Encontré al amor de mi vida, tengo una conexión única con él. Pero cada tanto un desliz no le hace mal a nadie

Hay cosas injustas en esta vida.

En lo personal, no hay cosa más injusta que los amores prohibidos. A veces, no se presentan tanto como “amores”, si no como “ deseos”.

Pocas cosas en la vida he amado tanto como a mi pareja. Pocos tenemos la fortuna de encontrar conexiones tan profundas con otras personas y que estas mismas logren perdurar. Aún así, un pequeño desliz de vez en cuando no tiene nada de malo… ¿cierto?

Todo empezó el primer día de clases. Yo estaba sentado en mi pupitre, platicando de naderías con mis compañeros de clase. Todo bastante peculiar y normal, como usualmente es la escuela. Empezó la primera lección, la segunda, la tercera, el primer receso… La cuarta hora se presentó igual sin complicaciones, profesores aburridos hablando de temas aburridos. Todo aburrido hasta que ella llegó.

Al momento de morir, estoy seguro que todas las almas son sentadas en una sala de cine, en donde un cineasta desconocido proyecta todas las mejores vivencias o recuerdos de una persona.

Bueno, estoy seguro que en el momento de que el cineasta proyecte mi película, este momento tendrá un momento de honor. Nunca he sido amante de las mujeres delgadas, pero aquí haría una excepción. Una sonrisa de oreja a oreja, que seguro a más de uno deja sin respiración. Una cara delgada, rematada por una mata de chinos que caían hasta la altura de su cintura. Piernas delgas, pero aun así lo suficientemente fuertes para sostener un trasero de lo más bello.

Se disculpó con el docente por la tardanza, culpando al tráfico por el mismo. Para mi mala suerte, el único asiento libre quedaba al inicio del salón, demasiado lejos de mí para poder iniciar una conversación con la nueva belleza. No atrajo la atención de uno, si no que la de todo el salón, acción que produjo la oleada mas irracional de celos que he sentido en mi vida.

Todo en ello parece grácil: su manera de hablar, de caminar, de sonreír, de escribir…

Un mensaje más bien molesto llega a mi celular y me saca de mis sueños.

¿en que clase estás, cariño?– pregunta la mujer que yo creía era dueña de mi corazón.

Ahí caigo en la cuenta de que un amorío con la “niña nueva” sería más que deshonroso… Nunca había sido un hombre de muchas mujeres, pero en ese momento empecé a cuestionar mis ideales.

A pesar de lo poco atractivo que resulta ser el uniforme de la escuela (en especial la falda de las damas, que debe estar 5 cm debajo de las rodillas) sentía el bulto que iba creciendo en mis pantalones mientras mas veía a la mujer.

Haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad, me mantuve en mi pupitre y evité a toda costa el sentimiento de alzar la mano y pedir permiso para ir al baño, no tanto por el llamado de la naturaleza, sino para “desahogar” mis penas.

La semana transcurrió, a partir de eso, con relativa calma. La mujer se ausentó a mitad de la semana debido a problemas médicos, o al menos eso nos dijeron los docentes. Todos los días que no la vi, no podía hacer más que imaginármela, su sonrisa, su rostro, su manera de caminar, como se vería sin el soso uniforme escolar…

El viernes llegó, y en honor al inicio de clase, se decidió que todo el salón iría al nuevo antro que estaba de moda en la ciudad.

Una vez en casa, después de clases, le mandé mensaje a la que llamaba “novia” preguntando si iba a acompañarme al club. Su rotundo NO fue, en un inicio, un golpe en el estomago, nada peor que salir a un club nocturno, y no tener pareja con la cual bailar. Poco sabía yo que la ausencia de mi pareja significaría de las mejores noticias que tendría en el día.

Arribamos al club a eso de las 10 pm. Quince personas conformaban el escuadrón de la noche. Siete niñas y ocho niños. Lo único que eso significaba, es que alguien se quedaría sin pareja. Ustedes se imaginaran quien fue.

Una vez dentro, nos dispusimos a ingerir alcohol como si de becerros mamando leche nos tratásemos. Llegó una botella de tequila, la segunda, la tercera, la cuarta… Estábamos haciéndole justicia a la quinta botella cuando un resplandor en medio de la pista llamó mi atención. Para este momento, todos mis amigos yacían borrachos con sus respectivas parejas, jugueteando, metiendo sus manos en lugares que no es correcto mencionar. El resplandor vuelve a llamar mi atención. Al voltear la vista, veo un espectáculo imperdible. Tres señoritas bailan al son de Location, una canción más bien de moda. Sus vestidos estaban compuestos de lentejuelas, que, liados sean los dioses, estaban diseñados para personas mucho más corta de estatura, entonces quedaban a una distancia más bien corta de los glúteos. Con cada movimiento suave de su cuerpo, los vestidos se alzaban un poco, dejando nada a la imaginación. Las dos señoritas que tenía más cerca se acercaban la una a la otra cada vez más rápido. Sus movimientos se hacían uno mientras sus cuerpos se fusionaban en un beso, que fue el deleite para no solo uno. Una iba vestida con un vestido verde, tenía la piel del color de la madera y tenia unos bustos y traseros generosos. La segunda llevaba un vestido azul, y aunque de senos más pequeños que las de su “amiguita” sus retaguardia era un lugar ideal para perder la vista. Sus lenguas jugueteaban entre sí. La de verde acariciaba el trasero de su amiga. Tocaba sus senos y poco a poco, sus manos levantaban su vestido y su mano se perdía en el deleite que yace entre sus piernas. A pesar del espectáculo, la tercera dama llamó mi atención. Todo, más que nada por sus chinos.

No sabría decir que me impulsó a abandonar a mis amigos e ir al encuentro de la mujer: el eco de la música, los gemidos de mis amigas al son de las manos de mis compañeros, la danza de ambas niñas al pie de la pista o si simplemente fue el alcohol en mis venas.

Lo próximo que sé es que me encuentro frente a la niña.

-¿Cómo es que una chica como tu terminó en un lugar como este?- pregunto casi a gritos, para darme a escuchar sobre la música.

-Si no te conociera, ya estaría aventándote mi bebida en la cara, amigo- me dice con cara seria, pero la sonrisa en su rostro indica cierta diversión.-¿alguna vez te ha funcionado esa frase?

-Esperaba que esta fuera la primera vez.- respondo en tono alegre.

Entre plática y risas, llegan mis amigos con la sexta botella, listos para repartir shots entre todos. La mujer en un inicio se mantiene firme a no tomar, pero después de una porra más bien tonta, accede a tomar 3 segundos de tequila conmigo.

-¿Esta es tu segunda estrategia?- pregunta la mujer con cara de asco- ¿emborracharlas hasta que acepten a ir a casa contigo?

-Esta técnica es infalible, pronto verás sus resultado- le respondo en forma de broma-

-Antes muerta, Sam

-Es impresionante que conozcas mi nombre, puesto que nunca me has dedicado ni una sonrisa en el colegio

-Sólo memoricé tu nombre por tus bonitos ojos, no te hagas ilusiones- me dice la mujer, mientras me toma de la mano y me da una vuelta, y me pega a su cuerpo para fusionarnos al son de la música.

Sus movimientos son gráciles, como los de un gato. Pega su pecho al mío, mientras sus manos recorren mi espalda. Yo hago lo propio y tomo su cintura. Mientras bailamos, siento la combinación de alcohol y excitación y alcohol fusionarse en mi entrepierna.

Ella igual se da cuenta.

-Tranquilo, capitán, mantenga esa vela en su lugar-. La mujer se ríe, lo tomo como buena señal.

– Con los vientos que traes, se me es difícil controlarla.

Ella rodea mi cuello con sus brazos y acerca peligrosamente su boca a mi oreja, movimiento que cabe recalcar, encuentro altamente efectivo para controlar la virilidad de un hombre.

-Podemos visitar el baño, si te apetece.- dice en tono pícaro, mientras me ve directo a los ojos.

No da tiempo de emitir respuesta alguna. Lo siguiente que sé, es que sus labios están pegados a los míos.

Son labios suaves, grandes, experimentados, acompañados de una lengua que sin duda sabe que debe hacer.

Respondo el beso, de la mejor manera posible. Durante un instante, olvido todo. Olvido la música que me rodea, a mis amigos bailando y a la novia que me espera en casa. Lo único que existe es la mujer delante de mí, y su cuerpo, puesto ahí para mi deleite. Bajo mis manos de su cintura, y aprieto las dos masas de carne que yacen bajo ellas. Tal como las imaginé, firmes pero deliciosas al tacto. Sus besos siguen, en una danza que une los cuerpos bajo una canción de pasión. Sus manos se ponen juguetonas, y bajan por mi pecho, hasta el gran bulto que resalta de mis pantalones. Una vez ahí, aprieta, de la manera que se aprieta un durazno para saber si está maduro. Ella sonríe, una sonrisa pícara, se muerde el labio inferior, acto que solo puede significar “te voy a coger hasta que toda la leche que tengas o tendrás se mía durante un par de minutos” , se voltea y toma mi mano, guiándome a algún lugar que desconozco. Me siento en un sueño, como si todo lo viera desde el lago más profundo, en el planeta más lejano. Las personas bailando parecen bosquejos de algún artista olvidado en una hoja de papel. Solo existen dos cosas: el enorme trasero que tengo por delante y la mano que guía a la mía. Nos detenemos en el baño de mujeres. Le susurra una palabras al “Popeye” custodiando la puerta, pone algo en su mano, y procedemos a entrar. Todas las damas dentro hacen caso omiso de nosotros. La mujer se voltea y dice algo que suena o como “vas a tocar el cielo” o “ me vas a meter el cielo”, de igual manera me mete en el último cubículo, el destinado para discapacitados.

-Vamos a necesitar un poco de espacio, capitán.

Me guía dentro, y procede a cerrar la puerta con seguro.

Durante un pequeño momento de lucidez, recuerdo a mi pareja en casa, durmiendo, depositando su confianza en mí.

-Escucha- digo arrastrando las palabras- tengo novia y no sé si…

Me interrumpe con un beso corto, pero firme.

-En ese caso- dice mientras se acerca a mí- le voy a dejar un recadito aquí…

Sus labios se posan en los míos, y un segundo después, sus dientes se clavan en mi labio inferior. Al inicio me pareció sexy, pero conforme pasaban los segundos, se tornaba más doloroso, y aun así, mas placentero.

Siento el sabor de la sangre en la boca, acto que no hace más que aumentar mi calentura. Empujo a mi acompañante contra la pared, mientras alzo sus vestido hasta su cintura. Con una mano sujeto ambos brazos suyos por arriba de su cabeza, mi cara se acerca a su cuello y comienzo a besar cada centímetro de su cuello, mientras mi otra mano se pierde en la obscuridad de su cueva. Debí haber debatido un poco con su ropa interior, pero gracias a Dios, ella prefiere ir “solo”. Su coño es, al acto, un deleite. Un montecito completamente depilado protege el camino al paraíso. Meto un dedo entre los labios mayores y me siento complacido cuando siento suficiente humedad para llenar un garrafón de agua. Con un movimiento de mis dedos, le arrancó un pequeño gemido. Con el dedo medio y el pulgar abro sus labios para dejar paso a que mi dedo índice se entretenga con su botón de placer. Sus gemidos son cada vez más sonoros.

-Si no me metes un dedo en este instante, Sam, juro por todo que esa mordida en tu labio no va a ser lo único que te duela esta noche.- Siento la desesperación en su voz. Siempre he sido obediente, y no planeo hacer excepciones. Mi dedo índice entra sin problemas a su cueva. El dedo medio necesita un poco más de trabajo, pero una vez dentro, un pequeño grito se escapa de los labios de mi amada.

-¿Qué me estas haciendo, niño sucio?- dice mientras me empuja contra el escusado y baja mis pantalones. Mi amiguito sale disparado como un proyectil de mis calzoncillos. La mujer, como una poseída, mete mi miembro a su boca e inicia un constante subir y bajar. Siento su lengua chupando mi falo. Sus manos recorren mis testículos, en un masaje que me produce un gemido. Bajo mis manos por su cuello y toco sus senos por encima de su vestido. Saco uno por el cuello del vestido y lo jugueteo con mi mano derecha. Es la teta más hermosa que he visto en mi vida. Perfectamente redonda, una copa C, mas que seguro, rematado en un pezón de color rosa. Pellizco ese deleite de obra de arte y ella apresura sus lamidas. Para ser honesto, soy un hombre que puede aguantar el tiempo que sea necesario. Pero esta dama sabe lo que hace.

Echo mi espalda y cabeza hacia atrás con un grito de placer que seguro escucharon mis amigos sobre la música en la pista de baile. Exploto en su boca, pero ella sigue lamiendo como si le fuese la vida en ello. MI miembro desaparece entre sus labios en una última engullida que la ayuda a pasar a todos los frutos de mi corrida. Me pongo de pie a la velocidad de un rayo y le saco el vestido por la cabeza. Bajo mis pantalones y prosigo a cargar a la dama de las piernas y ponerla contra la pared. Ella me guía a sus adentros y de un solo golpe, metemos todo.

Este sería, sin duda, otro gran recuerdo que se proyectará en el cine del día de mi muerte.

Su cueva es un refugio apretado para mi miembro, apretada y húmeda. Ella gime mientras la subo y la bajo con mis brazos. Sus labios se fusionan con los míos una vez mas y sus manos se tuercen contra la pared, como si buscaran una salida oculta que la aleje de mi. La pego más a mi cuerpo, y embisto cada vez con más fuerza. El sonido del impacto suena como los tambores de alguna marcha de guerra que ya ha sido olvidada. Rítmicos, constantes, fuertes. Ella grita cada vez más. Con cada embestida, siento mis brazos más entumidos. Eventualmente tengo que bajarla. Ella continua con sus besos y la empujo contra el retrete. La volteo, de tal manera que su trasero queda viendo hacia mí y empujo suavemente su espalda para que pueda recargar los brazos contra la pared. Sus enormes masas quedan completamente a mi merced. Me pongo en cuclillas, y muerdo una. Empiezo a besar sus glúteos mientras mi mano derecha juguetea en la entrada de su cueva. Escucho sus gemidos, que no hacen más que aumentar mi deseo de estar dentro de ella. Me pongo en pie, y poco a poco, voy metiendo a mi amigo. Al inicio doy embestidas lentas, suaves, pero con cada embestida, sus gemidos se hacen más fuertes y así igual mis embestidas. Una nalgada le saca un grito que es música a mis oídos. La tomo fuerte de la cintura y acelero el paso. Cuando estas no son suficiente para mantenerme el paso, Prosigo a tomar su cabellera. Veo como su cabeza se inclina hacia atrás, y un atisbo de sonrisa se asoma en la comisura de sus labios. Un “sí, dame como tú quieras, solo sigue dándome” que no hacen más que avivar mi fuego interno. Sus gemidos se hacen aun mas sonoros, siento una humedad cada vez mas palpable y un grito determina el momento en el que ella termina. Aminoro la fuerza de mis embestidas, en parte para darle un respiro, y también para calmar a mi corazón y mi cansancio, puesto siento sus palpitaciones en mi pecho, al igual que el sudor en mi cabeza y espalda.

-¿quién te dijo que ya he terminado contigo?- me pregunta la mujer mientras se voltea y se avienta contra mí.

Ambos terminamos en el piso, ella encima de mí.

-El día de hoy, mi querido Sam, vas a ser mi corcel- la sonrisa más pícara que nunca he visto se asoma en sus labios- y yo ti jinete.

Ambas piernas suyas me rodean, y de un movimiento, todo mi miembro entra a ella. El movimiento de caderas con el que ella empieza, es más de lo que puedo soportar. Ella seguro ve mi cara de placer, y prosigue a alzarse levemente con los cuádriceps y dejarse caer. Sus tetas hacen el movimiento con ellas. Alzo mis manos y las libero de la prisión de encaje en la que se encontraban, y las masajeo como si de pulir un carro se tratase. Ella echa su cuerpo para atrás, de tal manera que ahora mi miembro roza su punto G, el más bello de los puntos. Sus sentones e hacen cada vez mas fuertes y a su vez ruidosos. Sus cara cambia de picaría y diversión a placer y estoy seguro que la mía igual. Nuestras respiraciones se aceleran juntas. Mis manos bajan de su cómodo lugar que tenían en sus pechos para posarse en su cintura, todo con el fin de darle mas fuerza a sus embestidas. El momento está próximo, tanto el de ella como el mío. Con toda la fuerza de mi abdomen, me doblo hacia ella, de tal manera que junto nuestros pechos y de igual manera nuestros cuerpos en un solo, bello, sudoroso, jadeante y apasionado elemento. Ella sigue subiendo y bajando. Bajo una mano de sus pechos a su trasero y lo masajeo. Sus gemidos se hacen más fuertes. Los míos igual. Siento el calor que conlleva la corrida subiendo por mi glande.

-Niña, para, estoy por terminar y no tenemos condón.- Hace caso omiso de comentario y en vez de disminuir el paso, no hace más que ponerle más empeño a los sentones.

-Niña, lo digo en serio, espera, espera, espera- le repito en tono rogón- espera, por favor, ESPERA…

Mi grito se alarga y se fusiona con el suyo. Un canto que los ángeles nos dieron para estar un poco más cerca de la perfección. Siento como mi leche sale de mi glande y la llena a ella. Después de lo que se siente como un momento de eterno placer, ella se quita de encima. Se pone frente a mí, mientras un dedo suyo baja a su rajita y recoge una gota de líquido que iba hacia el suelo. Lentamente lo lleva a su boca y lo lame como si no hubiese manjar más delicioso.

-¿Y ahora que hacemos, cochino?- me dice con una sonrisa diabólica- estoy en la pastilla tontito, no hay problema. ¿Qué hubieras hecho si no?

-Posiblemente te hubiera tomado, y te hubiera hecho mía un par de veces más- digo, mintiendo, en realidad, posiblemente me hubiese puesto a llorar.

Su risa hace eco entre las paredes del cubículo.

-No creo que necesitemos un bebé para que sigas haciendo eso. Ven, vamos afuera, la noche aun es joven.

Se pone su sostén y su vestido mientras yo subo mis pantalones y busco mi playera, que no recuero haberme quitado. Y así salimos del cubículo como llegamos, ella delante de mí guiándome con su mano.

Me detengo un segundo y miro atrás, al baño que fue testigo de mi debilidad, y creo que no vaya a ser el único lugar que vea como me vuelvo loco por esta jovencita en un tiempo.

-Tenemos todo un año por delante, Sam, mi plan es dejarte completamente seco, que esto-dice mientras toca mi inerte miembro- sea solo mío.

En ese momento llega mi novia a mi cabeza. ¿Qué carajos voy a hacer?

Vaya que la vida si es injusta.