Con la amistad de una pareja es como me inicie en ser infiel, está mal pero el placer que siento es tan único

Mi esposo y yo conocemos a Gonzalo y a Sandra desde hace años, y nos hicimos muy cercanos desde que un amigo en común nos presentara, hace ya más de seis años. Gonzalo es cuatro años menor que yo y tiene 35, pero luce 10 años menor. Es bastante alto y se mantiene en perfecta forma.

 

Sandra tiene 32 años, mide cerca de un metro setenta y es delgada y esbelta, además de tener un rostro muy atractivo. Definitivamente, califica como una mujer muy guapa.

 

Yo por mi parte, tampoco estoy nada mal. Mido un metro setenta y tres y tengo el cuerpo y la apariencia muy sexys, soy bastante voluptuosa – a diferencia de Sandra – y mantengo todo en el sitio correcto, gracias a que me mato ejercitándome seis días a la semana en el gimnasio y a que en general, me cuido bastante.

 

Desde hace tiempo, me di cuenta que le gustaba a Gonzalo, es decir, me daba cuenta de sus miradas y de sus atenciones, pero nunca lo alenté ni fui más allá de un flirteo inofensivo. Sinceramente, Gonzalo me gustaba mucho, pero sentía que no debía comprometer la amistad que habíamos cultivado los cuatro. Hasta ahora.

 

Una noche en particular, nos estábamos preparando para encontrarnos con Gonzalo y Sandra, con la intención de ir a un bar a tomar unos tragos. Mientras estaba en el baño, Julián – mi esposo – y yo empezamos a hablar acerca de nuestros amigos y lo cercanos que éramos. De repente, Julián bromeó acerca de cómo a Gonzalo no le molestaría ser todavía más cercano a mí. Volteé a ver a mi esposo completamente desnuda y le dije, “Qué quieres decir con eso.”

Francamente, me sorprendió su comentario. Pero Julián me respondió “Oh, vamos, seguramente te has dado cuenta de cómo te mira cuando Sandra no está. Creo que daría su brazo derecho por follarte.” Dicho esto, se echó a reír, dejándome atónita.

Julián lo dejó allí, pero yo no podía sacármelo de la cabeza. Decidí terminar de alistarme y así despejar un poco mi mente. Me vestí con un vestido negro muy escotado que dejaba a la vista gran parte de mis tetas y que permitía lucirse a mis largas y bien contorneados muslos. Me miré al espejo satisfecha y consideré que estaba “vestida para matar.”

 

Julián y yo llegamos al bar a las 8pm y encontramos a Gonzalo sentado solo en una mesa. Nos contó que Sandra había tenido que ir a cuidar a su madre, que estaba algo enferma, y que todo había ocurrido a última hora. Fue un poco decepcionante, pero de todas formas la noche todavía tenía posibilidades de ser buena.

 

Me di cuenta que mi esposo estaba bastante animado por el alcohol y se mostraba bastante efusivo mientras hablábamos. Gonzalo por su parte, no tardó en empezar con su flirteo y sus comentarios algo subidos de tono. Me sorprendió que Julián no dijera nada, pero después de todo éramos amigos y supongo que no le dio mucha importancia.

 

Después de una hora y media, Julián propuso que tomáramos un taxi y fuéramos a casa. En ese momento, sin pensarlo demasiado, le dije a Gonzalo que en vez de regresar a su casa vacía, pasara la noche con nosotros y se quedara a dormir en el cuarto de invitados. A mi esposo le encantó la propuesta y animó a Gonzalo a que fuera con nosotros. En realidad no tardamos en convencerlo, creo que tenía muchas ganas de acompañarnos. Aunque en ese momento, le vi un brillo en los ojos y una sonrisa que me pusieron algo nerviosa.

 

Llegamos a casa en menos de veinte minutos y Julián trajo tres cervezas del refrigerador. Nos sentamos en la sala a conversar. Gonzalo y yo nos sentamos en el sofá grande y Julián se sentó justo enfrente, en su sofá favorito. Estuvimos bebiendo y hablando de cosas intrascendentes cerca de una hora cuando mi esposo nos dijo que le estaba empezando a doler la cabeza y que le parecía que era el preludio de una migraña. Se disculpó con Gonzalo y nos dijo que tomaría una pastilla y se iría a dormir, porque era la única forma de evitarlo.

 

Gonzalo le dijo que no se preocupara y yo le dije que me quedaría solo un rato más y luego iría a hacerle compañía. Cuando Julián se fue, Gonzalo fue a la cocina y regresó con dos cervezas más. Estuvimos conversando animadamente unos minutos y en seguida comenzó con sus ataques acostumbrados. Esta vez tampoco lo alenté, pero me reía y le respondía coquetamente. Me sentía algo caliente y ansiosa, quizás porque estaba algo achispada por el alcohol o quizás porque recordaba los comentarios de Julián.

 

Seguimos bebiendo y riéndonos y las miradas de Gonzalo eran cada vez más intensas. Al principio me sentía un poco culpable por la situación y pensaba en Sandra, pero poco a poco fui relajándome y dejándome llevar. Sin embargo, llegó el momento en que ya me sentía lo suficientemente mareada y le dije a Gonzalo que por esta noche ya estaba bien y que me marchaba a dormir.

 

Él propuso un último trago antes de terminar la velada. Le dije que primero iba a ver si Julián estaba bien. Fui a la habitación y lo encontré completamente dormido. Lo moví ligeramente y no hubo respuesta. Regresé con Gonzalo y le dije que lo más probable era que Julián no despertara hasta el día siguiente.

 

Me senté junto a Gonzalo y él pareció interpretar mi anuncio como una luz verde, pues de inmediato empezó a acariciar uno de mis muslos con su mano libre. Yo no protesté, sino que seguimos conversando, cada vez de temas más calientes. Estaba operando en modo sexual y me daba cuenta, pero no podía – o no quería – evitarlo. Mi coqueteo era cada vez más descarado, me reía de cada broma que hacía Gonzalo y echaba la cabeza hacía atrás y me esmeraba en mostrarle mis pechos gracias al generoso escote.

 

No pasó mucho rato, hasta que Gonzalo se inclinó hacia mí, con la clara intención de besarme. Nos quedamos en suspenso unos instantes, supongo que Gonzalo pensó que lo rechazaría, pero yo no hice nada para alejarlo. Tal vez lo debí pensar mejor. Tal vez no. El caso es que, al no encontrar rechazo, los labios de Gonzalo pronto se encontraron con los míos. Empezamos a besarnos solo con los labios, pero pronto nos encontrábamos besándonos sensualmente, con las bocas muy abiertas y entrelazando nuestras lenguas. Gonzalo empezó a masajear mis tetas, lo que me hizo gemir de placer. La suerte estaba echada.

 

Pensé en Julián, dormido a unos metros y en Sandra, cuidando de su madre, pero por alguna razón, aquello me excitaba aún más. Empecé a masajear la polla de Gonzalo por encima de sus pantalones y luego le bajé la cremallera con la intención de coger su verga erecta.

 

Dejamos de besarnos y yo me quité el vestido y el sujetador con rapidez. Mis tetas se balancearon al liberarse de su prisión. Antes de que me hubiera dado cuenta, Gonzalo ya tenía su cabeza enterrada en mis pechos, con uno de mis pezones en su boca y masajeando el otro con sus dedos.

 

Lo aparté con suavidad y le dije que se pusiera de pie. Me obedeció con rapidez y empecé a quitarle los pantalones, que cayeron al suelo junto con su ropa interior. Le cogí la polla al tiempo que el terminaba de deshacerse de su ropa y yo empecé a masturbarlo lentamente. Gonzalo gimió de placer mientras yo recorría con mis manos su verga completamente erecta. Me quedé sorprendida por el tamaño, debía medir alrededor de 25 centímetros y también era muy gorda. Sonreí al pensar en lo que iba a disfrutar cuando me metiera aquel pollón en el coño. La polla de mi marido no alcanza los 15 centímetros y hace tiempo que yo no disfrutaba de una buena polla, grande, gorda, vibrante y dura, que me llenara con su volumen. No iba a desaprovechar esta oportunidad.

Yo estaba sentada en el sofá, justo enfrente de Gonzalo que estaba parado ante mí con su tranca convenientemente a la altura de mi boca. Cogí su duro trasero con mis manos y lo acerqué hacia mí, al tiempo que besaba sus bolas y recorría con una lengua toda la longitud de su portentoso miembro. Lentamente, cerré mis labios alrededor de la enorme cabeza de aquella verga. Gonzalo empezó a mover sus caderas con suavidad hacia adelante y hacia atrás, follándome la boca despacio mientras yo conseguía introducir más y más de aquella enorme verga en mi hambrienta boca.

 

Pronto, me encontraba haciéndole “una garganta profunda”, algo que había pensado iba a ser imposible, pero allí estaba, con mi nariz casi pegada a su pelvis y mi lengua por debajo del tronco de su miembro. Se la mamé por unos diez minutos y luego Gonzalo, como si estuviera buscando una mejor posición para follar mi boca, puso un pie en el sofá y me tomó de la parte posterior de la cabeza. ¡Realmente me estaba clavando su verga hasta el fondo de la garganta!

 

Gonzalo empezó a gemir y sus gruñidos y bufidos me anunciaron que estaba a punto de correrse. Sin embargo, esto no era lo que yo quería. Ya tendría tiempo para tragarme su leche. Por ahora, estaba dispuesta a hacer que aquel momento durara tanto como pudiera y me saqué su nabo de la boca, sosteniéndola firmemente de la base.

Después de unos segundos, cuando las ganas de correrse de Gonzalo disminuyeron, me arrodillé en el suelo, con mis codos en el sofá. Le hice un gesto a Gonzalo para que se acercara. Quería que me follara así, al “estilo perrito.”

 

No necesité pedírselo dos veces y al poco rato, su verga ya estaba entrando y saliendo de mi concha abierta. Trataba de no gemir muy alto, pero la ración de polla que me estaba dando Gonzalo no me lo permitía. Mientras me embestía con furia, sentí que estaba camino al clímax. Él también se dio cuenta, ya que empezó a penetrarme más duro y rápido, inclinándose para apretar con sus manos mis tetas, que se bamboleaban al ritmo de aquella cogida.

 

Follamos en esa posición más de veinte minutos y alcancé dos orgasmos. No pude evitar gritar con fuerza mientras me corría en la verga de otro hombre, con el riesgo de que Julián me escuchara. Luego volvimos a cambiar de posición y lo obligué a sentarse en el sillón, lo que hizo de inmediato, quedando su verga apuntando hacia arriba. Luego me senté en ella, con mi rostro hacia Gonzalo, mis tetas rozando su rostro.

 

Empecé a cabalgarlo, al principio despacio, pero luego a un ritmo vivo, clavándome su gigantesca verga hasta el fondo de mi coño mojado. De esa forma, no tardé en sentir que nuevamente estaba cerca al orgasmo. Mis nalgas botaban una y otra vez en los muslos de Gonzalo, cuando le escuché decir, “No puedo más; me voy a correr.” Ni bien acabó de decirlo, soltó un fuerte gruñido, ronco, casi animal, y me llenó la concha con su leche caliente. Podía sentir los chorros de semen golpeando con fuerza en mi interior. Nos desplomamos en el sofá y permanecimos en esa posición, con su polla todavía enterrada en mi concha.

Estuvimos así por algunos minutos y luego lo desmonté y me senté a su lado. Nos empezamos a besar y acariciar, nuestras lenguas se enroscaban una con otra mientras nos metíamos mano. Comencé nuevamente a acariciar y tirar de su verga; estaba dispuesta a continuar con la faena.

 

Después de un momento, dejé de besar a Gonzalo y me dirigí a su verga, tomándola entera en la boca. Al principio parecía que no iba a reaccionar pero luego de algunos minutos mamándosela, su polla empezó a endurecerse. Gonzalo me obligó a tumbarme sobre la espalda y empezó a montarme en la posición de misionero. Mientras su verga entraba y salía de mi coño con potencia, Gonzalo me dijo que era una zorra y que me iba a enviar con mi marido con mi concha llena de su leche.

 

Yo gemí aprobando su intención y nos mirábamos directamente mientras él seguía entrando y saliendo de mi concha. Gonzalo la sacaba casi por completo y luego me clavaba su enorme verga hasta el fondo, haciéndome casi desmayar de placer. Yo me retorcía y gemía debajo de él y no pasó mucho tiempo hasta que volviera a coger buen ritmo y me follara muy duro, tan duro que pensé que íbamos a romper el sofá. Mi esposo jamás me había cogido así, ni cuando éramos más jóvenes.

 

El polvo duró mucho más esta vez, ya que Gonzalo se había corrido previamente; iba a tomar más tiempo llevarlo otra vez al límite. Esto permitió que yo experimentara varios orgasmos durante los siguientes cuarenta minutos en que follamos en todas las posiciones imaginables. Si hubiera sabido el placer que me proporcionaría aquel pistolón, no hubiera esperado tanto tiempo y hace mucho que me habría follado a Gonzalo.

Seguimos follando como animales, cuando, en cierto momento, me sorprendió cuando Gonzalo me sacó su verga de la vagina y la presionó contra la entrada de mi ano.

 

Mi esposo no es un entusiasta del sexo anal y rara vez lo hemos practicado. Sin embargo, a mí me encanta, aunque estaba un poco preocupada por el tamaño de la polla de Gonzalo. Pronto, todos mis temores estarían disipados. Estábamos otra vez follando al estilo perrito cuando sentí la enorme cabeza de su verga en la entrada de mi ano. Estiré el brazo para ayudarlo a guiarse mejor.

 

Nos tomó un poco de tiempo, pero al cabo de un rato Gonzalo logró introducir la cabeza de su polla en mi ano. Yo tenía el cuerpo tenso mientras sentía como me penetraba, sintiendo como si fuera la primera vez que me tomaban por el culo. “Despacio, despacio” le dije a Gonzalo, que lentamente, centímetro a centímetro, enterró su verga hasta lo más profundo de mi ano. Fue una sensación poderosa, mezcla de mucho dolor y también de mucho placer.

 

Gradualmente, con tenacidad, cogimos buen ritmo y el “despacio, despacio” que le había estado diciendo a Gonzalo se convirtió en un “Oh sí, fóllame más duro.” A esas alturas, estaba disfrutando de aquella terrible cogida por el culo y Gonzalo también, cosa que probó follándome lo más duro que podía. Era increíble la sensación de tener aquella gigantesca verga clavada hasta el fondo, abriendo mi esfínter de manera increíble, rompiendo todo a su paso. Un nuevo orgasmo me alcanzó y perdí el mundo de vista, mientras me retorcía y gritaba, con la tranca de Gonzalo taladrándome el ano sin cesar.

 

Para entonces, ya llevábamos follando con esa intensidad varios minutos y Gonzalo no pudo resistir más y se corrió con fuerza, inundando esta vez mi culo con varios chorros de leche caliente y espesa. Una vez que ambos abandonamos la cima del orgasmo, nos separamos y nos tumbamos en el sofá, para descansar unos instantes.

 

“Me encantó. Tenemos que volver a repetirlo” dijo Gonzalo.

 

“Tranquilo” le dije “Todavía queda mucha noche…y las que vendrán” le dije sonriendo.

Después de unos minutos de besarnos y acariciarnos, nos fuimos a la habitación de huéspedes, desnudos y cogidos de la mano. Esa primera vez, Gonzalo no paró de darme verga toda la noche. Tenía mucha resistencia y no tuvo problemas para mantener el ritmo. Fue una experiencia increíble y muy estimulante. Al amanecer, regresé con mi esposo y me di una ducha antes de acostarme a su lado. Finalmente, me dormí pensando en lo que estaba por venir.