Disfrutando con mi vecino goloso y caliente. Una experiencia que no olvidaré jamás

-¿De qué tiene miedo vecina?- dijo mirándome pícaro. Solté unas de mis típicas risas nerviosas, la malicia en su voz tenía una reacción exagerada en mi entrepierna.-De nada vecino, nada pasará que yo no quiera- apunté rozando el borde mi coraje. Tomé un sorbo de vino distrayéndome de pronto con un grupo al lado nuestro. El ruido de mesas y sillas descorriéndose cortaron la tensión que se estaba creando.

-¿Qué opina del reguetón, vecino?- pregunté distraídamente, queriendo retomar el hilo en algo.

-¿Hablaremos de música?- contra preguntó recostándose en el respaldo. Bebió un buen trago de su copa. No dije nada esperando a que respondiera. Sus ojos risueños en alcohol; juguetones, me miraron incesantemente. El tinto sin duda me ponía más osada, porque me crucé de piernas flexionando el brazo para apoyar la sien en mi palma, esperando aun. Hizo un movimiento leve con su boca enseñándome la pelota del aro en su boca y literalmente se me erizaron los pezones. Quise tragar saliva pero eso sería muy obvio, sólo me quedó dibujar una leve sonrisa en mi rostro. Intenté colgarme de cualquier cosa a mi alrededor pero el vecino se acercó bruscamente junto con la silla.

-No tengo problema con eso, sé que es una mierda.

-¿Qué es “no tener problema”?

-No me molesta.

-Ah-. Dije queriendo más vino pero a mi copa le quedaba casi nada y la botella iba por las mismas. No estaba segura de querer seguir bebiendo, también tenía que bajar de mi cabeza, sentía mi rostro ardiendo. De pronto recordé que llevaba un caño conmigo. Una satisfacción me caló hondo. Me gustaba mezclar alcohol con unas quemadas de marihuana.

-¿Podemos salir?

-¿Dónde quiere ir vecina?

Me reí.

-Afuera vecino, tengo un pito. ¿No quiere fumar conmigo?- pregunté tiernamente, creyendo que él estaba endureciéndose.

-No lo sé vecina, mañana tengo que trabajar- dijo serio de pronto. No sé por qué solté una carcajada tan fuerte. ¿Cuál era la necesidad de hacer eso? Sé a lo que íbamos esa noche, sólo quería jugar un rato, ¿no? calentarme de verdad, calentarlo, y eso haría.

-No sea miserable vecino- solté sin perder el buen humor. Él captó mi tono y rio también. Tomó lo que le quedaba instándome a que bebiera mi restante. Nos sirvió el resto que nos quedaba, lo que nos alcanzó a cubrir algo más arriba de la mitad de la copa.

-Si usted quiere que fume, usted debe tomar.

-Pero claro vecino. Tomémonos esto, salimos a fumar y entramos nuevamente por otra botellita.

No podía creer que la perspectiva del caño me alegrara tanto, pero lo hizo, incluso el vecinito lo notó, sin embargo no dijo nada. Al salir corría viento, por suerte había traído conmigo el abrigo. Aún era temprano, alrededor de las nueve y media. Noté a mi amigo algo distraído con el tráfico de personas que nos pasaban. Muchas de ellas se fijaban en nosotros, dejándome con la sensación de que sabían cómo acabaría este encuentro. El vecino no se dignó a decir palabra los momentos previos a que encendiera el pito. En cuanto le di una calada lo ignoré por completo, fuera como fuera pasaría un buen rato, si esto terminaba ahí o no, yo ya saqué un buen vino, un pito y horas de entretención junto a un hombre que me excitaba. La construcción de ese pensamiento reconfortante me hizo darle una profunda bocanada al caño que me llegó hasta el pecho. Inmediatamente sentí cómo se me subía a la cabeza cambiando la disposición de mi ánimo.

El bar estaba justamente en una intersección con semáforo, por lo que no había reparado en un hombre que me miraba mientras fumaba con tanto ahínco entre la multitud plantada en la esquina a unos metros de nosotros. Era bastante guapo, de unos treinta años. Iba vestido formalmente, incluso vi, llevaba guantes. Lo más chistoso era que quise devolverle la mirada percibiendo mis ojos achinarse casi al instante. Él se quedó ahí divertido hasta que le dio el verde, dando la vuelta sin más. Todo fue algo de segundos. Cuando volteé para convidarle pito al vecino, él ya me miraba de una forma muy extraña. Me sentí intimidada por un breve instante ante la postura “seria” que de pronto había cogido mi acompañante. Le estiré el caño tosiendo levemente. Las calles lucían hermosas, atractivas con el leve reflejo de las luces en el suelo húmedo.

-¿En qué piensa vecina?- preguntó sacándome de mi embotamiento.

-En las calles.-Respondí guardándome las manos en los bolsillos.

-Uff, vecina. Creo que perdí completamente su atención.- Reí porque era cierto. Algo de gracia me causa la franqueza. Él pegó unas quemadas cortitas seguidas y me lo devolvió aguantando la respiración.

-Nada de eso vecino,- repliqué tornándome ladina de pronto- sólo estoy algo volada.

-No me refiero sólo ahora. -Me atreví a observarlo mientras me llevaba el caño a la boca.

No podía saber si estaba siendo serio o no. Me sentí decepcionada de su pobre actitud y no esperé para hacérselo saber:- Vecino, ¿usted qué espera de mi? ¿Quiere que le toque la pierna mientras estamos sentados? ¿Qué le diga cuanto me calienta ver cómo se asoma su aro por la boca al hablar?- me acerqué a él desenvuelta y sincera-¿Quiere que le hable sucio y me lo lleve al baño? ¿Sexo oral exprés, vecino?- Sin darme cuenta me moví hasta estar a escasos centímetros de él. Sus ojos se oscurecieron sin perder lo risueño.

-Me encantaría, vecina- respondió claramente entretenido por mi breve arranque de molestia.

-Me incomoda que trates de empujarme hacia allá-. Agregué sin estar satisfecha con lo dicho anteriormente.

-Uy, me tuteó vecina.- Bromeó. Puse los ojos en blanco dando una quemada.- No se enoje- prosiguió cambiando el tono de su voz, ése que me derretía. Alcanzó mi cintura atrayéndome hacia él, quitándome el pito.

-Se puso atrevido vecino.

-Usted es quién me vuelve así.- Solté una risita junto a él, intentando estirarme algo hacia atrás, su boca estaba demasiado cerca. Quise meterle la lengua.

-¿Intenta acorralarme?

-Un poco, ¿funciona?

-No mucho- mentí desenmascarándome al reírme tras decirlo.- Quiero mucho besarlo, vecino.- Confesé, sintiendo a tientas la química que teníamos por teléfono.

-¿Por qué no lo hace?

-No lo sé-respondí sincera. El pito me tenía la cabeza a la mierda y aquello trajo consigo un leve resquicio de embriaguez. Pasé mis brazos por su cuello mientras él instintivamente ciñó aún más su brazo. Besé su mejilla con todo lo que mis labios daban, queriendo traspasarle algo de humedad, como la que ya tenía mojándome las medias. Iba a alejarme pero él no lo permitió queriendo que nos quedáramos un par de segundos.

-Vecina-suspiró de pronto. Literal que sentí mis entrañas retorcerse al oírlo. Este hombre ejercía un terrible poder sobre mí. Acunó su cabeza en el hueco de mi cuello olisqueando mi aroma. Se separó diciendo “entremos”, tomando de mi mano para ingresar al bar.

Nos sentamos en el mismo lugar gracias al amable camarero que nos resguardó la mesa a pesar de todo el público que ya había ingresado mientras nosotros estábamos fuera. Pedimos una segunda botella tal cual lo habíamos dicho. Los chicos que habían unido mesas hace un rato seguían ahí, observándonos directamente a la cara, era obvio que el pito nos había destruido el rostro. Aun así sus miradas me parecieron impertinentes, sobre todo la de un muchacho en particular. El vecino esta vez se sentó a mi lado sin importarle el tremendo espacio vacío que quedaba en la mesa. Me gustó ese gesto, además deseaba mucho tocarlo. Ya había probado su contacto, no quería terminarlo. Él parecía albergar el mismo sentimiento, pues sus manos se movían por mi espalda, mi nuca o simplemente alcanzaban las mías que parecían demasiado pequeñas entre las suyas.

-Estás mus helada- exclamó atrapando mis dedos.

-Siempre he sido friolenta.-Le quité mis manos porque su prolongado toque me estaba parando los vellos. Me las llevé a la boca tratando de darles calor con mi aliento.

-Qué más es, vecina- consultó sin dejar de mirarme.

-Soy escurridiza- dije siguiéndole el juego.

-Me he dado cuenta- reímos.

-Impulsiva.

-Eso no lo he visto.

-¿Quiere ver lo impulsiva que puedo llegar a ser?

-Creo que pagaría por…- pero no lo dejé terminar. No había movido los ojos de su boca en todo este tiempo y ver cómo aquella lengua se batía enseñando presumidamente la esfera negra prendada a ella me dio todo el impulso que necesitaba para besarlo. Pasé una de mis manos por su cuello atrayéndolo a mí y en cuanto hube tocado sus labios le metí la lengua buscando la suya. Mi vecino me respondió en el acto, apretando nuestras bocas entre sí sin dejarme escapar.

La voz del camarero anunciándose con la nueva botella hizo que nos separáramos. Le dejamos espacio para que procediera a servirnos mientras el vecino insistía en mirarme por entre los antebrazos del garzón. Estaba apoyado en su respaldo mordisqueándose el índice. Un calor increíble se avivó en mí, necesité sacarme el abrigo que había utilizado para salir en cuanto el agradable señor terminó de servirnos en nuestras copas.

-Me gusta su vestido- dijo tirando la tela negra desde el pliegue.

-Para usted, vecino- aclaré acomodando mi abrigo en la silla.

-Me gusta mucho que sea para mi vecina- susurró sensualmente al sentarme a su lado. Ahora fue él quien me besó, más tiernamente de lo que lo hice yo.- Salud.- Dijo levantando su copa. Lo mismo hice sin poder despegar mis ojos de él.

-No es su única sugerencia adoptada, vecino.- Comenté bajando el volumen de mi voz, creyendo que los demás captaban el doble sentido de mis palabras.

-¿Sí? ¿Qué otras sugerencias?- Preguntó coqueto y divertido.

-Sólo esta media me cubre debajo.- Le sonreí lascivamente cruzándome de piernas, intentando dentro de todo que nada se me viera.

-No diga esas cosas vecina-. Me advirtió grave de pronto. Cogió una de mis manos que descansaba en mi rodilla tirándome levemente hacia él. Me gustaban sus besos casi románticos. Agrego el casi porque no sé si hay cariño en ellos o mero disfrute. Como sea, eran suaves y cadenciosos, dulces de vino.

-Me gusta tu aro- comenté tocándole la argolla que le colgaba del lóbulo.

-Y a mí tu cara de niña.

-¿Tengo cara de niña?- repetí riendo, subiendo el tono de mi voz sin quererlo.

-Casi inocente.

-Y yo que creí estar seduciéndolo- me reí de mi misma dándole un sorbo a mi licor.

-Lo hace vecina, todo en usted lo hace.- Concluyó con tal solemnidad que no supe si mi tendencia de tirar todo a la broma sería aceptable.

-Por favor, vecino- pedí, sintiéndome cada vez con más confianza – no se torne serio, me deja sin más opción que solidarizar en el sentimiento y no quiero serlo.- Soltó una risa.

-¿Por qué no?- Preguntó ladeando la cabeza.

-Sólo…-comencé a decir con un tropel de ideas que podían responder a esa pregunta, pero eso sería tornarse seria-…mejor no.- Me arrepentí.-Explicarle eso vecino sería entrar en mi enrevesado hilo de…pensamientos.- Finalicé, volviendo a beber, volviendo a sentirme por las nubes.

-Pero vecina,-habló en un tono calmo- tengo toda una botella para oírla, no me prive de su mente.-A veces me sentía como un animal acorralado junto a él. El vecino algo percibía de mi naturaleza atolondrada e impetuosa, cierta intención había en la inflexión de su voz. Como sea, me quedé mirándolo, dándome tiempo para resumir de la mejor manera lo que quería decir sin que me trastabillara la lengua.

-Porque tengo una vida completa para ser seria vecino. Pienso que existen pocos momentos en los cuáles se puede disfrutar sin consecuencias, y creo que éste es uno de esos. Nuestro pequeño paréntesis a fin de cuentas, vecino.- Finalicé con la boca seca. Necesitaba otro trago urgentemente. Bebí mojándome los labios, los tenía totalmente partidos.

-Un pequeño paréntesis de real satisfacción en medio de toda la frustración de la vida, ¿no vecina?

-Claro.- Me encogí de hombros como si fuera obvio. Él rió alegre de verdad, o eso percibí. Volvió a besarme con más premura esta vez.

-Me calienta que hable con elocuencia vecina.- Dijo al soltarnos, muy cerca de mi boca. Sonreí volviendo a besarlo pero con mayor calma, me estaba gustando darme mi tiempo para saborear al vecino.

-Estoy en las nubes.- Declaré sincera.

-¿Mucho licor?

-Mucho de todo, incluso de usted.

-Entonces pararemos las manos del alcohol y el pito, pero no de mi, vecina-reí-, ¿está nerviosa?

-Expectante.

-Expectante- repitió alzando la barbilla, echándose hacia atrás. Agradecí que se alejara, estaba flotando textualmente. Iba a llevarme la copa a la boca pero él lo impidió.- No vecina, la quiero lúcida, no quiero que se pierda.

-Tengo la boca seca.

-Pidamos unas copas de agua.

-¿Ya me ordena lo que tengo que hacer, vecino?- Él soltó una carcajada gutural muy hermosa, me sentí enamorada.

-Queda en usted obedecerme- me desafió mirándome directamente a los ojos. Le sonreí abiertamente totalmente seducida. Llevé la mano a mi cabello despeinándomelo, aprovechando de mirar alrededor. Tenía la sensación de que ciertas personas se fijaban en nosotros, quizás era el alcohol o hablábamos muy alto. Justamente el camarero se acercó a una mesa próxima. Llamé su atención pidiendo dos vasos de agua. Me volví hacia el vecino que me contemplaba divertido, satisfecho diría también.

-Borre esa sonrisa vecino, su sugerencia es lógicamente aceptada.- Él volvió a reír abiertamente divertido.

-Tome toda el agua que quiera, la quiero conmigo.

-Pide demasiado.

-¿Así?

-Sí.

-¿Por qué?

-Porque me ha hecho esperar demasiado- dije esto moviendo el posavasos, hablando inconscientemente por breves segundos.

-¿De verdad lo crees?

-Sí. No sé muy bien la verdad por qué lo hizo, claramente me mantuvo enganchada y usted lo sabía. También yo lo permití, ¿no? mi interés era claro- seguí distraída por la maderilla entre mis dedos. Él me la quitó suavemente atrayendo mi atención. Su semblante había cambiado, no supe descifrarlo.

-Lo sé vecina, pero era necesario.- Quise preguntarle por qué, pero no quería darle la impresión de que me importaba, tampoco a mí.

Nos trajeron los vasos mientras momentáneamente evoqué sin quererlo esos días enteros hablando por whatsapp, y antes de eso, por el chat. Las veces en que me sinceré sobre unos sentimientos prematuros sintiéndome rechazad-¿De qué tiene miedo vecina?- dijo mirándome pícaro. Solté unas de mis típicas risas nerviosas, la malicia en su voz tenía una reacción exagerada en mi entrepierna.

-De nada vecino, nada pasará que yo no quiera- apunté rozando el borde mi coraje. Tomé un sorbo de vino distrayéndome de pronto con un grupo al lado nuestro. El ruido de mesas y sillas descorriéndose cortaron la tensión que se estaba creando.

-¿Qué opina del reguetón, vecino?- pregunté distraídamente, queriendo retomar el hilo en algo.

-¿Hablaremos de música?- contra preguntó recostándose en el respaldo. Bebió un buen trago de su copa. No dije nada esperando a que respondiera. Sus ojos risueños en alcohol; juguetones, me miraron incesantemente. El tinto sin duda me ponía más osada, porque me crucé de piernas flexionando el brazo para apoyar la sien en mi palma, esperando aun.

Hizo un movimiento leve con su boca enseñándome la pelota del aro en su boca y literalmente se me erizaron los pezones. Quise tragar saliva pero eso sería muy obvio, sólo me quedó dibujar una leve sonrisa en mi rostro. Intenté colgarme de cualquier cosa a mi alrededor pero el vecino se acercó bruscamente junto con la silla.

-No tengo problema con eso, sé que es una mierda.

-¿Qué es “no tener problema”?

-No me molesta.

-Ah-. Dije queriendo más vino pero a mi copa le quedaba casi nada y la botella iba por las mismas. No estaba segura de querer seguir bebiendo, también tenía que bajar de mi cabeza, sentía mi rostro ardiendo. De pronto recordé que llevaba un caño conmigo. Una satisfacción me caló hondo. Me gustaba mezclar alcohol con unas quemadas de marihuana.

-¿Podemos salir?

-¿Dónde quiere ir vecina?

Me reí.

-Afuera vecino, tengo un pito. ¿No quiere fumar conmigo?- pregunté tiernamente, creyendo que él estaba endureciéndose.

-No lo sé vecina, mañana tengo que trabajar- dijo serio de pronto. No sé por qué solté una carcajada tan fuerte. ¿Cuál era la necesidad de hacer eso? Sé a lo que íbamos esa noche, sólo quería jugar un rato, ¿no? calentarme de verdad, calentarlo, y eso haría.

-No sea miserable vecino- solté sin perder el buen humor. Él captó mi tono y rio también. Tomó lo que le quedaba instándome a que bebiera mi restante. Nos sirvió el resto que nos quedaba, lo que nos alcanzó a cubrir algo más arriba de la mitad de la copa.

-Si usted quiere que fume, usted debe tomar.

-Pero claro vecino. Tomémonos esto, salimos a fumar y entramos nuevamente por otra botellita.

No podía creer que la perspectiva del caño me alegrara tanto, pero lo hizo, incluso el vecinito lo notó, sin embargo no dijo nada. Al salir corría viento, por suerte había traído conmigo el abrigo. Aún era temprano, alrededor de las nueve y media. Noté a mi amigo algo distraído con el tráfico de personas que nos pasaban. Muchas de ellas se fijaban en nosotros, dejándome con la sensación de que sabían cómo acabaría este encuentro. El vecino no se dignó a decir palabra los momentos previos a que encendiera el pito. En cuanto le di una calada lo ignoré por completo, fuera como fuera pasaría un buen rato, si esto terminaba ahí o no, yo ya saqué un buen vino, un pito y horas de entretención junto a un hombre que me excitaba. La construcción de ese pensamiento reconfortante me hizo darle una profunda bocanada al caño que me llegó hasta el pecho. Inmediatamente sentí cómo se me subía a la cabeza cambiando la disposición de mi ánimo.

El bar estaba justamente en una intersección con semáforo, por lo que no había reparado en un hombre que me miraba mientras fumaba con tanto ahínco entre la multitud plantada en la esquina a unos metros de nosotros. Era bastante guapo, de unos treinta años. Iba vestido formalmente, incluso vi, llevaba guantes. Lo más chistoso era que quise devolverle la mirada percibiendo mis ojos achinarse casi al instante. Él se quedó ahí divertido hasta que le dio el verde, dando la vuelta sin más. Todo fue algo de segundos. Cuando volteé para convidarle pito al vecino, él ya me miraba de una forma muy extraña. Me sentí intimidada por un breve instante ante la postura “seria” que de pronto había cogido mi acompañante. Le estiré el caño tosiendo levemente. Las calles lucían hermosas, atractivas con el leve reflejo de las luces en el suelo húmedo.

-¿En qué piensa vecina?- preguntó sacándome de mi embotamiento.

-En las calles.-Respondí guardándome las manos en los bolsillos.

-Uff, vecina. Creo que perdí completamente su atención.- Reí porque era cierto. Algo de gracia me causa la franqueza. Él pegó unas quemadas cortitas seguidas y me lo devolvió aguantando la respiración.

-Nada de eso vecino,- repliqué tornándome ladina de pronto- sólo estoy algo volada.

-No me refiero sólo ahora. -Me atreví a observarlo mientras me llevaba el caño a la boca.

No podía saber si estaba siendo serio o no. Me sentí decepcionada de su pobre actitud y no esperé para hacérselo saber:- Vecino, ¿usted qué espera de mi? ¿Quiere que le toque la pierna mientras estamos sentados? ¿Qué le diga cuanto me calienta ver cómo se asoma su aro por la boca al hablar?- me acerqué a él desenvuelta y sincera-¿Quiere que le hable sucio y me lo lleve al baño? ¿Sexo oral exprés, vecino?- Sin darme cuenta me moví hasta estar a escasos centímetros de él. Sus ojos se oscurecieron sin perder lo risueño.

-Me encantaría, vecina- respondió claramente entretenido por mi breve arranque de molestia.

-Me incomoda que trates de empujarme hacia allá-. Agregué sin estar satisfecha con lo dicho anteriormente.

-Uy, me tuteó vecina.- Bromeó. Puse los ojos en blanco dando una quemada.- No se enoje- prosiguió cambiando el tono de su voz, ése que me derretía. Alcanzó mi cintura atrayéndome hacia él, quitándome el pito.

-Se puso atrevido vecino.

-Usted es quién me vuelve así.- Solté una risita junto a él, intentando estirarme algo hacia atrás, su boca estaba demasiado cerca. Quise meterle la lengua.

-¿Intenta acorralarme?

-Un poco, ¿funciona?

-No mucho- mentí desenmascarándome al reírme tras decirlo.- Quiero mucho besarlo, vecino.- Confesé, sintiendo a tientas la química que teníamos por teléfono.

-¿Por qué no lo hace?

-No lo sé-respondí sincera. El pito me tenía la cabeza a la mierda y aquello trajo consigo un leve resquicio de embriaguez. Pasé mis brazos por su cuello mientras él instintivamente ciñó aún más su brazo. Besé su mejilla con todo lo que mis labios daban, queriendo traspasarle algo de humedad, como la que ya tenía mojándome las medias. Iba a alejarme pero él no lo permitió queriendo que nos quedáramos un par de segundos.

-Vecina-suspiró de pronto. Literal que sentí mis entrañas retorcerse al oírlo. Este hombre ejercía un terrible poder sobre mí. Acunó su cabeza en el hueco de mi cuello olisqueando mi aroma. Se separó diciendo “entremos”, tomando de mi mano para ingresar al bar. Nos sentamos en el mismo lugar gracias al amable camarero que nos resguardó la mesa a pesar de todo el público que ya había ingresado mientras nosotros estábamos fuera. Pedimos una segunda botella tal cual lo habíamos dicho. Los chicos que habían unido mesas hace un rato seguían ahí, observándonos directamente a la cara, era obvio que el pito nos había destruido el rostro. Aun así sus miradas me parecieron impertinentes, sobre todo la de un muchacho en particular. El vecino esta vez se sentó a mi lado sin importarle el tremendo espacio vacío que quedaba en la mesa. Me gustó ese gesto, además deseaba mucho tocarlo. Ya había probado su contacto, no quería terminarlo. Él parecía albergar el mismo sentimiento, pues sus manos se movían por mi espalda, mi nuca o simplemente alcanzaban las mías que parecían demasiado pequeñas entre las suyas.

-Estás mus helada- exclamó atrapando mis dedos.

-Siempre he sido friolenta.-Le quité mis manos porque su prolongado toque me estaba parando los vellos. Me las llevé a la boca tratando de darles calor con mi aliento.

-Qué más es, vecina- consultó sin dejar de mirarme.

-Soy escurridiza- dije siguiéndole el juego.

-Me he dado cuenta- reímos.

-Impulsiva.

-Eso no lo he visto.

-¿Quiere ver lo impulsiva que puedo llegar a ser?

-Creo que pagaría por…- pero no lo dejé terminar. No había movido los ojos de su boca en todo este tiempo y ver cómo aquella lengua se batía enseñando presumidamente la esfera negra prendada a ella me dio todo el impulso que necesitaba para besarlo. Pasé una de mis manos por su cuello atrayéndolo a mí y en cuanto hube tocado sus labios le metí la lengua buscando la suya. Mi vecino me respondió en el acto, apretando nuestras bocas entre sí sin dejarme escapar.

La voz del camarero anunciándose con la nueva botella hizo que nos separáramos. Le dejamos espacio para que procediera a servirnos mientras el vecino insistía en mirarme por entre los antebrazos del garzón. Estaba apoyado en su respaldo mordisqueándose el índice. Un calor increíble se avivó en mí, necesité sacarme el abrigo que había utilizado para salir en cuanto el agradable señor terminó de servirnos en nuestras copas.

-Me gusta su vestido- dijo tirando la tela negra desde el pliegue.

-Para usted, vecino- aclaré acomodando mi abrigo en la silla.

-Me gusta mucho que sea para mi vecina- susurró sensualmente al sentarme a su lado. Ahora fue él quien me besó, más tiernamente de lo que lo hice yo.- Salud.- Dijo levantando su copa. Lo mismo hice sin poder despegar mis ojos de él.

-No es su única sugerencia adoptada, vecino.- Comenté bajando el volumen de mi voz, creyendo que los demás captaban el doble sentido de mis palabras.

-¿Sí? ¿Qué otras sugerencias?- Preguntó coqueto y divertido.

-Sólo esta media me cubre debajo.- Le sonreí lascivamente cruzándome de piernas, intentando dentro de todo que nada se me viera.

-No diga esas cosas vecina-. Me advirtió grave de pronto. Cogió una de mis manos que descansaba en mi rodilla tirándome levemente hacia él. Me gustaban sus besos casi románticos. Agrego el casi porque no sé si hay cariño en ellos o mero disfrute. Como sea, eran suaves y cadenciosos, dulces de vino.

-Me gusta tu aro- comenté tocándole la argolla que le colgaba del lóbulo.

-Y a mí tu cara de niña.

-¿Tengo cara de niña?- repetí riendo, subiendo el tono de mi voz sin quererlo.

-Casi inocente.

-Y yo que creí estar seduciéndolo- me reí de mi misma dándole un sorbo a mi licor.

-Lo hace vecina, todo en usted lo hace.- Concluyó con tal solemnidad que no supe si mi tendencia de tirar todo a la broma sería aceptable.

-Por favor, vecino- pedí, sintiéndome cada vez con más confianza – no se torne serio, me deja sin más opción que solidarizar en el sentimiento y no quiero serlo.- Soltó una risa.

-¿Por qué no?- Preguntó ladeando la cabeza.

-Sólo…-comencé a decir con un tropel de ideas que podían responder a esa pregunta, pero eso sería tornarse seria-…mejor no.- Me arrepentí.-Explicarle eso vecino sería entrar en mi enrevesado hilo de…pensamientos.- Finalicé, volviendo a beber, volviendo a sentirme por las nubes.

-Pero vecina,-habló en un tono calmo- tengo toda una botella para oírla, no me prive de su mente.-A veces me sentía como un animal acorralado junto a él. El vecino algo percibía de mi naturaleza atolondrada e impetuosa, cierta intención había en la inflexión de su voz. Como sea, me quedé mirándolo, dándome tiempo para resumir de la mejor manera lo que quería decir sin que me trastabillara la lengua.

-Porque tengo una vida completa para ser seria vecino. Pienso que existen pocos momentos en los cuáles se puede disfrutar sin consecuencias, y creo que éste es uno de esos. Nuestro pequeño paréntesis a fin de cuentas, vecino.- Finalicé con la boca seca. Necesitaba otro trago urgentemente. Bebí mojándome los labios, los tenía totalmente partidos.

-Un pequeño paréntesis de real satisfacción en medio de toda la frustración de la vida, ¿no vecina?

-Claro.- Me encogí de hombros como si fuera obvio. Él rió alegre de verdad, o eso percibí. Volvió a besarme con más premura esta vez.

-Me calienta que hable con elocuencia vecina.- Dijo al soltarnos, muy cerca de mi boca. Sonreí volviendo a besarlo pero con mayor calma, me estaba gustando darme mi tiempo para saborear al vecino.

-Estoy en las nubes.- Declaré sincera.

-¿Mucho licor?

-Mucho de todo, incluso de usted.

-Entonces pararemos las manos del alcohol y el pito, pero no de mi, vecina-reí-, ¿está nerviosa?

-Expectante.

-Expectante- repitió alzando la barbilla, echándose hacia atrás. Agradecí que se alejara, estaba flotando textualmente. Iba a llevarme la copa a la boca pero él lo impidió.- No vecina, la quiero lúcida, no quiero que se pierda.

-Tengo la boca seca.

-Pidamos unas copas de agua.

-¿Ya me ordena lo que tengo que hacer, vecino?- Él soltó una carcajada gutural muy hermosa, me sentí enamorada.

-Queda en usted obedecerme- me desafió mirándome directamente a los ojos. Le sonreí abiertamente totalmente seducida. Llevé la mano a mi cabello despeinándomelo, aprovechando de mirar alrededor. Tenía la sensación de que ciertas personas se fijaban en nosotros, quizás era el alcohol o hablábamos muy alto. Justamente el camarero se acercó a una mesa próxima. Llamé su atención pidiendo dos vasos de agua. Me volví hacia el vecino que me contemplaba divertido, satisfecho diría también.

-Borre esa sonrisa vecino, su sugerencia es lógicamente aceptada.- Él volvió a reír abiertamente divertido.

-Tome toda el agua que quiera, la quiero conmigo.

-Pide demasiado.

-¿Así?

-Sí.

-¿Por qué?

-Porque me ha hecho esperar demasiado- dije esto moviendo el posavasos, hablando inconscientemente por breves segundos.

-¿De verdad lo crees?

-Sí. No sé muy bien la verdad por qué lo hizo, claramente me mantuvo enganchada y usted lo sabía. También yo lo permití, ¿no? mi interés era claro- seguí distraída por la maderilla entre mis dedos. Él me la quitó suavemente atrayendo mi atención. Su semblante había cambiado, no supe descifrarlo.

-Lo sé vecina, pero era necesario.- Quise preguntarle por qué, pero no quería darle la impresión de que me importaba, tampoco a mí.

Nos trajeron los vasos mientras momentáneamente evoqué sin quererlo esos días enteros hablando por whatsapp, y antes de eso, por el chat. Las veces en que me sinceré sobre unos sentimientos prematuros sintiéndome rechaza a en el mundo virtual, y ahora tenía al provocador de tales intangibles pesares al frente mío. Oh, las veces en que deseé tanto tocarlo, besarlo. Esa frustración que se acrecienta al no obtener lo que se quiere, aunque lo mío a veces se recogía hasta el punto de sólo querer conocerlo, y él lo evitaba, ¿por qué? si decía expresar lo mismo que yo.

De pronto me siento angustiada. Levanto la vista encontrándome con el vecino observándome, intuyendo creo lo que pasa por mi cabeza. Le sonrío intentando alejar realmente esas torcidas memorias, ahora estaba en la realidad. Aun así vino el sentimiento de querer escapar, y fue tan apremiante e incesante que salté espontáneamente de la silla como un resorte. El vecino dio un pequeño espasmo hacia atrás que me resultó muy gracioso, lo que ayudó, creo, a quitarle hierro a mi expresión. Quise estar a solas por breves segundos.

-¿Qué hace, vecina?

-Necesito ir al baño.- Sus ojos se intensificaron.

-No demore, por favor-. Pidió sin despegarse de mis ojos. Oh vecino, por qué me hace esto.

Oriné consultándome a mí misma ¿qué hago aquí? Estaba dejándome ser seducida por un hombre del chat, en un bar, sin estar cien por ciento en mis cabales. Si en este momento pudiera huir lo haría sin pensarlo. Pediría a cualquier mujer que entrara al baño que trajera mi abrigo alegando que olvidé un útil personal y abortaría esta misión sacada de contexto. Quizá estoy entrando en pánico.Me refresco frente al espejo, mirando mi aspecto. Remojo mi frente, la nuca, mis muñecas sintiéndome cada vez más aliviada. Debo sacarme presión, las cosas no están decididas. Al salir doy con el vecino que me espera apoyado en la pared con actitud meditabunda. Me percato que atrae la atención de un grupo de amigas sentadas en un rincón, y es que es muy atractivo. No puedo no contemplar los tatuajes que se asoman por su camiseta blanca contrastando firmemente con su piel marmolea. O su cabello algo largo que logra escaparse por el jockey que ha vuelto a ponerse. ¿Por qué se ha puesto el gorro de nuevo? Ahí caigo en cuenta que lleva mis cosas en su antebrazo.

-¿Todo bien?- pregunto.

-Con usted siempre vecina- responde coqueto- pero creo que este lugar ya no tiene mucho que ofrecernos. ¿Le parece si caminamos por Bellas Artes un rato?- Me consulta a la vez que abre mi abrigo para que pase mis brazos por él.

-Como usted quiera, vecino- accedo de inmediato, aliviada de salir de ahí. Me agrada que esta noche se alargue.

Doy media vuelta hacia él y él me cierra superficialmente el abrigo. Tras una mirada cómplice hace el gesto de que avance mientras él me sigue a la salida. Miro al mozo que está recogiendo nuestra mesa, asiente con la cabeza a modo de despedida, hago lo mismo. Al salir choco con el frío que detiene mi paso. Atrás, el vecino pasa suavemente su mano por mi cintura.

-Vamos, vecina, caminando conmigo no hace frío- resuella junto a mi oído.

Un escalofrío me recorre, sonriéndole. En una actitud precipitada le tomo la mano y él me sigue, obediente.

Vuelvo a sentirme mojada.

Continuará.