijo con su sonrisa malévola al tiempo que apoyaba la pistola sobre una mesa alejada de mi alcance.

El viejo agarró a Julia, volviendo a colocarla a cuatro patas, abrió con fuerza sus nalgas enrojecidas por mis azotes y se lanzó a lamer y sorber su ojete, dando a entender claramente cuál era su objetivo.

– N…no…..no por favor…. – dijo Julia con tibieza y síntomas evidentes de estar extenuada.

– Tal y como chupas y follas, no te andes con estrecheces ahora niña. – le dijo el viejo mientras le introducía dos dedos por la vagina para acto seguido metérselos por el ano aprovechando los fluidos vaginales de mi hija.

El viejo continuaba introduciendo los mismos dedos sucios de nuevo en su coñito y a continuación en su ojete, sin contemplación realizó este movimiento al menos en cuatro ocasiones más.

– N…no……no me lo folles….es de mi…novio. – susurró mi hija consiguiendo encenderlo aún más.

– ¿tu novio? Jajaja ahora vas a saber lo que es realmente que te follen el culo guarra. – dijo el cerdo al tiempo que se ensalivaba su venosa polla y la apuntaba al agujerito, todavía no suficientemente abierto, de Julia.

Gritos, gemidos y lamentos era todo lo que salía de la boca de Julia durante los primeros minutos de castigo anal. Luego comenzó a relajarse y gimoteaba como una niña pequeña en cada nueva embestida que le propinaba ese cerdo.

El viejo no duró mucho y terminó inundando a mi pequeña el interior de su joven ojete. Aunque la enculada no fue larga a buen seguro que a mi hija le pareció una eternidad y, cuando el viejo sacó su polla, mi hija cayó al suelo como si de un objeto inerte se tratara.

El viejo se guardó la polla y se acercó a mi oído mientras el chico ocupaba el lugar que había ocupado unos segundos antes el viejo asqueroso y comenzaba a taladrar de nuevo a mi pobre hija.

– Paga tus deudas y ni se os ocurra acudir a la policía o será lo último que hagáis tú y la golfa de tu hija, ¿entendido? – me dijo apuntándome de nuevo con la pistola al tiempo que yo asentía con la cabeza.

Tras unos minutos en los que veía impotente como el chico violaba con fiereza a mi exhausta hija, finalmente se vació sobre su espalda y sus nalgas y todo terminó.

Me soltaron y se llevaron a mi hija para dejarla de nuevo en la playa donde la capturaron. Yo me quedé en casa, analizando todo lo que acababa de suceder.

Tenía claro que iba a liquidar todas las deudas pendientes aunque tuviera que deshacerme del chalet y el resto de mi patrimonio pero, también tenía clara otra cosa, que me reconcome cada día desde aquel momento; el deseo irrefrenable de volver a follarme a mi hija.

Lógicamente, lo acontecido en esta historia no he podido contársela a nadie, y ni siquiera hablarlo con mi hija, ya que cuando volvió a casa y, para mi sorpresa, no dijo nada y se guardó su secreto para ella.

Es por ello que he decidido relatar lo que nos sucedió y lanzar a los lectores una pregunta al aire, aun sabiendo que mi actitud es depravada, ¿creéis que debería volver a follarme a mi hija?….y, en caso afirmativo, ¿cómo creéis que podría hacerlo?