Así es como comienza una gran historia en donde solo abunda la dominación, en donde el cuero negro, látigos y botas son obligatorios

El vecindario era una ex zona de fabricas abandonadas, algunas reconvertidas a bodegas, un lugar abandonado años atrás por la depresión económica.

El hombre vio el número, tres seises, escrito sobre la puerta de metal gris, el edificio era un simple cubo de concreto gris sin ventanas. Junto a la puerta se hallaba un intercomunicador electrónico. Pulsó el botón de llamada. Se escuchó un ruido de estática, luego unos clics y al final una voz, una voz de mujer.

-¿Quién eres?

El hombre nervioso se identificó.

-¡Entra! -Ordenó la voz autoritaria de la mujer.

La puerta de metal fue abierta por un mecanismo electrónico.

El hombre entró, luego de exhalar profundo, había encontrado el lugar siguiendo las instrucciones del GPS, su auto lo había dejado en un parqueo a cien metros, según las instrucciones que le había sido dadas por email. A la persona con la que se iba a encontrar, jamás la había visto, la había contactado por medio del Internet, en páginas reservadas, sitios oscuros para minorías con contenido que horrorizaría a una persona no iniciada.

El salón estaba en total oscuridad, Lilith avanzó en medio de las espesas tinieblas, con la seguridad de quien conoce el terreno, para crear efecto, hizo sonar los altos tacones de aguja de sus botas contra el suelo de concreto, casi pierde el equilibrio. ¡Caminar sobre esos zancos sí que era difícil! En una de sus manos enguantadas llevaba un pequeño mando a distancia, lo accionó para cerrar la puerta de metal, ya segura que el hombre estaba dentro. Luego oprimió otro botón y las luces se encendieron, potentes reflectores metálicos derramaron un mar de luz blanca sobre el salón de desnudas paredes de concreto.

El efecto fue el esperado. El hombre parpadeó ajustando su visión aturdido por el súbito paso de la luz a la oscuridad, luego enfocó su visión poco a poco, frente a él se materializó una impresionante figura femenina, la chica vestía un sexy corsé de cuero negro que enfatizaba sus curvas, su estrecha cintura y anchas caderas, y que daba alojó a sus senos, que empujaba hacia arriba, haciéndoles ver enormes, su maquillaje, recargado y oscuro, confería a su rostro un aspecto severo, duro, intimidante y sexy, el cabello largo, rojo intenso, caía tras su espalda como una cascada.

Desenrolló el látigo que portaba en una mano, grueso y largo, hecho de cuero negro, y lo hizo restallar contra el piso de concreto.

-¿Qué esperas? ¡Desnúdate y ponte de rodillas!

El hombre asintió.

Lilith entreabrió sus labios, mostrando sus dos filas de dientes blancos y perfectos, como una predadora, esbozando una leve sonrisa maligna.

Se sintió autosatisfecha, al ver la expresión del hombre que iba despojándose de sus ropas, había ensayado demasiado, hasta el cansancio, pero había dado resultado, su timbre de voz lo había modulado para sonar duro, autoritario, pero a la vez sexy, no repelente, la expresión de su rostro, ojos, bocas, todo perfecto, era una actuación increíble, cualquier leve error podría quebrar la magia, tornar la escena ridícula, como una comedia. Arqueó su espalda, sacando más sus senos, el corsé los apretaba por bajo empujándolos arriba, como si fueran a salir disparados, relajó sus hombros, respiraba de manera controlada, muy practicada, tenía las piernas bien abiertas, había decidido plantarse firme, pues no dominaba bien los vertiginosos tacones de acero de sus botas de cuero negro, además las botas eran de cañas altas, que subían de medio muslo, dificultando la flexión en la rodilla.

Observó al hombre frente a ella, de unos treinta años, tenía buen cuerpo, con músculos en forma, con piel bronceada, le había investigado, había sido soldado tres años, cumpliendo servicio militar, ahora trabajaba en construcción de edificios, moviendo objetos pesados. El tipo la devoraba con la mirada, con las pupilas dilatadas, sus genitales eran enormes, como los de un semental, le apuntaba con su pene duro, en total erección, como barra de acero. Había una leve tensión en los músculos de su cuerpo, su respiración había cambiado de ritmo, era más rápida y profunda, proveyéndole de más oxígeno. Entreabrió su boca, con intención de pronunciar unas palabras.

-¡Silencio! -Cortó ella.- ¡Tú no hablas, a menos que te ordene hacerlo!

Uso el mismo tono de voz ensayado, imperativo, duro, pero no tosco o vulgar, más bien aristocrático, regio, como si mandar y ser obedecida fuera algo natural en ella.

Él la contempló embelesado, perdido en los ojos verde esmeralda que le observaban con dureza, perversión y lujuria. Ahora su corazón latía con fuerza.

-¡Baja la mirada al suelo! No mereces verme. ¡Anda, de rodillas!

Obedeció al instante mientras el corazón le latía a mil.

Lilith se sonrió de nuevo ante el resultado de su actuación, lo estaba haciendo increíble, ahora que ya no la miraba se llevó un dedo atrás, la tira del tanga de cuero se empeñaba en metérsele dentro del trasero, se la ajustó sacándola, al hacerlo el triángulo delantero que le cubría se apretó contra su vagina. Cerró un poco sus piernas, aun tambaleándose en sus tacones.

-¡Acércate, esclavo! ¡Quiero que lamas mis botas!

Pronunció la palabra esclavo, con especial énfasis, saboreando la palabra.

-¡De rodillas, avanza como perro!

Se acercó gateando, todo empalmado, a mil, sintiendo los latidos del corazón en las venas, jamás había estado tan excitado, hechizado sacó la lengua y comenzó a lamer el cuero reluciente de las botas. Se extasiaba con el perfume de la pelirroja, una mezcla de maderas, que evocaba un bosque antiguo y oscuro. Estaba al borde de eyacular en seco, sentía un agudo dolor en la próstata, y un calambre en los huevos.

Dos latigazos tras la espalda le hicieron gruñir de dolor, el característico sonido del cuero endurecido chocando con su carne desnuda resonó en la sala desierta, elevó la cabeza dirigiendo su mirada a la Ama, confuso por el castigo recibido, por respuesta recibió un par de duras bofetadas que le cruzaron el rostro de lado a lado.

-¡Baja la mirada, cerdo! ¡Y sígueme!

Los golpes al rostro habían sido el final que dejaba sellado todo, la presentación de Lilith le había desarmado, por el impacto psicológico, no físico, estaba rendido ante ella, todas sus posibles defensas habían caído, no le quedaba más que obedecer, obedecerla ciegamente.

Andando a gatas la siguió, atisbando de tanto en tanto a su delicioso trasero, sus deliciosas nalgas, redondas y encumbradas, enmarcadas por la fina tira de cuero negro del tanga, la cual se perdía dentro de ella. Adoraba su andar, estilizado por los altísimos tacones de acero de sus botas de cuero negro.

Una pesada puerta de metal se abrió y pasaron a una nueva sala, esta estaba casi a oscuras, por lo tanto el hombre no pude ver nada durante varios segundos, sin embargo, la mano enguantada tiraba de su oreja, conduciéndole entre las tinieblas, se detuvieron frente a un potro de tortura, fabricado de madera, estaba hecho de manera que sus travesaños horizontales, formaban un pentagrama de cinco puntas.

-¡Anda, vas a acostarte encima!

El se puso en pie, su miembro apuntando a la pelirroja, era pequeña, a pesar de los tacones, ella le llegaba al hombro, sintió unas ganas enormes de tomarla por la cintura y cogérsela ahí mismo, un instinto atávico de poseerla, de encajarle el turgente miembro hasta dentro y derramar toda su leche caliente dentro de ella. Dos duras bofetadas le sacaron de su ensimismamiento.

-¡Acuéstate, anda, quiero castigarte!

El obedeció, tomó asiento sobre el potro y luego se acostó, acomodó sus miembros, estirándolos a lo largo de los travesaños de madera. Lilith los fue sujetando con cinchas de cuero negro con hebillas, unas en los tobillos, otras en las rodillas, cintura, muñecas y codos, de madera que el hombre quedó bien aprisionado, aparte de poder inclinar su cabeza adelante, había quedado incapaz del menor movimiento. Él se dejó hacer como un cordero dejándose llevar al matadero, estaba tan extasiado por la excitante situación.

Lilith caminó entre la “V” que formaban las maderas para las piernas del potro de tortura, de manera que tenía ante ella con fácil acceso, los genitales del hombre. Se llevó las manos a la cintura y relajó visiblemente sus músculos, rotó sus hombros y dejó caer su cabeza hacía atrás, luego, ante la mirada atónita y rebosante de lujuria del hombre, llevó sus manos atrás y comenzó a desatar los cordones apretados del corsé. Los había atado con arte, a manera que con tan sólo soltar los de la parte baja de la espalda, todo el conjunto se aflojara, se lo quitó y lo dejó sobre una mesa de madera contigua. Sus senos, redondos, grandes, como melones maduros de tersa piel se agitaron al verse libres de la prisión, ella respiro profundo, con placer, mientras retiraba unos mechones rojos de su rostro.

Se volvió a la mesa, el hombre giró su cuello para ver, la sala estaba iluminada tenuemente con velas de cera negra, que ardían sobre macabros candelabros conformados por huesos humanos, con un cráneo en la parte superior, los cirios se hallaban apoyados sobre las cuencas vacías de los ojos. La chica se había esmerado en decorar el lugar, había estantes con tomos antiguos encuadernados en cuero negro, efigies de dragones en bronce, sexys demonios femeninos labradas en mármol negro, con sus alas desplegadas.

Sobre la extensa mesa de madera se hallaban frascos, cuchillos, navajas, bisturíes, recipientes de metal, mecheros y toda una parafernalia de laboratorio antiguo. Vio a la pelirroja volverse, sostenía en alto una jeringuilla, presionó el émbolo y disparó un leve chorro por la punta de la aguja hipodérmica.

-¿Para que es eso? -Balbuceó el hombre.

Recorrió los músculos de su brazo con los dedos de la otra mano, hasta hallar una vena en la zona anterior al codo.

-¿Qué haces?

La hipodérmica pinchó la carne y se implantó en la vena, el émbolo empujó abajo introduciendo la solución al torrente sanguíneo del hombre.

El efecto de la droga fue devastador y rápido

El hombre perdió la conciencia de inmediato.

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