Limpiando la casa de mi amiga, reencontrando viejas amistades y viviendo nuevas experiencias

Unas semanas atrás me encontré, por casualidad, con una antigua amiga mía, a la que hace muchos años que no veía.

La vida nos había enviado por caminos divergentes y, ahora, había vuelto a traernos uno cerca del otro.

Tras la sorpresa, y los saludos de rigor, estuvimos quedando juntos unas cuántas veces. Para renovar la amistad y

recordar, con nostalgia, viejas vivencias del pasado.

Uno de ésos días, mi amiga me comentó:

– He visto que has limpiado las ventanas de tu casa. ¿Cómo lo has hecho? Te han quedado muy bien, y yo necesito

limpiar las mías.

– ¡Ah! Las desmonto y las limpio en la ducha. Es un poco duro desmontarlas y montarlas, pero no es complicado.

– ¿No te importaría venir a mi casa a limpiar las mías, verdad?

– En absoluto. Encantado de ayudarte. ¿Quieres que me pase mañana?

– ¡Oh! Muchas gracias. Por mi, estupendo.

Al día siguiente, antes de ir a casa de mi amiga preparé una bolsa con un montón de toallas viejas (para el suelo del baño),

el limpia cristales y los productos de limpieza… Y, luego, estuve un momento dudando acerca de que ropa ponerme.

Tras unos instantes de meditación, recordé como había ido vestido durante las pasadas citas con ella (con un polo y unos pantalones

finos de verano, sin ropa interior -nunca la uso-, que hacían que se marcase claramente mi pene y glande

-estoy circuncidado-); y las miradas -nada disimuladas- que ella había dirigido a mi entrepierna. De modo que decidí

dar un paso más, y ponerme una gandora marroquí (es una túnica ancha y larga hasta casi los tobillos) de tela fina y color blanco.

Comprobé que no se me transparentara excesivamente (ya que iba completamente desnudo debajo) y, así vestido, y con la bolsa con

los trastos de limpieza, me presenté en casa de mi amiga.

– ¡Uy!… ¡Que exótico vienes!… -Exclamó al verme en la puerta-. ¿Que llevas puesto, una chilaba?

– No es una chilaba. Creo que se llama gandora -expliqué-. Me la he puesto porque hoy es un día caluroso, y se trata de una prenda

muy cómoda y fresca.

– A ver…, explícate…

– Bueno. En realidad es muy sencillo: además de ser de tela fina, al ser tan ancha y larga, resulta lo bastante discreta cómo para usarla

como la estoy llevando yo en éste momento: sin nada debajo.

– ¿Como?… -Exclamó sorprendida-. ¿Me dices que debajo no llevas nada: ni un slip, ni unos calzoncillos, ni siquiera un tanga… Que vas

completamente desnudo?

– Tú lo has dicho: debajo estoy completamente desnudo.

– Bien. Ahora entiendo porqué la encuentras cómoda y fresca. Pero hay un problema… Te vas a poner perdido limpiando; y es una pena,

porque es una prenda bonita.

– Bueeenooo… Mi idea era quitármela para limpiar los cristales.

Ahora si que mi amiga abrió unos ojos como platos.

– ¡¡¡¿¿¿Queeee???!!! ¡¡¡¿¿¿Quieres decir que vas a estar limpiando los cristales completamente desnudo???!!!

– Si a tí no te importa, sí. Pero si te sientes violenta, molesta u ofendida, no te preocupes. Vuelvo un momento a casa y me cambio.

Ella me miró. Estuvo unos instantes pensando, y me contestó:

– Bueno…, de acuerdo. Por mí no hay ningún problema; a fin de cuentas, ya somos mayorcitos… Si a ti no te da corte que te vea…

– No me da ningún corte. En absoluto. Estoy acostumbrado a que me vean desnudo en público; es más, incluso lo encuentro agradable.

– Uy, uy, uy… -Rió-. Me parece que eres un exhibicionista.

De modo que me quité la gandora y, ya desnudo, me puse manos a la obra: extendí las toallas viejas en el baño y me puse a desmontar las ventanas,

llevarlas a la ducha, limpiarlas y volverlas a montar.

Fue un trabajo duro y largo. Durante todo ese tiempo estuve desnudo frente a ella. Mi amiga no paró, en ningún momento, de mirar todo mi

cuerpo: mis muslos, mis nalgas, mi miembro… De una forma franca y abierta, sin disimulos de ninguna clase.

Cuándo acabamos, retiré las toallas viejas, y me dí una ducha rápida, para quitarme la porquería y el sudor.

– Vístete y ven a la terraza. Vamos a tomarnos unas cervezas.

Fui a la terraza, desnudo como estaba.

– Perdona… ¿no te importa si me quedo así?…

– Me miró y sonrío. No, no me importa… ya me he acostumbrado a verte desnudo.

Me quedé de pie a su lado y comenzamos a charlar. Ella apenas apartaba la vista de mi miembro.

– ¿Estás operado? Porque me he fijado que siempre tienes el capullo descubierto.

– Si, en efecto, estoy circuncidado. Es algo que no me arrepiento de haber hecho porque descubrí, aunque un poco tarde, que mejora mucho el rendimiento sexual.

– ¿Aaaah?… ¿Por qué?

– Simplemente, porque al estar el glande permanentemente expuesto, con el roce de la ropa se vuelve un poco más insensible.

– También veo que vas depilado… ¿Cómo lo haces, te rasuras con cuchilla?

– No, no uso cuchilla. Voy a un centro de estética, para que me hagan la cera en toda la zona íntima: pene, testículos, glúteos y zona perianal.

– ¡Hay! -se estremeció-. Eso debe ser muy doloroso.

– No te creas. Menos de lo que parece. Solo duele el primer millón de veces, bromeé…

– Nunca había visto a un hombre de así, excepto en las películas. Y te voy a ser sincera: me gusta mucho. Queda muy limpio, se te ve toda la polla…

y me encanta verte el capullo así, todo expuesto.

Mi amiga, a pesar de su edad (es bastantes años mayor que yo) es una mujer atractiva. Lo cual, unido al morbo que me producía la situación

(estar completamente desnudo junto a una hermosa mujer madura vestida), la charla, y su vestimenta (ella vestía una camiseta corta de tirantes, con

un escote que mostraba una generosa porción de sus senos -realzados por el sujetador-; y, en la parte inferior, unas mallas cortas de lycra,

finas y ajustadas, que perfilaban maravillosamente sus nalgas, y marcaban el pequeño tanga que vestía debajo). Todo ello estaba excitándome por momentos,

haciendo que mi miembro estuviera, cada vez más grande, rígido y turgente.

Ella me miraba la polla fijamente.

– ¡Caray!… ¡Cómo se te está poniendo! Apartó su mirada un momento de mi miembro y la posó en mis ojos.

– ¿De verdad te excito tanto? ¿Te pongo así de cachondo?

– Sí -respondí-. Siempre te he encontrado muy atractiva. Le señalé mi pene, que ya mostraba una más que notable erección. Estando así,

desnudo, me es imposible ocultártelo.

– Eso es muy halagador. Pero, ¿por qué yo?… Hay montones de chicas jóvenes y guapas por el mundo.

– Si, es cierto. Hay muchas chicas jóvenes y guapas por el mundo. Pero son solo eso: jóvenes y guapas… decorativas. Además, tú sabes que ya tuve una experiencia con una

chica joven… Y cómo terminó aquello.

– Si, lo recuerdo. Recuerdo cuánto sufriste… Y lo siento… Perdona.

– No te preocupes. Lo pasado, pasado está.

Ella se levantó de la silla y se acercó a mi lado.

– Gracias, de verdad. Me siento agradecida y alagada. Pero me resulta tan sorprendente…

– Yo te he desnudado mi cuerpo. Te desnudo ahora mis sentimientos.

Mi amiga se pegó a mi, me besó ligeramente en los labios, pasó un brazo sobre mis hombros, y posó su mano en mi pecho. Yo le devolví el abrazo.

Ahora sí que me estaba poniendo a cien… Podía sentir sus senos apretados contra mi pecho, su vientre y pubis en contacto con mi cadera

y mis muslos desnudos, y el roce de mi polla contra sus muslos… Sentí las piernas flojas, y mi pene comenzó a experimentar sacudidas, que me enviaban

espasmos de placer y deseo por todo el cuerpo.

Ella se separó levemente y, acariciando mi pecho, me comentó con una sonrisa:

– También yo voy a contarte un pequeño secreto. A veces, he tenido fantasías contigo. He fantaseado con tenerte tal como te tengo ahora: en mis brazos

y completamente desnudo.

– Éste era mi momento de sorprenderme: ¿Ah sí?… ¿Es eso cierto?… ¿Y qué te parezco mejor: aquí o en en tus fantasías?…

– ¡¡¡Infinitamente mejor!!! ¡¡¡Sin duda!!! No solo eres real: puedo tocarte y sentirte… Además ¡nunca había imaginado que estuvieras circuncidado y fueras depilado!

Me resulta, muy, pero que muy excitante. ¡Es cómo estar con un actor porno!

Volvimos a abrazarnos, y comenzamos a besarnos apasionadamente. Ella empezó a frotarse contra mi cuerpo con verdadero deseo, cómo una gata en celo… Podía

sentir el roce de sus senos… El contacto de mi rígido y endurecido miembro con la piel desnuda de su vientre (debajo de su camiseta) y de su pubis (a través

de la fina lycra y la tela de su tanga)… Mientras nos besábamos, deslicé mis manos hasta sus nalgas. Acaricié y estrujé largamente sus glúteos y, poco a poco,

fui deslizando mis dedos entre sus nalgas hasta llegar a la parte inferior de su sexo. Ella empezó a suspirar y jadear; todo su cuerpo comenzó a estremecerse y,

cuando mis dedos, empezaron a acariciar sus labios mayores (siempre encima de las mallas y las bragas), empezó a estar empapada. Una gran mancha de fluido vaginal

comenzó a extenderse por su entrepierna.

Después de besarnos, deslicé mis labios y besé sus orejas, su cuello… y la porción de sus pechos que quedaba desnuda. Ella comenzó a bajarse los tirantes de la camiseta.

Pero la detuve.

– Quítate el sostén -le pedí-. Pero déjate la camiseta puesta.

Obedeció. Se desprendió del sostén y lo arrojó sobre la mesa. Ahora yo podía sentir sus pechos libres y sueltos, y ver sus enormes pezones marcarse contra la tela.

Comencé a acariciar sus pezones sobre la tela, moviéndolos y estrujándolos entre mis dedos… Ella gemía fuertemente de placer. Todo su cuerpo temblaba y se

estremecía con fuerza. Había agarrado mi polla, y me masturbaba como una desesperada. En ese momento saqué sus senos al aire y empecé a chupar y lamer sus pezones.

Lo hacía con fuerza, chupando como un bebé alimentándose de su leche. Ella lanzó un grito de placer, su cuerpo se arqueó y empezó a estremecerse con fuertes convulsiones…

había tenido un orgasmo.

No perdí un segundo. Rápidamente llevé mi mano a su entrepierna y la deslicé por debajo de las empapadas mallas y su, aún más húmedo, tanga. Empecé a acariciar toda

su vagina: los labios mayores y los menores, hasta llegar a su clítoris. Tan hinchado y prominente que sobresalía entre los labios. Jugueteé con él igual que había

hecho con sus pezones: lo froté con movimientos circulares y, aprovechando su hinchazón, lo tomé delicadamente entre dos dedos y comencé a masturbarlo. Mi amiga

reaccionó gimiendo de placer, todo su cuerpo volvía a temblar y sacudirse con los espasmos de placer que la inundaban desde su sexo, su vagina no cesaba de exudar

fluido en el chapoteaban mis dedos, y ella me mordía y arañaba con fuerza los hombros.

– ¡Por favor!… ¡Así!… ¡Así!… ¡No pares!…

En ese momento, sin dejar de acariciar su clítoris con mi pulgar, le introduje el índice -engarfiado- en la vagina, y comencé a estimular el punto G, situado en la

pared anterior de la misma. Alternando entre presionar y soltar, y meter y sacar el dedo, frotando con los sensibles tejidos de la zona… Aquello fue demasiado para

ella. De repente volvió a tensar el cuerpo, gritar y sacudirse -completamente fuera de control- bajo las intensas oleadas de placer sexual que la atravesaban. Tuvo

un tremendo orgasmo, que hizo que su vagina comenzara a expulsar líquido a chorros, entre fuertes sacudias y convulsiones. Yo no me detuve ahí. Continué estimulando

su punto G, hasta que ella alcanzó un segundo, tercer y cuarto orgasmo consecutivo. Su cuerpo no sacudidas temblar y estremecerse de placer.

Yo estaba tremendamente excitado. Mi pene había alcanzado un tamaño tremendo -enormemente engrosado y rígido como una barra-. El glande tenía el color de una cereza

madura, y todo él palpitaba de deseo. Ella me lo miró y señalándolo, pidió:

– ¡Métemela ahora!… ¡Por favor!… ¡La necesito!…

Obedecí. Le quité las empapadas mallas, le levanté la pierna -apoyándola sobre la mesa- y, así abierta, le aparté el empapado tanga, y comencé a penetrarla.

Era maravilloso: ahí estaba, completamente desnudo y follándome a una hermosa mujer madura semivestida. Mi pene se deslizaba con gran suavidad dentro

de su empapada vagina. Y era tremendamente excitante contemplar como mi pubis -desnudo y depilado- chocaba con el suyo -cubierto de vello y tapado a medias por el tanga y

la camiseta- en cada penetración. No podía apartar la mirada. Ambos gemíamos, con nuestros cuerpos sacudidos por intensas oleadas de placer que se extendían desde nuestros sexos.

Perdimos el control de nuestros cuerpos y nuestras consciencias… ya no éramos seres humanos distintos, sino una única entidad sexual ávida de sexo, placer y lujuria…

Al cabo de un rato, mi amiga comenzó a acariciarse el clítoris y, segundos después, tensó el cuerpo y se sacudió presa de otro tremendo orgasmo. Su cuerpo comenzó a agitarse

con fuertes convulsiones y de su sexo chorreaba fluido vaginal, que se derramaba a través de mi rígido miembro. En ese momento, noté que yo también me corría.

Me empezaron a temblar fuertemente las piernas, y comencé a sufrir contracciones espasmódicas de mi vientre y mis nalgas. Extraje rápidamente el pene (enormemente rígido,

grueso y erecto; y chorreando de fluido vaginal) que, palpitando fuertemente al compás de los espasmos de placer que me recorrían, expulsó un fuerte chorro de semen,

que cayo en el pecho y vientre de mi amiga. Jamás me había corrido de esa manera. Fue un orgasmo tan intenso y brutal que, por unos segundos, me dejó sin respiración…

Nos detuvimos unos momentos mientras nos recuperábamos, mirándonos fijamente el uno al otro. Después volvimos a abrazarnos y empezamos de nuevo a besarnos, levemente al principio,

pero con creciente pasión y lujuria. No tardamos en volver a estar excitados.

Mi amiga se arrodilló, y comenzó a besar y lamer mi miembro.

– ¡Qué hermosura!… ¡Estoy deseando comérmela!…

Yo la dejé hacer, disfrutando de su mamada. Mi polla respondió a sus lamidas y chupetones volviendo e empinarse, y recobrando con presteza su grosor, tamaño y rigidez anterior.

Ella estaba como loca: me besaba, lamía y chupaba todo mi pene -desde la base hasta el, nuevamente, hinchado y enrojecido glande- y los testículos. En ese momento bajó un poco

más… y comenzó a lamerme la zona perianal. Yo pegué un respingo (nunca me habían tocado ahí,; salvo para depilarme, y se trata de una situación completamente distinta… y mucho

menos agradable) y comencé a sentir un enorme placer, cómo nunca había experimentado. Mi cuerpo comenzó de nuevo a temblar y estremecerse de placer y deseo.

– ¿Te gusta? -Preguntó mi amiga-.

– ¡¡¡Oooh!!!… ¡¡¡Siiii!!!… ¡¡¡Me encanta!!!…

– Prueba ésto, entonces.

Me separó las nalgas, y comenzó a lamerme el ano. Una vez húmedo, me introdujo el dedo índice, y comenzó a estimularme la pared de la próstata (el punto G masculino). Me enloqueció…

Jamás había sentido un placer semejante. Las piernas me temblaban y flaqueaban, mi vientre y mis nalgas se contraían con espasmos, mi miembro palpitaba como si una mano invisible

me estuviera masturbando. Todo mi cuerpo se estremecía entre enormes oleadas de inaguantable placer.

Yo gemía incesantemente, pidiendo más y mas. Mi amiga me complacía, mirando fascinada, sin tocarme para nada el sexo; pero aumentando el ritmo de la estimulación… Hasta que llegó el

momento en que ya no pude aguantar mas, y me corrí… Fue otro orgasmo tan brutal y salvaje cómo el anterior, con unos tremendos espasmos de placer que me duraron varios segundos y me

dejaron sin control de mi cuerpo… La explosión de esperma, con la que eyaculé, nos dejó empapados a ambos.

Ahora sí que estaba completamente exhausto. Me dejé caer al suelo y, boca arriba, estuve un buen rato jadeando y recuperándome. Durante ese tiempo, de cuando en cuando, mi cuerpo

volvía a agitarse de placer… Mi amiga se tendió junto a mí, y comenzó a cubrirme de besos: el pelo, la cabeza, la cara, la boca, el pecho, el vientre, el pubis, los muslos, el

pene (todavía palpitante y goteando semen)… Luego se detuvo, y estuvimos un buen rato mirándonos a los ojos… No articulamos palabra, pero nuestras miradas transmitían una hermosa

mezcla de gratitud, paz, intimidad, felicidad, dulzura… y algo más. Era un momento precioso, ideal, lleno de gratitud, intimidad y dulzura. En más de un sentido, tanto o más placentero

que los momentos de éxtasis, desenfreno sexual y lujuria que le habían precedido.

Nos erguimos y, agarrados el uno al otro, nos dirigimos hacia el baño. Al llegar, ella se quitó la camiseta y el tanga y, los dos desnudos, nos metimos juntos en la ducha. Nos duchamos, disfrutando

del placer de enjabonarnos mutuamente y excitándonos de nuevo, e hicimos el amor otra vez. De un modo mucho más tranquilo y pausado ahora… Despacio, gozando sin prisas del contacto de

nuestros cuerpos, de nuestra intimidad (de cuando en cuando, cesábamos todo movimiento. Y nos quedábamos unos instantes parados, abrazados el uno al otro. Con mi erguido, grueso y duro pene

dentro de su cálida y húmeda vagina). Fue una sesión de sexo mucho más relajada y menos salvaje que las anteriores… Pero con orgasmos de idéntica intensidad. Para terminar, mi amiga me regaló

con una espléndida, lenta y maravillosa mamada.

Una vez duchados y secos, mi amiga me hizo salir del baño.

– Déjame a solas un rato, cariño. Hay algo que tengo que hacer.

Obedecí. Me fui al salón, escogí un libro de la estantería y, desnudo como estaba, me senté en la terraza a leer mientras esperaba.

Al cabo de un rato, mi amiga regresó. Se había puesto un vestido corto de verano, abrochado en la parte delantera, pero sin cerrar ninguno de los botones superiores, de modo que se le veía la mayor

parte de sus pechos; sus pezones se marcaban, erguidos y duros, bajo la fina tela… Todos los botones inferiores permanecían firmemente cerrados. Se me volvió a empinar la polla.

– Cierra los ojos. -Me pidió-, quiero darte una sorpresa.

Sonriendo, obedecí. Ella se acercó a mi lado, término de abrirse el vestido, cogió mi mano, y la colocó en su entrepierna.

– No los abras todavía. Espera un poco, y dime que notas.

Le acaricié unos instantes todo el sexo: el pubis y la vagina. Yo notaba que su piel estaba muy, muy suave… Además de con una humedad creciente. Gotas de fluido vaginal empezaron a descender por mis dedos

desde sus labios vaginales. Su cuerpo volvía a temblar y estremecerse de placer y deseo.

– Ya puedes abrir los ojos.

Obedecí, y me encontré con su vestido abierto, y todo su sexo ofrecido a mi mirada. Se había rasurado el pubis y la vagina. Ahora ella lucía tan limpia y expuesta como yo. Mi erección se incrementó considerablemente

y comenzó, de nuevo, a palpitarme la polla.

– ¿Te gusta? Después de verte a ti sin vello, tan limpio y expuesto… Tan excitante… He decidido imitarte… Aunque yo si he utilizado cuchilla. No tengo tu valor para hacerme la cera.

Sin perder un segundo, ella se puso a horcajadas sobre mí, agarró mi miembro erecto y palpitante, se lo colocó a la entrada de la vagina, se montó sobre él, y empezó a moverse arriba y abajo.

Fue otro polvo maravilloso: mi completa desnudez; mi amiga con su vestido totalmente abierto; sus pechos -en completa libertad- saltando y moviéndose de un lado a otro, unas veces parcialmente cubiertos

-y otras completamente descubiertos- por la tela (de tal modo que se me mostraban u ocultaban sus enormes e hinchados pezones). Yo, aprovechando que tenía las manos libres, atrapé sus bamboleantes senos

y me dediqué a acariciarlos y estrujarlos, a jugar con sus pezones, y a cubrirlos de besos, lamidas y chupetones. Eso la proporcionó su primer orgasmo. Seguimos sin parar, y alcanzamos el clímax casi

simultáneamente. Cuando noté que me venía el orgasmo, intenté zafarme; pero ella me lo impidió.

– Córrete dentro de mi -me pidió entre jadeos-. Quiero que me llenes.

Empezé a temblar con los espasmos del orgasmo; y eyaculé en su interior.

– ¡¡¡Siii!!!… -Gemía-. ¡¡¡Asíii!!!… ¡¡¡Lléname de leche!!!…

Cuando notó mi chorro de esperma explotando dentro de su cuerpo, ella alcanzó el orgasmo. Tensó el cuerpo y comenzó a temblar bajo las violentas sacudidas de placer que la recorrían. Un chorro de líquido vaginal descendía

por sus muslos.

Después de corrernos, ella se mantuvo encima de mí, con mi polla dentro de su vagina, hasta que cesaron nuestros temblores y espasmos orgásmicos. Siguió unos minutos moviendo lentamente sus caderas. Yo me moría de placer.

Cuándo, finalmente se detuvo, yo tenía todo el vientre, el pubis y los muslos cubiertos de sus fluidos.

– No te preocupes, cariño. -Me comentó, al levantarse y liberarme-. No puedo quedarme embarazada. Hace ya años que comencé la menopausia.

Regresamos al baño a lavarnos. Luego nos dirigimos a la cocina, preparamos algo de comida, y cenamos con un hambre atroz. ¡¡¡Habíamos pasado todo el día sin comer nada y follando!!!

Era ya muy tarde. Me quedé a dormir con ella.

Nos tendimos los dos en su cama: yo desnudo; y ella con un sexy, escaso, y atrevido picardías (sin ponerse nada debajo); que había estado buscando, y rebuscando, por armarios y cajones…

– Aquí está… -Dijo al encontrar la caja sin abrir-. Es curioso… Lo compré hace años, una de las veces que estuve fantaseando contigo, y lo guardé. Lo he tenido todo éste tiempo sin estrenar -ya

viste que la caja estaba aún cerrada con celo-, y me había olvidado completamente de que lo tenía. Precisamente ahora acabo de recordarlo.

– Cosas del subconsciente, -le contesté-. O, quizás, del destino…

Mientras estábamos así, tendidos y relajados (mi pene, excepcionalmente, descansaba fláccido sobre mi vientre), mi amiga se giró hacia mi, se incorporó sobre su codo, y -mientras acariciaba, lenta y suavemente, el pecho, vientre y

pubis,- me dijo:

– Cariño… Tienes que prometerme una cosa…

– Dime.

– Prométeme que, cada vez que estemos juntos, tú vas a quedarte como estás ahora: totalmente desnudo. Me vuelve loca ver todo tu cuerpo desnudo, y muy especialmente, tu maravillosa polla. -Besó ligeramente mi glande completamente expuesto-.

– Ja, ja, ja… -Reí-… Levanté mi mano derecha: -Prometido. Aunque tú sabes que esa es una promesa que no va costarme, nada en absoluto, cumplir. Para mí, mas que una promesa, es un sueño hecho realidad. También tú tienes que prometerme algo -añadí-.

– ¿El qué?

– Lo mismo: cada vez que estemos juntos, tienes que vestir ropa sexy y provocativa. Me excita eso mucho más que verte totalmente desnuda.

– Ja, ja, ja… -Río ella también-. Igualmente, levantó su mano derecha: -Prometido.

Nos besamos, y volvimos a intercambiar caricias.

– ¿Quieres que te dé un masaje? -Le pregunté.

– Mmmm… Sí… Pero, cariño, ésta vez sin sexo, por favor. Estoy agotada.

– No eres la única. -Le señalé mi fláccido miembro-. Por hoy se me han acabado las pilas.

La tumbé de espaldas, le subí el picardías y me puse a horcajadas sobre ella. Empecé a acariciarle la espalda y las nalgas lenta, suave y dulcemente. Mi glande rozaba ligeramente su piel.

– Mmmm. -Ronroneaba como un gatito-. Me encanta, cariño, eres maravilloso: Tan suave y delicado ahora, como ardiente, viril y apasionado en el sexo.

– Gracias. Pero no merezco tantos elogios -dije con modestia-. Sonreí… ¿es ésto mejor que tus fantasías?…

Ella se giró y se alzó ligeramente. Me dio un suave puñetazo en el pecho… ¡Oh! ¡Qué tonto eres!… -Dijo con una sonrisa-. Nos besamos.

Proseguí con mis caricias (ahora añadiendo sus piernas y muslos). Al cabo de un rato empecé a oírla respirar profunda y regularmente. Miré: se había quedado dormida.

La besé levemente entre las nalgas, le bajé el pequeño y transparente picardías. Me tendí a su lado, cerré lo ojos, y yo también me quedé profundamente dormido.